Para llegar a El Ocotal hay que caminar casi dos horas montaña arriba. El fiscal Pérez se queja, nadie le dijo que había que adentrarse tanto en el monte sólo para ir a levantar un cuerpo. A regañadientes comenta que si de caminar se trataba hubiese preferido estudiar una vaina menos pomposa, como ser maestro, pero no, el licenciado debe ir chaineado. Le apretan los Caterpillar que compró la semana pasada. El sargento de la Policía Rural le escucha y se ríe, talvéz no del fiscal, sino de toda la gente que llega de Jan Jalvador. "Supiera que más camina mi nana arriando agua todos los días", piensa para sí, mientras los senderitos polvosos parecen no tener fin. Es mediodía. No hay esperanzas de regresar a tiempo para ver el partido.


A medio camino se respira un olor penetrante a hojas de eucalipto quemadas. El fiscal apura el paso, temiendo la destrucción de la evidencia. Le siguen apretando los zapatos. Intenta caminar, casi trotar, pero todo lo que alcanza a ver a través del vidrio de los lentes es una explanada verde donde no se distingue nada. El sargento, sin embargo, sabe hacia adónde va, es más, se imagina lo que va a encontrar. Le cuenta al fiscal que alacito de la vaguada vive la Marla, una bichistilla escuálida, sola con el tata. Se hablan cosas, veá, pero él no garantiza nada: dicen que el tata la cargó y jue a matar al cipotío a la quebrada cuando nació. Pueden ser chambres, doitor, pero es lo que dice la gente del caserío. Puesí, como viven tan apartados ¿Quién más va a subir tan arriba sólo para hacerle el daño a la cipota? La cara del sargento enrojece y el fiscal nota el escapulario en su pecho. El policía tiene cara de buena gente, el fiscal agradece el marco descriptivo, pero la montaña parece infinita y los pulmones no le van a dar para mucho. Es la una de la tarde y Messi seguramente ya metió un gol, si es que Guardiola lo puso de titular.

El abogadito lleva hora y media caminando bajo el sol y descubre que odia ejercer. Odia Civil. Odia Penal. Odia Mercantil. Odia ejercer. Cuando regrese a la capital se va a poner a buscar otra cosa qué hacer. A lo mejor decide... ♫ Vamos a la huerta de toro-toronjil♫ ¿Qué? Empieza a correr hacia la voz. El sargento llega antes de él y siente náusea. Hay un fuerte olor a muerto. Hay un muerto. Hombre, entre 45 y 50 años, con múltiples heridas de arma blanca. Sujeto capturado in fraganti, menor entre 11 y 13 años, que responde al nombre de Marla T., tez morena y ojos negros, no señas particulares. Encontrósele con el arma del delito, un colín lleno de sangre, presuntamente de la víctima. Procedo al interrogatorio in situ:

- ¿Hija, vos sabés qué pasó?
- ♫ Doña Ana no está aquí, estará en su vergel
- ¿Vos hiciste esto?
- El tata malo, el tata malo.
- ¿Él era tu tata malo?
- ♫ ...abriendo la rosa y cerrando el clavel ♫
- Marla ¿Vos le hiciste eso a tu tata malo?
- ¿Mató tunco tu tata?
- Sargento, mire esta mona pende... vaya, pues, Marla ¿Mató tunco tu tata?
- Jejejeje, sí
- ¿Y le tuviste miedo?
- No, ya no.

Pérez renunció después de remitirla. El sargento levantó un rosario por ella.
El Barça ganó.

Cuando escucho la expresión sin sentido “¿mata tunco tu tata?” siempre recuerdo a mi papa jugando con nosotros mientras esperábamos que la comida fuera servida el cualquiera delos lugares que nos gustaba ir. Comida china,”El Delfin”, pupusas o la pizza Toto’s. Quizás una o dos veces al año, el “Doña Mercedes”.

Recuerdo que siempre le pedíamos jugar a algo mientras la espera de la comida la sentíamos larga, especialmente porque en aquellos tiempos no había sección de juegos de niños.

Ahora, que lo pienso mejor, percibo que el objetivo de ese juego es demostrar que se es valiente. Que pese al soplo o la amenaza de golpe que venga a la cara, no nos vamos a asustar y cerrar los ojos. Que no nos dio miedo.

Y cuando sigo pensando en eso, es cuando descubro, de que quiero hablar exactamente en este post. Note que empiezo a saberlo después de haber robado minutos largos de su atención. Disculpas por ello.

Decía, pues, que de lo que quiero hablar es de ser valientes o de al menos demostrar serlo. Y pienso entonces que la valentía, según lo me enseñaron, no es, la ausencia de miedo, sino actuar aunque se tenga temor. En otras palabras no tener miedo de tener miedo.

Con frecuencia, las opiniones o posturas en la vida de algunos están condicionadas al ambiente y las personas que los rodean. Actúan, no porque tengan la certeza de que su actuar y pensar es el correcto, sino porque ese actuar o pensar es el aceptado. El que otros dicen que es el “correcto” el "normal".

No soy un rebelde sin causa, ni un anarquista lleno de contradicciones solo porque si, pero siento que algunas opiniones y puntos de vista que tengo no son aceptados por algunos. Ni mi forma de actuar ante determinados eventos. A veces, los expreso, a veces no. A veces algunos expresan su desacuerdo conmigo, a veces no, pero siento que no tengo miedo de eso. Se que a veces,eso me pone en la situación de ir contracorriente, y no siempre se tienen buenos resultados, pero no me arrepiento. He perdido oportunidades y estimas, pero he sido fiel a mis valores y convicciones.

Y sin embargo, en ocasiones como esta, cuando se trata un tema como el de esta semana, es cuando me pregunto: ¿Qué tan lejos iría para ser leal conmigo mismo o con mis valores? ¿La muerte?, preguntas que sustituyen a estas ¿Mata tunco tu tata? ¿Le tuvistes miedo?

Por una vez, quisiera pasar entre ellos sin que cuchichearan y se rieran. Sin que me siguieran con los ojos o intentaran acercarse más de lo socialmente aceptado. Quisiera pasar desapercibida.

Y no es que yo sea la gran cosa. Paradójicamente, su supuesta apreciación por mí -o las partes visibles de mí- convive con el desdén: soy igual que todas, todas son igual que yo. No soy nadie, podría ser cualquier otra y para ellos da lo mismo. Entonces me resigno a la saliencia de mi anatomía, y, al menos para distraerme de lo que pasa a mi alrededor, me imagino invisible. Invisible, libre.

"Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo."

Jaime Sabines

Me decís las cosas que ignoro de mí, las que no me creo, las que no pretendo saber, las que he aprendido a ignorar cuando es necesario o porque es más fácil, y las cosas que no he podido retener. Ignoro y a veces tengo razones para hacerlo y otras estoy sin justificación para no saber, para haber olvidado.

