El sol le pego directamente en la cara y José se despertó de golpe. Era tarde ya. Había pasado toda la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir y, al final, cuando por fin lo logró, las estrellas se comenzaban a desaparecer del cielo. Ni su mamá ni su hermana estaban en casa, así que se comió unos frijoles que estaban en la refrigeradora. Se los comió sin ganas, sin hambre, por los nervios. Luego se alistó, se peinó, se perfumó bien y salió de casa para donde la Maria. Tuvo que irse por el camino largo para evitar pasar por la cancha.
Cosa rara: el sol había desaparecido por completo, no pegaba como todos los días sobre la calle empedrada del pueblo. Se afligió. Nubes negras y vientos fuertes aparecieron de pronto. Le pasó por la mente que serían una señal más, que debía regresar sus pasos, pero estaba decidido, siguió. Por el camino comenzó a ver gente extraña, desconocida, gente vieja, maltratada por los años. La lluvia se asomaba en el cielo sin atreverse a caer. José E. apresuró el paso pero la calle se hacía cada vez más larga. Era raro, nunca había sentido esa calle tan larga.
Al fin, llegó. Se apresuró a la puerta de lámina de la casa de María y, sólo cuando estuvo cerca, Ernesto apretó los dedo y tocó la puerta, silencio. Tocó de nuevo y una vez más. Silencio. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de irse, una viejita se asomó en el umbral de la puerta. Ernesto preguntó por Maria La mujer le contestó que ella no vivía allí. Entonces preguntó por Maria F. La mujer sorpendida, le contestó: “Ella murió hace años, era mi abuela”.

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