Eran las 8:30 de la mañana cuando José E. se dio cuenta que no podía dejar de mirar a Maria F.

Eran compañeros desde el sexto grado, y José E. no entendía porque estaba pensando justamente en eso, habiendo pasado tres años y faltando solo un día para que terminara el año escolar en el colegio donde estudiaba que no tenia bachillerato. Además, enfrente de él y de los ojos de Maria F. estaba el tercer examen trimestral de matemáticas, que no estaba nada fácil.

Jose E. tenía los ojos como dormidos y el pelo negro colocho. Le decían “el chele” y tenía tres lunares en su cara como formando una constelación. Aunque él no lo sabía, en ese momento, era la primera vez que se fijaba de verdad en alguien, tanto como para no dejar de verla y ponerse a soñar despierto.

Maria F. tenía la nariz respingada, el pelo liso y largo y era morena. Su cara parecía triste pero cuando se reía daba gusto ver como sus dientes parecían chicles de menta, además era lista para contestar.

Cuando José E. termino de soñar y pensar que le iba a decir a Maria F. cuando salieran del aula, volvió al ver el reloj blanco sobre la pared sin pintar del aula y vio que eran las 10:00 de la mañana. Casi todos los demás habían salido ya del examen y se oían risas y burlas de los que empezaban a manchar cuadernos, camisas y blusas con recuerdos escritos con plumón. Y él solo llevaba 4 de 10 problemas resueltos. Le dio un dolor de estomago nervioso que distinguía de la opresión nerviosa en el pecho que estaba sintiendo también.

Maria F. entrego su examen, y además de José E. solo quedaba Sandra G. y Wenceslao H. -los haraganes de la clase- en el aula.

Mientras, el profesor empezó a carraspear la garganta, diciéndoles que el examen terminaría a las 10:30 de la mañana, una hora que él había inventado, porque en teoría, podían quedarse hasta la hora que terminaba el turno de la mañana, José E. empezó a trabajar el sexto problema, pensando que solo tenía tiempo para trabajar ese y otro problema más. Cuando finalmente entrego el examen, el reloj blanco sobre la pared sin pintar señalaba las 10:45.

José E. agarro su lápiz y cuaderno de matemática, le dijo adiós al profesor y salió corriendo a buscar a Maria F. Corría y miraba a todos lados, con el dolor nervioso en el pecho y temiendo no tener la fuerza ni el valor para decirle lo que había pensado. Cuando finalmente, alcanzo a pensar que Maria F. podía haber salido ya, y se apresuró a la puerta, alcanzo a verla a ella, con su blusa llena de manchas de plumón, caminando al centro del bus que había parado en la esquina minutos antes. Iba platicando junto a Wenceslao H. riéndose y mostrando sus dientes de chicles de menta.

Mientras pensaba que hacer, si salir corriendo detrás del bus o no, sintió que a su espalda, estaba Sandra G. Ella le pidió que le escribiera un recuerdo en su blusa, y lo jalo adentro del colegio a un aula vacía. Se abrió la blusa y Jose E. vio por primera vez un sostén que no era el de su mamá. Sandra G. le dijo que había hecho eso para que el recuerdo de él lo escribiera en la parte interior de la blusa para que nadie lo leyera y que estuviera cerca de su corazón, y así nunca olvidarlo a él.

José E. escribió con dificultad y con cuidado de no topar ninguna parte de su piel con la de ella, con el plumón negro que le dio: “Shana, te voy a extrañar, Jose, el chele”, y se lo devolvió sin mirarla a los ojos y salió del aula, como si fuera a volver. Afuera, como pendientes de lo que habia estado sucediendo en aquella aula, estaban 4 compañeras de el mismo grado, lo miraron a los ojos y se rieron, nunca supo José E. si con él o de él.

Salió del colegio y se subió al bus en la misma parada donde se había subido Maria F. hacia un rato. Le pago al busero y empezó a pensar que fresco tendría la señora que vendía frescos en la parada donde él se bajaba. Y en Maria F. también.

[Este cuento podría titularse también "Corin Tellado en tiempo de hambre"]

4 comentarios:

iba pasando dijo...

Una buena horchata me bastaría para olvidarme de dientes de chicle (^_^)

ALX AND1N0 dijo...

Que buen relato, muy bien llevado.
Imagino que años después, José E. recordaría las imágenes de aquel sostén y de aquellos chicles de menta, y repararía en el hecho de que la realidad y el sentimiento son dos cosas distintas, que no suelen coincidir, que muy rara vez provienen de la misma fuente.

Ana María Morgado, una compañera de juventud de Corin Tellado, la recordó como una adolescente "muy lanzada, que montaba en bicicleta cuando estaba mal visto y que fumaba cigarrillos a escondidas". Acaso aquella joven Corin Tellado que mas tarde escribiría "Atrevida Apuesta" también pidió alguna vez una firma en la parte interior de su blusa :)

Gracias por tan buen cuento. Saludos.

Soy Salvadoreño dijo...

@ibapasando. Me puso a reir tu comentario (^_^).
@Alx And1n0: Maestro, Se le agradecen sus palabras. Y soy yo el que deberia agradecer no solo el que lo haya leído, que ya es bastante, sino que tomarse el tiempo para comentarlo.

Saludos.

EL SUM dijo...

es una de esas historias que las vivis cuando las lees, en las que te identificas con alguno de los personajes y de las que te sacan mas de una sonrisa...

quien no tiene un recuerdo de 'chicles de menta' y/o de firmas en camisates, no se en que mundo ha estado...

Gracias por la historia. excelente!