Para todas las opciones existentes en el mundo, parece existir la ilusión de que tenemos la remota posibilidad de escoger un modo único de vida. Pero parece no ser así. Imaginémonos sentados en un café con varias personas, y nos dan a escoger entre las opciones del menú. La primera persona es la que escoge exactamente lo que quiere --digamos que es una Whopper; las demás tendrán que lidiar con la posibilidad de sentirse ridículos pidiendo lo mismo que los demás. Por eso mismo es que tienen que decidirse por la Big King, la King de Pollo o cualquier otra cosa que no necesariamente les gusta, solo para sentirse más interesantes que los demás, y se puede decir que mientras más lejos estemos en la lista, más probable es que nuestros amigos decidan por nosotros

Pero eso es solo en el caso de los amigos, ya que en el caso de comprar por nuestra cuenta, no somos nosotros los que tenemos la mínima opción. ¿Qué escogerían, una Coca-Cola de 20oz. por $1.25 o una de 24oz. con una galleta gratis por $1.50? La probabilidad de comprar un artículo aumenta cuando la oferta incluye la palabra gratis en ella. Por eso, si nos venden una hamburguesa a $4 más un té helado por $1 es menos factible que comprar un combo de $5 por una hamburguesa más un té helado gratis.

Claro que también decidir en la fila es un dolor de cabeza. Generalmente las filas antes de las compras son unos de los momentos más estresantes del día, mientras utilizamos algoritmos ridículos para poder decidir cuál de nuestras posibles alternativas nos va a dar más satisfacción en contrapeso del costo asociado. Claro está que estos cálculos pueden ser fácilmente manipulados por los vendedores cuando nos ofrecen opciones que no nos permiten calcular a tiempo ese ratio, por lo que terminamos decidiéndonos por únicamente la satisfacción, olvidando el costo.

Por eso, yo solo llego y les pido que escojan por mí. Es lo que hacen de todos modos.

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