A veces ignorar no es tan malo, tampoco es que me olvide. A veces ignorar es de alguna manera ser un poco feliz, o quizás no. A nadie le gusta ser ignorado, y sin embargo pasa. A nadie le gusta ignorar, y sin embargo ignoramos. Ojalá pudiésemos elegir, pero la vida funciona distinto.

Al abrir los ojos aquella fría mañana, se sintió un poco más ligero de lo normal. El sol no había salido del todo. Se levantó y, como todas las mañanas, se puso su traje de hombre invisible. Tomó un pequeña bolsa negra, salió a la calle y, después de caminar varias cuadras, se quedó parado frente una banca en una desolada acera. Al poco rato pasó un autobus y se subió. Estaba lleno. Sacó algunas cosillas de la bolsa negra y las ofreció a los pasajeros por una pequeña cantidad de dinero. La gente siguió en su mundo, ni una mirada hacía él. Camino hasta el final del autobus y nada. Sintió, entonces, una enorme tristeza. De pronto despertó. De nuevo estaba en su cama y el sol no había salido del todo. Todo había sido un sueño. Entonces, se levantó. 
Curiosamente, se repitieron cada una de las situaciones de su sueño, de hecho, eran las mismas de todos los días, a excepción de la de ponerse el traje de hombre invisible.



Roger Waters escribió este pequeño himno. Deliciosa canción que me estremece el alma nota a nota como muchas otras de Pink Floyd. ¿Qué la hace distinta? ¿Porqué apuro las teclas mientras suena al fondo ♫ Open your hearth... I'm coming home.. ♫? No sé, pero aproximémonos.

Mi vida es una especie de prolongación de diversas etapas anteriores. En cierto modo yo y usted vivimos etapas extendidas de nuestra niñez, o nuestra adolescencia. Yo por ejemplo vivo una niñez extendida cuando llueve, y puedo salir a empaparme el alma. Vivo una adolescencia extendida cuando sopla el viento a través de los pinos que están en la acera del frente de mi casa y me siento íngrimo.

Cada vez que mi alma se rebela ante la sensación de estar siendo apartado por el mundo al que creo pertenecer, escribo. Hablo para sentir que me noto, después de todo*. El papel aguanta con mis inseguridades mejor de lo que las toleran quienes me conocen o creen conocerme. Escribo regularmente desde la adolescencia, extendiendo desde entonces ese mecanismo de adaptación al mundo. Lo seguire usando hasta la muerte, creo. Y es que cuando escribo siento que alguien no me ignora: yo mismo.





* Uno termina escribiendo cosas descriptivas, como saberse fantasma en cualquier parte, pese a saber que ocupa un espacio superior al que ocupan dos personas abrazadas.

Imaginate gritar toda una vida y no ser escuchado. Vivir atrapado en un espacio confinado en el cual ninguna señal puede ser enviada al exterior, sin importar cuánto se desee. Con el cuerpo atrapado en una posición fija en un mismo lugar, no seamos capaz de escapar a observar más de lo que se encuentre frente a nosotros.


Claro, con esa figura en mente, ahora dejame explicarte cómo un hombre puede llegar a perder toda la iluminación en su vida. Mientras se encuentra en su estado de cautividad, muy probablemente comience a recordar todo lo que su vida ha sido hasta el momento en el cual fue puesto ahí. Quizá, después de gritar y llamar desesperadamente al mundo que le rodee, sin obtener respuesta alguna, comience a asumir que probablemente nunca va a regresar al mundo donde cree que pertenece. Tarde o temprano llegará a resignar su destino a vivir atrapado en tal lugar, sin ninguna escapatoria.

Si sus ojos vieran sombras y figuras frente a él, sonidos y palabras hacia él; el hombre las reconocería de su experiencia en el mundo donde ha vivido; sin embargo, es posible, que se adormezca a tales estímulos, y con el tiempo olvide el significado de la comunicación en su vida. Quizá el modo en el que se expone a sus recuerdos parciales sea como ver solamente la sombra de estos; quizá olvide el nombre de las cosas, y en un esfuerzo por afianzar aquellos recuerdos y sensaciones comience a equivocarse; buscar nombres totalmente nuevos e ideas parciales que le permitan mantener su salud mental. Esta es su nueva realidad.

Ahora, pensemos un poco en el momento en el cual este hombre es liberado. ¿No será una sensación extraña, el poder ser parte de un mundo de nuevo? Ser observado, reconocido y comprendido como soñó en alguna ocasión que sucedería, y poder ser capaz de vivirlo conforme a su realidad aprendida durante todo el tiempo confinado a su vida de cautiverio. Quizá descubra, al escucharse a sí mismo y a los demás, ese fuego que mueve las emociones y que nos hace decir lo que decimos. Este proceso, el cual no es tan radical como darle vuelta a una tortilla, ¿no será por tanto el paso del día de un hombre, el cual es peor que la noche misma, a un día verdadero en el ser, la ascensión desde el fondo, lo cual afirmamos ser la verdadera filosofía?

Suelo no ignorar muchas cosas.

Soy salvadoreña. O más bien comparto esa idiosincracia de meterme donde no me llaman. Y no sé si será único de El Salvador, pero creo que en México eso está en cantidades tantito más diluidas, por lo menos aquí en el Distrito Federal.

Hago cosas tremendamente notables para El Salvador, y aquí soy sumamente ignorada:


  • Ir en pijama al Walmart
  • Ir en la pijama horrible al Oxxo - puya cuánta publicidad gratuita que estoy dando.
  • No peinarme
  • No maquillarme
  • Ponerme el mismo suéter toda la semana
  • Vestirme de colores como me gusta sin llamar (tanto) la atención - la gente que me conoce si ya me hace burla.
Sin embargo hay cosas que no me gustan que me ignoren:

  • Decir "buenas" y que no respondan.
  • Hacer algún chiste tonto y que no respondan.
Pero no siempre es así.

Vivo en esta esquizofrenia en que quiero ser ignorada/ser notada. Y quizás todos somos así. Un día nos levantamos con ánimo de protagonista de reality show, otro día queremos ser tan ignorados -si digo hormigas será muy cliché?- como un pequeño moco -uy! eso salió peor  insecto.

¿Y qué puedo decir? A veces yo ignoro cosas que son tremendamente (inserte un mejor sinónimo aquí) importantes:


  • Que soy privilegiada por tener lo que tengo
  • Que hay belleza en el mundo (inserte clip de una bolsa volando y un tipo demente diciendo que hay tanta belleza en el mundo... y ya saben todo lo demás).
  • Que tengo suerte de tener mucha gente que me quiere
  • Que también hay muchas horribles en el mundo
  • Que hay pasados que nos inmovilizan pero que inspiran
  • Que somos fugaces, porque no se puede andar viviendo pensando en la muerte (es como demasiado contradictorio)
Y quizás ignoro muchísimas cosas que no sé que ignoro. Pero digamos que reconocer la ignorancia, es algo que no se debe ignorar; porque todos hemos sido ignorantes (ignoramos a algo o alguien) e ignorados.

Saludos y feliz semana.

Y no ignoren esto:



Liniers del 20 de noviembre

Ignorar. Es curioso que cuando se sombrea en Microsoft Word esa palabra y se combina Shift + F7 y aparecen los sinónimos sugeridos, aparece los siguientes:

No dirigir la palabra (frase) ---
Ley del hielo
No tomar en cuenta
Desconocer (Verbo) ---
Desconocer
Rebuznar
No comprender
No entender
Rechazar (Verbo) ---
Repudiar
Excluir

¿Por qué curioso? Porque eso es justamente lo que hace las entidades gubernamentales cuando se les escribe ¿Lo ha hecho usted alguna vez? ¿Ha escrito alguna vez para pedir / solicitar / gestionar / felicitar a alguna entidad gubernamental?

Yo sí. Hace unos años envié un libro a un grupo de diputados de diferentes partidos políticos de nuestra Asamblea Legislativa (¿Entendió, por lo que acabó de escribir, que en ese grupo estaban también diputadas? Para los que critican como superfluo el lenguaje “incluyente” de “diputados y diputadas”)

Continuando, el relato, les envie el libro a los diputados, acompañado de una carta explicativa. La carta no les solicitaba fondos, obras, favorecimiento, no. No les pedia nada. Lo único que les decía es que esperaba que disfrutaran la lectura de ese libro y que entendía que eran personas ocupadas, pero que pensé buena idea enviárselo.

¿De cuantos cree que recibi respuestas?
De 0. Cero. Ninguno. Nadie.

Y asi, otras veces he escrito para felicitar por una gestión que vi expedita y muy amable del burócrata en turno. Y lo hice, solo para mostrar que los ciudadanos no solo somos quejas. De nuevo, respuestas, ninguna.

Creo, entonces, que el único mensaje escrito que podemos esperar del gobierno, es que tenemos que pagar un impuesto, o si no consecuencias, o que tenemos que ceder un terreno en tal fecha o si no consecuencias, o que no se nos concede algo, porque no presentamos la partida de nacimiento de nuestro abuelo notariada con un abogado nacido en Sociedad, Morazán.

Pero ¿Por qué esto es asi? Puede ser porque el papel y los costos de envío son caros y para eso no esta el gobierno. Quizás porque no es costumbre salvadoreña escribir y enviar cartas, aunque algo esta cambiando con el correo, digo algo, porque creo que algunos piensan en su “Hotmail” o “yahoo” como el medio donde reciben vayuncadas en powerpoint que deben re-enviar a quien no pueden escribir para saludar o preguntar por su bienestar pero estará super-content@ de recibir la clásica historia de la niña rumana que nos enseña porque es tan bello vivir y “debes re-enviar el mensaje a todos tus conocidos”.

¿O será simplemente porque alguien piensa que redacción de una carta no es algo necesario en el pensum escolar? O más grave, aún, ¿será porque el agradecimiento escrito es algo que esta fuera de nuestros valores salvadoreños?

No responda estás preguntas, por favor. Solo ignórelas.

"Todo es una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia". Recuerdo esas líneas mientras saco fotocopias en el trabajo. En esos momentos, extraño las horas de sueño que no tuve la noche anterior. Todo a mi alrededor me es lejano, y mis párpados gritan como obreros descontentos, "¡queremos nuestras ocho horas!". Ya no duermo ocho horas* y la sensación de pesadez en mi cabeza da fe de ello.

Mis ojeras no son del todo académicas. Son genéticas, dicen, pero también autoinflingidas. Cuentan historias que son sumamente dolorosas, como las que están atrás de la compulsión de jugar Nintendo a las 3:30 am, o de escribir página tras página con discursos lacrimógenos que terminaron en la basura; y es que a veces -hoy mucho menos que antes- mis diálogos internos me traicionan. Pero también, estas ojeras cuentan historias en las que opté por ignorar mi ritmo circadiano y mantener una conversación prometedora o al menos emocionante; en las que opté por ver el mundo bajo la luz del alumbrado eléctrico y la sobreestimulación sensorial de la vida nocturna.

Valoro las ocho horas de sueño, queridos párpados. Pero hay cosas que no ocurren en horas hábiles, y no quiero perdérrmelas. Mis desvelos valen la pena, sobre todo cuando tienen un nombre propio. Lo valen, aunque al día siguiente quiera excavar un hoyo a media calle y enterrarme en él para echarme a dormir.


I'm so tired...

* Juraría que esto no era así antes de Internet.

Sigue arrastrando el sueño, se resiste, a veces no lo encuentra, a veces lo ignora, lo olvida, como todo. El desvelo descubre cosas maravillosas, detalles exquisitos, descubre la vida en una canción, en una conversación, en unas palabras que no se hubieran dicho de no ser por las altas horas de la noche, por la madrugada, por el insomnio. Quizás es porque no cree que el sueño te va a traer, porque vos nunca vas a sus sueños, a vos te trae el desvelo y su temporada fascinante, eso lo respeta. Por que dormir es perder el tiempo, siempre lo ha sabido, se lo repite hasta creerselo. Hasta que comienza a buscar su sueño antes que la claridad de la mañana venga, es entonces cuando duerme un poco, duerme casi siempre cuatro horas diarias, con suerte quizás seis, y luego el mismo día hasta que vuelve a llegar la noche.

Einstein solía decir que el tiempo es relativo: "Pon tu mano en un horno caliente durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica preciosa durante una hora y te parecerá un minuto". Yo lo he comprobado en cientos de ocasiones, sobre todo por las noches, cuando el sueño es pesado: es hermoso ver salir el sol mientras hablas con una chica linda por teléfono (o por MSN), así no llega Morfeo. Tampoco llega con ciertas películas, programas o libros. Sin embargo, de lo que no nos podemos salvar es de los efectos secundarios del desvelo. Tipo 7 AM se puede sentir la cabeza pesada. A las 11, algo da vueltas por el cuerpo. Después de almorzar, se puede ver una cama de un lado a otro. La tarde se va de bostezo en bostezo, de café en café. Y la noche llega con sus manos tras nosotros, como enormes ramas de árbol enrollándose con fuerza. Algunos efectos son: amnesia (¿clase de qué? ¿hacer qué), lentitud (h-o-l-a), descuido (si se desvela no maneje, si maneja no se desvele), mal humor (no es mi problema pero conozco gente...) y el gato.
¿Vale la pena? Claro que si, pero únicamente por una chica preciosa y otros sueños similares.
*El gato: combinación de una serie de síntomas: mareos, nauseas, sueño, entre otros.

El único ruido que hay en este espacio ocurre cuando mis dedos golpean las teclas. Suena un poco el ventilador de la fuente del CPU y otro poquito el ventilador del microprocesador y el de la tarjeta de video. Solo mis ruidos en esta noche que pudiera ser cualquier noche. Porque lo habitual es que a estas horas yo esté despierto haciendo estos ruidos, me ría solo y de cuando en cuando haga sonar el sanitario o los trastes.

