"Todo es una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia". Recuerdo esas líneas mientras saco fotocopias en el trabajo. En esos momentos, extraño las horas de sueño que no tuve la noche anterior. Todo a mi alrededor me es lejano, y mis párpados gritan como obreros descontentos, "¡queremos nuestras ocho horas!". Ya no duermo ocho horas* y la sensación de pesadez en mi cabeza da fe de ello.

Mis ojeras no son del todo académicas. Son genéticas, dicen, pero también autoinflingidas. Cuentan historias que son sumamente dolorosas, como las que están atrás de la compulsión de jugar Nintendo a las 3:30 am, o de escribir página tras página con discursos lacrimógenos que terminaron en la basura; y es que a veces -hoy mucho menos que antes- mis diálogos internos me traicionan. Pero también, estas ojeras cuentan historias en las que opté por ignorar mi ritmo circadiano y mantener una conversación prometedora o al menos emocionante; en las que opté por ver el mundo bajo la luz del alumbrado eléctrico y la sobreestimulación sensorial de la vida nocturna.

Valoro las ocho horas de sueño, queridos párpados. Pero hay cosas que no ocurren en horas hábiles, y no quiero perdérrmelas. Mis desvelos valen la pena, sobre todo cuando tienen un nombre propio. Lo valen, aunque al día siguiente quiera excavar un hoyo a media calle y enterrarme en él para echarme a dormir.


I'm so tired...

* Juraría que esto no era así antes de Internet.

0 comentarios: