María pasó mucho tiempo en los pasillos esperando escuchar algo de José. Su relación siempre fue de amistad, pero había algo...algo más. ¿O es que sólo ella lo sentía? Había algo entre ellos que nunca terminaba de materializarse, de ponerse en palabras. Y lo que no se habla, difícilmente existe. María esperaba cada fin de año que él la buscara, que le diera una razón para verlo durante las vacaciones. A veces fantaseaba con llamarlo Ernesto, y con que él la llamara Fernanda, porque -pensaba- hasta tu segundo nombre suena vergón cuando te lo dice la persona que te encula.

María creció sin José. Cada uno por su lado, malgastaron buena parte de su tiempo adolescente encerrados en su habitación, dándole vueltas a un asunto que requería más actuar que filosofar. Más adelante en su vida, María volteaba la mirada a los años de escuela y le parecían frustrantes. Que alguien dijo que le contaron que a tal le gusta por cual, y el chambrerío de telenovela que se armaba. Llegó a olvidar que, a esa edad, ese drama es lo que hace que valga la pena vivir. María no alcanzaba a darse cuenta de que recordaba ese drama y no, por ejemplo, el factoreo, el análisis gramatical y a Fray Bartolomé de Las Casas.

Todavía le gusta pensar en qué hubiera pasado si algún último día de clases José la hubiera buscado; o si ella lo hubiera esperado al final del examen, en lugar de irse corriendo cobardemente a la parada. Cobarde era la palabra. Aún con la atracción que sentía hacia él, si él le hubiese pedido que huyeran juntos, ella se hubiera negado. Luego piensa con saña en que años después de que ella haya fallecido, José irá a buscarla y él lamentará haber perdido el tiempo. Se imagina las conversaciones que él habrá tenido con el Wenceslao a mitad de un partido de fútbol (tan chulo que se veía jugando), y recuerda con taquicardia el día en que José la encontró en su camisa de Magneto, cómo ambos temblaban, ninguno queriendo asumir el primer paso. Él por una gran culillera, ella porque no era de señoritas decentes andar ofreciéndose a los muchachos.

Esto último le pega duro. Y la hace ir a buscar a su hija, Margarita. Ella le contó que mañana, su último día en noveno grado, le va a decir a un niño, a un tal Rafael, cuánto le gusta. "Le voy a hacer ovarios, mami", le dijo Margarita a María, con una sonrisa nerviosa "...pero si me sale bien, voy a cambiar la historia para que no digan que el Rafa es culero; lo que pasa es que es bien tímido". "Son otros tiempos", se dice María. Y le hubiera gustado que esa mentalidad hubiese existido en sus tiempos. No sentarse a esperar como damita, sino hacer la cacha como mujer.

Tal vez si las cosas hubiesen sido así, Margarita sería su hija con José, y no con un cualquiera que sólo quiso pasar el rato y se ahuevó cuando su vientre comenzó a florecer. La criatura fue una niña que adquirió su nombre simplemente porque José, aún con lo tremendo que era, tenía una sensibilidad oculta por la poesía, una sensibilidad que sólo María conoció. Y María se decidió a hablar con su hija sobre esto, porque lo que se habla, existe: "Margarita, te voy a contar un cuento...un cuento sobre los días que no fueron. No fueron, porque los protagonistas -un niño y una niña- temían que las cosas no salieran como esperaban; y por temer, nunca lo intentaron. Eran las 8:30 de la mañana cuando José E. se dio cuenta que no podía dejar de mirar a Maria F...".

3 comentarios:

Karla dijo...

"hasta tu segundo nombre suena vergón cuando te lo dice la persona que te encula"

Con esa frase ya pasaste a la inmortalidad (: Qué genial tu entrada

EL SUM dijo...

puta, con todo respeto, esto es lo mejor de los mejor q he leido entre tantos blogs y post... quiza exagero, quiza no, pero q me encantó ... me encantó!

Bendiciones.

Soy Salvadoreño dijo...

Me encanto el final, con los enlaces a todos los demas... que bonito quedo...