Tengo diez años con este hábito que es ya más parte de mi ser que una mala costumbre. Desde que encontré que no había más ruido que el mío a la una de la madrugada, elegí esperar esa hora en que casi todo suena a mi mismo (excepto cuando andan los gatos exaltados por la líbido). He escrito mis pequeñas grandes cosas y he tenido mis más duras batallas en estas horas en que todos duermen, menos yo.

Salgo al techo de mi casa a aspirar un cigarro cuando puedo, veo el cielo, platico con el Dios que me hace sentir la vida un poco más deliciosa a la hora en que todos duermen. Le robo horas al sueño para poder escucharme a mi mismo, para oir mis voces y platicar con ellas. Las cosas que he aprendido de mí mismo y de mis interlocutoras/es de la madrugada son impagables.

Por eso hoy que me ha tocado escribir sobre esto lo he hecho en un ratito. Estas son mis horas, aquí es donde recargo la vida.


Voy invitarte a que cerrés los ojos.


¿Ya?


Ana, eso no funciona en un post. Si la gente cierra los ojos, pues ya no puede seguir leyendo.


Bueno. Imagínate que cerrás los ojos.

Eso está mejor.

Imagínate que cerras los ojos y sólo ves: cuadros de excel, una preocupación por no entender a cabalidad la política y que realmente no sabés porque metiste esa optativa, ves que además no sabés que poner en el ejercicio de stata que parece correcto pero no tenés ganas de escribir sobre los resultados, que además tenés una tesis que está mal.

Entonces no podés y no querés cerrar los ojos. Parece más fácil mantenerse despierta. Estar trabajando con tres mil ventanas abiertas, entre el tuiter, el skype, el messenger y sentirse que se tiene un poquito de vida entre tanta cosa qué hacer. Que no tengo tiempo de seguir una conversación normal, pero tengo tiempo de compartirles un tuit.

Es como triste el desvelo.


Pero es fructífero.


Y uno entonces tiene esta manía de esperar a trabajar cuando ya no hay tantos conectados, un cierto sabor en la boca de que se piensa mejor a las tres de la mañana, cuando podés apagar todo y estar realmente solo-


Es como triste ese desvelo.

Esto ya parece salmo responsorial, Ana. Abusás de la Anáfora.


Pero bueno en el desvelo, uno se quita el velo a veces. Tengo muchas conversaciones importantes que se han llevado a cabo en el desvelo. Las mejores ideas, los mejores posts, los mejores poemas, los mejores cuentos. O bueno, quizá no lo mejor, pero mucho ha nacido en la madrugada. Aunque antes no me desvelaba tanto como hoy.

Como que la gente dice que la hora en que uno nace define la personalidad. Los enanos que he parido, todas esas ideas y según lo que se dice, mis ideas tendrían la personalidad de Hugo Chávez y de Juan Sebastian Bach.

La verdad yo siempre he dormido como un osito. Y esto del desvelo no es lo mío. Pero somos animales de costumbre. Y me estoy quitando esa mala costumbre de dormir.... de noche. Pregúntame a qué horas me levanto los fines de semana.



Es como peligroso el desvelo. Me hace escribir post de lo más extraños.

“Viene la hora del tecolote” me decía mi papá mientras apagaba las luces de la casa que no estaba ocupando yo. Mientras, yo sentía que mi tiempo más productivo comenzaba. Mientras todos en casa dormían, este escribiente se preparaba para hacer muchas cosas en esos años de juventud con los que ya contaba con la tolerancia paterna, después que esta se diera por vencida de mandarme a acostar y yo no ser muy obediente al respecto, y eso sí, sacar buenas notas.

Al día de hoy, viviendo en una casa diferente a la de mis padres, pero teniendo una esposa que duerme a pierna suelta cuando la oscuridad cae, me sigue gustando la noche para leer, para estudiar, para internetear, para escribir, ver televisión y comer.

Soy una especie de animal nocturno, que vive mejor de noche y le gusta el día para dormir. Como los tecolotes, los murciélagos, los gatos y los hámster (¿a que no sabían que los hámster son nocturnos?)

Dicen por allí que lo que vino a revolucionar la costumbre antiquísima de que el hombre se duerme cuando la oscuridad llega y se levanta cuando el sol empieza a aparecer en el horizonte fue la electricidad. Cuando esta se convirtió en un servicio común a la gente, la luz producida, hizo que los días se alargaran y las actividades de ocio y productivas también.

No sé si sea cierto, pero a mí me gusta por lo fresco, lo silencioso, y el placer que deriva de ser diferente a los demás en un detalle tan simple como ese. Y claro, ayuda mucho que haya tanto que hacer.

Lástima que mi nocturnidad no me haga candidato para trabajo nocturno remunerado como el de vigilante o operador de sistemas. Cerca de las 3, mi racionamiento y viveza se apagan y no puedo más que irme a dormir.

Y así como he notado que al avanzar la noche, mi rendimiento y resistencia al sueño decaen en una curva pronunciada, así noto que al avanzar los años, mi resistencia a los desvelos disminuye. Me duele la cabeza y mi cuerpo se mueve a tropezones el dia siguiente a un desvelo. Y ese día, me duermo tempranísimo.

Ahora bien, yo me pregunto: ¿si a medida que envejezco no puedo desvelarme mucho… porque será que la gente de edad solo duerme unas cuantas horas y se levantan al amanecer? ¿Es la vejez la muerte del animal nocturno?

(Siento mucho a los que caigan en este post, buscando algo de Arjona. Para ellos, este enlace, quizás les ayude.)

Usuario de Facebook abrió una galleta de la suerte y la galleta le dijo: "Todo está en tus manos. Ahí ve vos". Y justo ese día, Usuario de Facebook se enfrentaría a dilemas de vida o muerte: "Hay alerta amarilla por las lluvias, ¿agarro mis tiliches y salgo en guinda, o me quedo a venadearlos para que no me los madruguen?". "Le pago los $5,000 de la extorsión o me hago el maje?". ¿De maíz o de arroz?".

Y el Usuario de Facebook guió sus acciones por la frase de la galleta de la suerte, sintiéndose empoderado; el rumbo de su vida estaba bajo su control. Se quedó a venadear sus tiliches y afortunadamente el agua sólo le llegó hasta las rodillas. Se hizo el maje y los extorsionistas dejaron de llamar. De maíz, dos canoas y chocolate con leche.

Luego de 23 emocionantes horas, Usuario de Facebook recordó que debía escribir para CampoPagado. No sabía sobre qué y sólo le quedaba una hora antes de que venciera su plazo. Usuario de Facebook le consultó a Virginia y Virginia le dijo: "¡Ahí ve vos!".

