Neto, Chepe, no entendía. Metió las manos en sus bolsillos para vaciarlos y encontrar una explicación: en su lugar sólo halló dos suegras, un billete de cinco colones y un chicle Adams de caja rosada. Vio el rótulo de la tienda de enfrente, con los posters de Rayovac y un calendario de Oranjal. No cabía duda, era 1,991. La señora, sin embargo, tampoco entendía. Le miraba y le miraba, de arriba a abajo, los colochos y los Bracos, todo coincidía con la foto del bicho aquel que su abuela guardaba junto a sus agujas de crochet. Se miraban perplejos.


Al fondo de la casa todo estaba oscuro y se podía sentir desde la puerta un profundo aroma a bálsamo. Dos pollitos chipes intentaron escapar hacia la puerta mientras la señora seguía de pie sosteniendo la tranca entre las manos, sorprendidos solamente por la voz que surgió desde la cocina. Una voz clara, suave, pero firme que dijo "abuela, deje de fregar al chele y dígale que pase". Doña Brígida, quien estaba exquisitamente loca, dejó caer la tranca y corrió hacia su pieza, extasiada, buscando rulos y polvos de mujer "me tengo que poner presentable para el cipote". María suspiró sonoramente y le dijo "esperame, Chepe, que estoy lavando maíz". El pobre chele era ya casi traslúcido, la seguridad con que doña Brígida le habló le llenó el alma de frío y de eso es difícil reponerse. Sacó la cajita de chicles Adams y se comió uno, el otro era para la María. Ella le gritó que pasara adelante. Él no quiso.

La María no supo si achicarse o qué. Su camisa de Magneto y su licra negra, adornada con las yinas no eran un "look" para andar en la calle, sino para lavar maíz. De algo tenían que vivir y las tortillas de la noche tenían que hacerse. El chele le dijo que mejor hablaran en la puerta, porque la vieja metida de la tienda se había escondido detrás de la panera para echarse todo el rollo y ya ves vos cómo son los chambres de la colonia. La María dijo sí y le echó más sal a la olla de frijoles. Enfrente al espejo del lavadero se medio arregló el tumbo y salió a la puerta. Llevaba granitos de maíz en el pelo.

El Chele temblaba. El chicle le había cerrado la garganta. Más tarde tenía que ir a traer la solicitud del instituto, por si se ahuevaba y le daba miedo irse a los yunais. Su papá quería que se fuera, pero su mamá no. De todas maneras, llevaba el pasaporte y el certificado de grado en la Alpina mientras esperaba a la María en la puerta. Son demasiadas cosas qué decidir para un corazón de quince años. El cuerpo lo resiente: las espinillas de la nariz le empezaban a doler. El puntapié que le dio el Marlon le empezaba a doler. La broma de doña Brígida le destempló los dientes y los frijoles combatían dentro de su tripa. José Ernesto temblaba. Pero la María también.

1 comentarios:

EL SUM dijo...

Hay no, como he disfrutado esta historia... exito total.

WIN!