Condenar a alguien no es cosa fácil, es un peso horrible que se siente más después que se ha dado el veredicto. Es imposible vivir con un cargo de conciencia de ese tipo, vivir con un muerto encima. Trato de minimizar ese riesgo y aquella tarde no fue la excepción. Las evidencias no eran contundentes. Tampoco se puede juzgar el presente de alguien por su pasado. Aún tenía tiempo antes de que iniciara la audiencia. Tome, entonces, el Nuevo Testamento de mi escritorio y busqué al muchacho en la sala de espera. Lo encontré sólo, serio, inmutable. A cada lado un policía, mudos los dos. Como había hecho en otras ocasiones, me acerqué y le pregunté su nombre. Me lo dijo apenas abriendo la boca, sin prestarme atención, como quien se espanta un mosquito de la cara.
Es curioso como a uno le asignan el trabajo de Dios, como si con eso el mundo va a cambiar. Culpables todos somos. Y al final nos vamos a morir. Quizás sea sólo para calmar la conciencia o a los dolidos. Pero igual, no tomo las cosas a la ligera, las pienso, las analizo.
Le seguí hablando, ahora de otras cosas, de esas experiencias que nunca he vivido: tenía que sacarle platica, ganarme su confianza. Tenía que saber si había sido él, preguntarle directamente, y sin rodeos, si era culpable o no.
Las evidencias son un invento. No deberían tener valor alguno en un juicio, no son de fiar. Para mi la mejor prueba, la única valida, esta en los ojos.
Sentí el tiempo pasar muy lentamente cuando leí el veredicto. Sentí cada letra deslizarse por mi labios. Lo vi a él, inmutable. "Veinte años" me repetía a mi mismo...
Al final le pregunté. Y con esas tres palabras con las que me contestó, tomé una decisión.
Y es que, cuando alguien pone tanta indiferencia a un "Ahí ve vos", no hay duda: si no es culpable de esto que se le acusa hoy, pues de algo lo será. Y en definitiva debe ser algo que merece la muerte.

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