Todos los días a todas las horas la respuesta era la misma, era un deletreo que quemaba, que dolía y a veces tan bien, siempre solía decir lo mismo porque le parecía una buena idea dejar que alguien más diera el primer paso, no le gustaba decir lo que realmente quería, te lo dejaba a vos. Sus palabras favoritas "ahí ve vos", palabras que te dejan a solas con las respuestas en las manos y sin saber qué hacer, o quizás sí. Porque al final vos sabías que esas palabras contienen respuestas implícitas, palabras que pretenden dejarte decidir por lo "obvio", palabras con las que tenés que decidirte por lo que la otra persona quiere. También, a veces un "ahí ve vos", es el abandono, es dejarte a solas con un montón de decisiones en las manos.

Condenar a alguien no es cosa fácil, es un peso horrible que se siente más después que se ha dado el veredicto. Es imposible vivir con un cargo de conciencia de ese tipo, vivir con un muerto encima. Trato de minimizar ese riesgo y aquella tarde no fue la excepción. Las evidencias no eran contundentes. Tampoco se puede juzgar el presente de alguien por su pasado. Aún tenía tiempo antes de que iniciara la audiencia. Tome, entonces, el Nuevo Testamento de mi escritorio y busqué al muchacho en la sala de espera. Lo encontré sólo, serio, inmutable. A cada lado un policía, mudos los dos. Como había hecho en otras ocasiones, me acerqué y le pregunté su nombre. Me lo dijo apenas abriendo la boca, sin prestarme atención, como quien se espanta un mosquito de la cara.
Es curioso como a uno le asignan el trabajo de Dios, como si con eso el mundo va a cambiar. Culpables todos somos. Y al final nos vamos a morir. Quizás sea sólo para calmar la conciencia o a los dolidos. Pero igual, no tomo las cosas a la ligera, las pienso, las analizo.
Le seguí hablando, ahora de otras cosas, de esas experiencias que nunca he vivido: tenía que sacarle platica, ganarme su confianza. Tenía que saber si había sido él, preguntarle directamente, y sin rodeos, si era culpable o no.
Las evidencias son un invento. No deberían tener valor alguno en un juicio, no son de fiar. Para mi la mejor prueba, la única valida, esta en los ojos.
Sentí el tiempo pasar muy lentamente cuando leí el veredicto. Sentí cada letra deslizarse por mi labios. Lo vi a él, inmutable. "Veinte años" me repetía a mi mismo...
Al final le pregunté. Y con esas tres palabras con las que me contestó, tomé una decisión.
Y es que, cuando alguien pone tanta indiferencia a un "Ahí ve vos", no hay duda: si no es culpable de esto que se le acusa hoy, pues de algo lo será. Y en definitiva debe ser algo que merece la muerte.

Lo que ves es lo que hay, estas carnes extra y este esqueleto poco dado a los bailongos. Esta verborea que dice cosas con las que no sabés qué hacer. Esta dificultad de saber que puedo dejarme manejar pero solo si me llevas a tu destino. Esta cursileria prosáica, disfrazada con neologismos y símiles. No hay más que decir que no lo podas leer en mis ojos, si te acercás a verlos con una curiosidad ajena a cualquier antropólogo.Tomalo o dejalo. Cerrá la ventana o dame cuerda para que me siga desnudando con letras, diciendo más de lo que debería. Evita verme, bloqueame, cerrame los ojos para siempre. O abrí los tuyos.

Ahi ve vos qué hacés. Incluso podrías no hacer nada y seguir ajena a estas letras.

Para todas las opciones existentes en el mundo, parece existir la ilusión de que tenemos la remota posibilidad de escoger un modo único de vida. Pero parece no ser así. Imaginémonos sentados en un café con varias personas, y nos dan a escoger entre las opciones del menú. La primera persona es la que escoge exactamente lo que quiere --digamos que es una Whopper; las demás tendrán que lidiar con la posibilidad de sentirse ridículos pidiendo lo mismo que los demás. Por eso mismo es que tienen que decidirse por la Big King, la King de Pollo o cualquier otra cosa que no necesariamente les gusta, solo para sentirse más interesantes que los demás, y se puede decir que mientras más lejos estemos en la lista, más probable es que nuestros amigos decidan por nosotros

Pero eso es solo en el caso de los amigos, ya que en el caso de comprar por nuestra cuenta, no somos nosotros los que tenemos la mínima opción. ¿Qué escogerían, una Coca-Cola de 20oz. por $1.25 o una de 24oz. con una galleta gratis por $1.50? La probabilidad de comprar un artículo aumenta cuando la oferta incluye la palabra gratis en ella. Por eso, si nos venden una hamburguesa a $4 más un té helado por $1 es menos factible que comprar un combo de $5 por una hamburguesa más un té helado gratis.

Claro que también decidir en la fila es un dolor de cabeza. Generalmente las filas antes de las compras son unos de los momentos más estresantes del día, mientras utilizamos algoritmos ridículos para poder decidir cuál de nuestras posibles alternativas nos va a dar más satisfacción en contrapeso del costo asociado. Claro está que estos cálculos pueden ser fácilmente manipulados por los vendedores cuando nos ofrecen opciones que no nos permiten calcular a tiempo ese ratio, por lo que terminamos decidiéndonos por únicamente la satisfacción, olvidando el costo.

Por eso, yo solo llego y les pido que escojan por mí. Es lo que hacen de todos modos.

-Ahí ve.

Es tan normal decir ahí ve, que la Virginia lo saca del sombrerito y me lo da. Más no sabe que si no lo decís en El Salvador la gente realmente quiere ver.

Quiere ver algo... en algún lugar.

"Ahí" - adverbio de lugar.
"Ve" - imperativo de ver.

Y no. Pues la gente necesita el CC, el SAP para entenderme.


-Ana ¿Querés comer burritos? - los burritos norteños son un mega WIN

-Ahí ve.

-Ahí ve qué???

Sí. Decidí vos, ahí ve vos... Como sea...


Por eso este tema me hace tener un poco de libertad una vez ya explicitada la confusión que puede albergar tales palabras, para beneplácito de nuestros lectores internacionales. Ahí veo yo como lleno este post.

Y así será.


Pues estos días he pensado muchas cosas -eso de pensar es bueno, se nota que no estoy más idiota con el paso del tiempo. Pero también he soñado mucho. Como que mi mente no dejara de estar alerta. Ahí veo que siempre veo aunque cierre los ojos. Siempre ahí hay algo. El sábado fue una bebé. Una bebé. No quiero tener hijos. Pero ahí estaba.

-¿Qué va a soñar la Ana?
-Ahí ve vos - dice mi inconsciente.

Como que eso pasara y mis sueños son más raros que los anuncios de Mtv. Como patrones sin sentido. Las drogas destruyen...

Pero volviendo a los hechos, quizas pasar frente a la compu almost all day long, no debe ser tan bueno. Y cómo que los excelazos, statatazos y spssazos lo carcomen a uno todito. Hasta sentirse como el que programa en la matrix que hasta ve a la mujer bonita con puro codigo binario.

