Hace exactamente 17 años mis padres empezaban su última misión como papas. Y si hacemos caso a la tradición salvadoreña inventada "no-se-por-quien" de que la responsabilidad de criar a un hijo (o de "sacarlo adelante dándole estudio") termina cuando se gradúa de bachiller, entonces esa misión termino exactamente ayer.

Lo curioso de la fecha es que hace también 17 años graduaban ellos a su hijo primero. Largos años de una tarea no siempre agradable (supongo yo) van terminando en estos días, entonces.

Y creo que puedo hablar por todos sus descendientes y decir que no sé cómo le hicieron, pero a juzgar por los resultados creo que no lo hicieron tan mal. Y no, no es gana de alardear. Porque no medimos el éxito de la tarea realizada en la cantidad de bienes o logros académicos que hemos llegado a tener sus descendientes, sino en lo orgullosos que ellos se sienten de lo que SOMOS.

Quizás, parte de ello, se deba a que nunca nos mintieron. Nunca nos dijeron que un personaje gordo vestido de rojo, nos traía regalos por ser buenos o un personaje invisible llamado "niño-dios".

Quizás también se deba porque recibimos sus muestras de cariños, palabras animosas, abrazos y besos, sin llegar a los extremos de la cursilería, todo el tiempo, no solo en determinadas fechas del calendario.

Puede ser que también en parte, se deba a que no tuvimos siempre mucho en abundancia, y cuando se tuvo fue como resultado del trabajo duro realizado y de la honradez ante todo.

En estos días, que mis papas empiezan a cerrar algunos capítulos de su vida y abrir otros, me siento como en una fiesta. Feliz de ser quien soy, rodeado de ellos y de mis hermanos, listo a afrontar lo que venga el en futuro, sea bueno o malo. Esa es la clase de espíritu festivo que le deseo a todos los que forman parte de una familia.

Papas, hoy se merecen una gran celebración, una gran fiesta, es para ustedes.

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