¿Quien soy?, parecía preguntarse José o Ernesto, o Ernesto José, o José Ernesto. Después de la vorágine de cosas que habían pasado ya no sabía exactamente ni quien era. Si me hubiera preguntado talvéz le hubiera dicho que era lo normal siendo adolescente. 

Que era una etapa, que era la etapa de las preguntas trascendentes, de la contraposición de hechos para terminar más adelante definiendo que se es más parecido a lo que no se creía ser.
Pero José no me pregunta ni me preguntará. Él y sus demás compañeros no saben que los he visto manchándose las camisas y encerrándose con las bichas en los salones vacíos. Uno cree ser inmortal e invisible a esa edad. Algunos lo seguimos siendo adrede.

José, está encerrado en su cuarto, oyendo una música que no adivino y que pensando en qué hacer está definiendo lo que será. Pocas veces nos definimos tanto como cuando logramos encerrarnos lo suficiente como para escucharnos. José está a punto de lograrlo. Casi sabrá escucharse, casi logrará decir "aquí estoy" lo que será la base de su personalidad futura. Pero ahora hay que esperar a que digiera ese pan con queso.

Mañana Ernesto habrá de tomar el camino a casa de María. Y Chana habrá de ir adonde Ernesto. Y Ernesto elegirá si sigue su sueño de siempre o si aprende a leer los signos del ahora y a guiarse por el presente. Y mientras mastica ese pan con queso recuerda el partido y teme haberse equivocado en su estrategia. Mañana aprenderá también a cargar con las consecuencias de sus decisiones. Y lo complejo que es moverse en tantas carreteras al mismo tiempo. Pero ahora mastica su pan con queso y recuerda cuando era un niño y María F. le pidió compartir su pan con queso. A veces recordar basta para saber donde equivocarse.

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