-¿Querés estudiar?
-Ahí ve vos


NO!... Eso no fue así. Sí quise estudiar y así toca. Pero a veces me ahívevoseo. Y me dejo en anarquía momentánea. Y uno de los gajes del oficio del estudiante con virtudes y derrotas es perder la cordura de tanto en tanto.

Y realmente eso que uno se diga a sí mismo "Ahí ve vos", como una manera de encararse es complicado pero también, el "Ahí ve vos" es como para limpiarnos la conciencia y que alguien más decida.

-¿Le decimos a la fulanita que todos dicen que es una gran....
-Ahí ve vos.

Nadie quiere tomar la decisión y frescamente dice Ahí ve.

-¿Terminamos este post?
-Ahí ve vos


Y como yo no sé realmente qué más decir, podría hablar de cómo conocí el teatro Metropolitan, que fui a un concierto de Fernando Delgadillo, y las cosas ególatras de que llevo una vida bien chiva en México (cuando no duermo y demases, no es tan chiva pero ahí veo que me quiero dar paja). O bien podría hablar de como hay inundaciones y matan y que todos se ahivevosean... o cómo fue el día de muertos, o como Tarantino nos dijo "Ahí vean que hacen con la historia nazi" en su última película. Pero ahí ve... si querés seguir ya habrá mañana para seguir leyendo.

Me acuerdo que este es un blog seudoliterario... y qué bueno que tenga el seudo. /Ana traga saliva y se siente un poco alivida después de un post tan malo/

María pasó mucho tiempo en los pasillos esperando escuchar algo de José. Su relación siempre fue de amistad, pero había algo...algo más. ¿O es que sólo ella lo sentía? Había algo entre ellos que nunca terminaba de materializarse, de ponerse en palabras. Y lo que no se habla, difícilmente existe. María esperaba cada fin de año que él la buscara, que le diera una razón para verlo durante las vacaciones. A veces fantaseaba con llamarlo Ernesto, y con que él la llamara Fernanda, porque -pensaba- hasta tu segundo nombre suena vergón cuando te lo dice la persona que te encula.

María creció sin José. Cada uno por su lado, malgastaron buena parte de su tiempo adolescente encerrados en su habitación, dándole vueltas a un asunto que requería más actuar que filosofar. Más adelante en su vida, María volteaba la mirada a los años de escuela y le parecían frustrantes. Que alguien dijo que le contaron que a tal le gusta por cual, y el chambrerío de telenovela que se armaba. Llegó a olvidar que, a esa edad, ese drama es lo que hace que valga la pena vivir. María no alcanzaba a darse cuenta de que recordaba ese drama y no, por ejemplo, el factoreo, el análisis gramatical y a Fray Bartolomé de Las Casas.

Todavía le gusta pensar en qué hubiera pasado si algún último día de clases José la hubiera buscado; o si ella lo hubiera esperado al final del examen, en lugar de irse corriendo cobardemente a la parada. Cobarde era la palabra. Aún con la atracción que sentía hacia él, si él le hubiese pedido que huyeran juntos, ella se hubiera negado. Luego piensa con saña en que años después de que ella haya fallecido, José irá a buscarla y él lamentará haber perdido el tiempo. Se imagina las conversaciones que él habrá tenido con el Wenceslao a mitad de un partido de fútbol (tan chulo que se veía jugando), y recuerda con taquicardia el día en que José la encontró en su camisa de Magneto, cómo ambos temblaban, ninguno queriendo asumir el primer paso. Él por una gran culillera, ella porque no era de señoritas decentes andar ofreciéndose a los muchachos.

Esto último le pega duro. Y la hace ir a buscar a su hija, Margarita. Ella le contó que mañana, su último día en noveno grado, le va a decir a un niño, a un tal Rafael, cuánto le gusta. "Le voy a hacer ovarios, mami", le dijo Margarita a María, con una sonrisa nerviosa "...pero si me sale bien, voy a cambiar la historia para que no digan que el Rafa es culero; lo que pasa es que es bien tímido". "Son otros tiempos", se dice María. Y le hubiera gustado que esa mentalidad hubiese existido en sus tiempos. No sentarse a esperar como damita, sino hacer la cacha como mujer.

Tal vez si las cosas hubiesen sido así, Margarita sería su hija con José, y no con un cualquiera que sólo quiso pasar el rato y se ahuevó cuando su vientre comenzó a florecer. La criatura fue una niña que adquirió su nombre simplemente porque José, aún con lo tremendo que era, tenía una sensibilidad oculta por la poesía, una sensibilidad que sólo María conoció. Y María se decidió a hablar con su hija sobre esto, porque lo que se habla, existe: "Margarita, te voy a contar un cuento...un cuento sobre los días que no fueron. No fueron, porque los protagonistas -un niño y una niña- temían que las cosas no salieran como esperaban; y por temer, nunca lo intentaron. Eran las 8:30 de la mañana cuando José E. se dio cuenta que no podía dejar de mirar a Maria F...".

Neto, Chepe, no entendía. Metió las manos en sus bolsillos para vaciarlos y encontrar una explicación: en su lugar sólo halló dos suegras, un billete de cinco colones y un chicle Adams de caja rosada. Vio el rótulo de la tienda de enfrente, con los posters de Rayovac y un calendario de Oranjal. No cabía duda, era 1,991. La señora, sin embargo, tampoco entendía. Le miraba y le miraba, de arriba a abajo, los colochos y los Bracos, todo coincidía con la foto del bicho aquel que su abuela guardaba junto a sus agujas de crochet. Se miraban perplejos.


Al fondo de la casa todo estaba oscuro y se podía sentir desde la puerta un profundo aroma a bálsamo. Dos pollitos chipes intentaron escapar hacia la puerta mientras la señora seguía de pie sosteniendo la tranca entre las manos, sorprendidos solamente por la voz que surgió desde la cocina. Una voz clara, suave, pero firme que dijo "abuela, deje de fregar al chele y dígale que pase". Doña Brígida, quien estaba exquisitamente loca, dejó caer la tranca y corrió hacia su pieza, extasiada, buscando rulos y polvos de mujer "me tengo que poner presentable para el cipote". María suspiró sonoramente y le dijo "esperame, Chepe, que estoy lavando maíz". El pobre chele era ya casi traslúcido, la seguridad con que doña Brígida le habló le llenó el alma de frío y de eso es difícil reponerse. Sacó la cajita de chicles Adams y se comió uno, el otro era para la María. Ella le gritó que pasara adelante. Él no quiso.

La María no supo si achicarse o qué. Su camisa de Magneto y su licra negra, adornada con las yinas no eran un "look" para andar en la calle, sino para lavar maíz. De algo tenían que vivir y las tortillas de la noche tenían que hacerse. El chele le dijo que mejor hablaran en la puerta, porque la vieja metida de la tienda se había escondido detrás de la panera para echarse todo el rollo y ya ves vos cómo son los chambres de la colonia. La María dijo sí y le echó más sal a la olla de frijoles. Enfrente al espejo del lavadero se medio arregló el tumbo y salió a la puerta. Llevaba granitos de maíz en el pelo.

