El único ruido que hay en este espacio ocurre cuando mis dedos golpean las teclas. Suena un poco el ventilador de la fuente del CPU y otro poquito el ventilador del microprocesador y el de la tarjeta de video. Solo mis ruidos en esta noche que pudiera ser cualquier noche. Porque lo habitual es que a estas horas yo esté despierto haciendo estos ruidos, me ría solo y de cuando en cuando haga sonar el sanitario o los trastes.

Tengo diez años con este hábito que es ya más parte de mi ser que una mala costumbre. Desde que encontré que no había más ruido que el mío a la una de la madrugada, elegí esperar esa hora en que casi todo suena a mi mismo (excepto cuando andan los gatos exaltados por la líbido). He escrito mis pequeñas grandes cosas y he tenido mis más duras batallas en estas horas en que todos duermen, menos yo.

Salgo al techo de mi casa a aspirar un cigarro cuando puedo, veo el cielo, platico con el Dios que me hace sentir la vida un poco más deliciosa a la hora en que todos duermen. Le robo horas al sueño para poder escucharme a mi mismo, para oir mis voces y platicar con ellas. Las cosas que he aprendido de mí mismo y de mis interlocutoras/es de la madrugada son impagables.

Por eso hoy que me ha tocado escribir sobre esto lo he hecho en un ratito. Estas son mis horas, aquí es donde recargo la vida.

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