El Chele temblaba. El chicle le había cerrado la garganta. Más tarde tenía que ir a traer la solicitud del instituto, por si se ahuevaba y le daba miedo irse a los yunais. Su papá quería que se fuera, pero su mamá no. De todas maneras, llevaba el pasaporte y el certificado de grado en la Alpina mientras esperaba a la María en la puerta. Son demasiadas cosas qué decidir para un corazón de quince años. El cuerpo lo resiente: las espinillas de la nariz le empezaban a doler. El puntapié que le dio el Marlon le empezaba a doler. La broma de doña Brígida le destempló los dientes y los frijoles combatían dentro de su tripa. José Ernesto temblaba. Pero la María también.

El sol le pego directamente en la cara y José se despertó de golpe. Era tarde ya. Había pasado toda la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir y, al final, cuando por fin lo logró, las estrellas se comenzaban a desaparecer del cielo. Ni su mamá ni su hermana estaban en casa, así que se comió unos frijoles que estaban en la refrigeradora. Se los comió sin ganas, sin hambre, por los nervios. Luego se alistó, se peinó, se perfumó bien y salió de casa para donde la Maria. Tuvo que irse por el camino largo para evitar pasar por la cancha.
Cosa rara: el sol había desaparecido por completo, no pegaba como todos los días sobre la calle empedrada del pueblo. Se afligió. Nubes negras y vientos fuertes aparecieron de pronto. Le pasó por la mente que serían una señal más, que debía regresar sus pasos, pero estaba decidido, siguió. Por el camino comenzó a ver gente extraña, desconocida, gente vieja, maltratada por los años. La lluvia se asomaba en el cielo sin atreverse a caer. José E. apresuró el paso pero la calle se hacía cada vez más larga. Era raro, nunca había sentido esa calle tan larga.
Al fin, llegó. Se apresuró a la puerta de lámina de la casa de María y, sólo cuando estuvo cerca, Ernesto apretó los dedo y tocó la puerta, silencio. Tocó de nuevo y una vez más. Silencio. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de irse, una viejita se asomó en el umbral de la puerta. Ernesto preguntó por Maria La mujer le contestó que ella no vivía allí. Entonces preguntó por Maria F. La mujer sorpendida, le contestó: “Ella murió hace años, era mi abuela”.

¿Quien soy?, parecía preguntarse José o Ernesto, o Ernesto José, o José Ernesto. Después de la vorágine de cosas que habían pasado ya no sabía exactamente ni quien era. Si me hubiera preguntado talvéz le hubiera dicho que era lo normal siendo adolescente. 

Que era una etapa, que era la etapa de las preguntas trascendentes, de la contraposición de hechos para terminar más adelante definiendo que se es más parecido a lo que no se creía ser.
Pero José no me pregunta ni me preguntará. Él y sus demás compañeros no saben que los he visto manchándose las camisas y encerrándose con las bichas en los salones vacíos. Uno cree ser inmortal e invisible a esa edad. Algunos lo seguimos siendo adrede.

José, está encerrado en su cuarto, oyendo una música que no adivino y que pensando en qué hacer está definiendo lo que será. Pocas veces nos definimos tanto como cuando logramos encerrarnos lo suficiente como para escucharnos. José está a punto de lograrlo. Casi sabrá escucharse, casi logrará decir "aquí estoy" lo que será la base de su personalidad futura. Pero ahora hay que esperar a que digiera ese pan con queso.

Mañana Ernesto habrá de tomar el camino a casa de María. Y Chana habrá de ir adonde Ernesto. Y Ernesto elegirá si sigue su sueño de siempre o si aprende a leer los signos del ahora y a guiarse por el presente. Y mientras mastica ese pan con queso recuerda el partido y teme haberse equivocado en su estrategia. Mañana aprenderá también a cargar con las consecuencias de sus decisiones. Y lo complejo que es moverse en tantas carreteras al mismo tiempo. Pero ahora mastica su pan con queso y recuerda cuando era un niño y María F. le pidió compartir su pan con queso. A veces recordar basta para saber donde equivocarse.

¿Te gustaría comenzar desde el principio de la historia?


"Neto" se despierta de repente... para iniciar esta indeseada vacación, lejos de la rutina --lejos de la María. Es normal que un día después de salir de clase, lo único en que él pudiera ocupar su mente es en retroceder el tiempo un poco más. Ayer, por ejemplo, "entré al salón y me estaba viendo. Estoy seguro de que me estaba viendo... debí haberle dicho aquello que pensé". O bueno, quizá el día anterior, "esa carta, nada hubiera perdido de haberla terminado. Sí que soy dundo". Se levanta de la cama, se lava la cara, entra y sale rápido de la cocina con un guineo mientras su mamá y su hermana hacen la limpieza de la casa.

-- ¿Va a comer, niño?
-- Mamá, ya vengo, voy a salir un rato.
-- Solo sos calle vos, ¿y para adónde creés que vas mono?
-- Nombre vos, ya vengo.
Otra cosa fea de recién salir temprano de clases es que la mitad de sus amigos todavía no están de vacaciones, por lo que dar vueltas en la colonia se volvería una pérdida de tiempo, excepto uno que otro de sus compañeros que viven cerca, como por ejemplo el Wenceslao. Claro, el tipo tiene sus "conectes" de interés para el Chele, quien después de darse una vuelta por la colonia en la bici, se va directo al lugar donde siempre están los haraganes... jugando fútbol. Es sencillo hacerse amigo de alguien ya cuando se está jugando, aunque lo difícil es sacar información interesante, como información sobre la niña que le gusta a uno. Y claro, uno no discute esas cosas a medio juego.
-- Voy ahí, 'Ceslao.
-- Buscate otro que ya estamos cabales, vos.
-- No fregués maje, si yo siempre vengo a jugar, saquen al bolo un rato maje.
-- Qué jodes pues, metete así. Andate con aquellos.
Jugar por compromiso es un estrés, y jugar con la mente en otro lado es una pérdida de tiempo. Peor aun es sacar una conversación de niñas mientras se descansa en el partido. Pero más terrible es hacerlo usando la típica trampa de proyección, porque nunca parece funcionar.
-- ¿Y qué ondas con la aquella?
-- ¿Cuál aquella vos?
-- Ayer te vi hablando con la Mariyita en el bus, maje. ¿Te gusta, verdad? ¡Se te nota!
-- Jaja no fregués vos, se nota que estás celoso.
-- ¿Yo? Nombre maje, para nada.
-- Jajaja hoy te hacés el loco... mirá maje, si te gusta no seás maricón, aceptalo.
-- Dejá de joder, vos.
-- Mejor aceptalo, así me hago el maje con lo que me contaron que hiciste con la Sandra ayer...
-- ¿Qu--no jodás maje, yo nada, no fregués.
-- ¡HEY MARLON, NO VISTE LO QUE HIZO TU NOVIA AYER?
Nadie necesita esperar al Marlon para que Wenceslao le cuente la historia. Bastaron diez segundos para que el Chele se parara y se zafara antes que el bicho matoncito cruzara la cancha y le preguntara qué tanto gritaba de la novia. Wenceslao solo se reía desmesuradamente: "Nombre vos, estoy fregando. No me hagás caso". Marlon se regresa con cara de desconfianza. José, por su parte, se regresa a su casa, en cierto modo humillado y encima cansado. La mamá le da de comer, pero él solo quiere irse al cuarto y acostarse para dejar el tiempo pasar. Qué mal día este.

A pesar de todo, Wenceslao ya se esperaba que algo así iba a pasar. Desde hacía tiempo que era amigo bastante cercano de la María, y siempre notó cómo el José se rebuscaba por ella. Pero tampoco va a ayudarle al José sólo porque sí. Sin embargo, algo le causaba interés, y era que ayer mismo alguien le contó lo que había pasado entre la Sandra y el José. Algo le ve la novia del Marlon al José, o quizá es por ganas de fregarlo. Wenceslao tenía curiosidad, por alguna razón, y solo había un modo de salir de la duda. Por eso se desvió un poco del camino a su casa, y tocó la puerta de la casa de una niña con la que el día anterior había estado platicando, y que le contó sobre lo que había visto con sus compañeras el día anterior:
-- ¿Te acordás de lo que me contaste ayer, Márgara? Ni te imaginás por quién llegó a preguntarme el Chele hace un rato...

Segunda parte de lo que Soy Salvadoreño escribió aquí.



-Ernesto..
-Sí...
-Te llamás Ernesto.
-Sí.
-Ve tan raro... siempre que la gente pone una sola inicial, pienso que deben tener nombres terribles.
-Es sólo Ernesto.
-No es terrible.
-Yo sé. José es peor.
-Es común, pero no es un nombre terrible.
-Es que José siempre fui y hoy quiero ser Ernesto.
-Tan loco, eso no se puede. Toda la colonia te llama así.
-Claro que se puede.
-Ya vas vos de optimista.
-Hacéte la pesimista.
-No, pues no. No soy pesimista. Pero no hay nada de pesimismo en decir que no te quiero decir Ernesto.
-Decíme Neto.
-Bayunco.
-Y qué... es como que yo dijera alguna vez "Hoy soy Fernanda".
-Vámonos.
-No.
-Vámonos, vos sabés que nos podemos ir.
-No. No puedo.
-Sé Fernanda...
-No. Soy María.


María ciera el pasaporte de Ernesto, quien se siente aún más solo que cuando era José.

Eran las 8:30 de la mañana cuando José E. se dio cuenta que no podía dejar de mirar a Maria F.

Eran compañeros desde el sexto grado, y José E. no entendía porque estaba pensando justamente en eso, habiendo pasado tres años y faltando solo un día para que terminara el año escolar en el colegio donde estudiaba que no tenia bachillerato. Además, enfrente de él y de los ojos de Maria F. estaba el tercer examen trimestral de matemáticas, que no estaba nada fácil.

Jose E. tenía los ojos como dormidos y el pelo negro colocho. Le decían “el chele” y tenía tres lunares en su cara como formando una constelación. Aunque él no lo sabía, en ese momento, era la primera vez que se fijaba de verdad en alguien, tanto como para no dejar de verla y ponerse a soñar despierto.

Maria F. tenía la nariz respingada, el pelo liso y largo y era morena. Su cara parecía triste pero cuando se reía daba gusto ver como sus dientes parecían chicles de menta, además era lista para contestar.

Cuando José E. termino de soñar y pensar que le iba a decir a Maria F. cuando salieran del aula, volvió al ver el reloj blanco sobre la pared sin pintar del aula y vio que eran las 10:00 de la mañana. Casi todos los demás habían salido ya del examen y se oían risas y burlas de los que empezaban a manchar cuadernos, camisas y blusas con recuerdos escritos con plumón. Y él solo llevaba 4 de 10 problemas resueltos. Le dio un dolor de estomago nervioso que distinguía de la opresión nerviosa en el pecho que estaba sintiendo también.

Maria F. entrego su examen, y además de José E. solo quedaba Sandra G. y Wenceslao H. -los haraganes de la clase- en el aula.

Mientras, el profesor empezó a carraspear la garganta, diciéndoles que el examen terminaría a las 10:30 de la mañana, una hora que él había inventado, porque en teoría, podían quedarse hasta la hora que terminaba el turno de la mañana, José E. empezó a trabajar el sexto problema, pensando que solo tenía tiempo para trabajar ese y otro problema más. Cuando finalmente entrego el examen, el reloj blanco sobre la pared sin pintar señalaba las 10:45.

José E. agarro su lápiz y cuaderno de matemática, le dijo adiós al profesor y salió corriendo a buscar a Maria F. Corría y miraba a todos lados, con el dolor nervioso en el pecho y temiendo no tener la fuerza ni el valor para decirle lo que había pensado. Cuando finalmente, alcanzo a pensar que Maria F. podía haber salido ya, y se apresuró a la puerta, alcanzo a verla a ella, con su blusa llena de manchas de plumón, caminando al centro del bus que había parado en la esquina minutos antes. Iba platicando junto a Wenceslao H. riéndose y mostrando sus dientes de chicles de menta.

Mientras pensaba que hacer, si salir corriendo detrás del bus o no, sintió que a su espalda, estaba Sandra G. Ella le pidió que le escribiera un recuerdo en su blusa, y lo jalo adentro del colegio a un aula vacía. Se abrió la blusa y Jose E. vio por primera vez un sostén que no era el de su mamá. Sandra G. le dijo que había hecho eso para que el recuerdo de él lo escribiera en la parte interior de la blusa para que nadie lo leyera y que estuviera cerca de su corazón, y así nunca olvidarlo a él.

José E. escribió con dificultad y con cuidado de no topar ninguna parte de su piel con la de ella, con el plumón negro que le dio: “Shana, te voy a extrañar, Jose, el chele”, y se lo devolvió sin mirarla a los ojos y salió del aula, como si fuera a volver. Afuera, como pendientes de lo que habia estado sucediendo en aquella aula, estaban 4 compañeras de el mismo grado, lo miraron a los ojos y se rieron, nunca supo José E. si con él o de él.

Salió del colegio y se subió al bus en la misma parada donde se había subido Maria F. hacia un rato. Le pago al busero y empezó a pensar que fresco tendría la señora que vendía frescos en la parada donde él se bajaba. Y en Maria F. también.

[Este cuento podría titularse también "Corin Tellado en tiempo de hambre"]