Si uno le pregunta, él te dice que es culpa de la compa Rosaura: ella le explicó las horribles cosas que hicieron los españoles a los inditos. Si uno le pregunta más, él te dice que la culpa es también de Moncho, que en una toma se quedó con una revista de mujer y vio a una tipa, a una tal Marta Sánchez, en una playa de Ibiza. Y, según recordaba, Ibiza quedaba en España.


Todo esto le pregunto a Serapio en su cama de hospital. Él me lo cuenta todo entre risas, ignorando las llagas en su piel y la máscara que cubre mi cara. Él ignora, también, que afuera todavía no es octubre, pero él está demasiado débil como para levantarse de la cama. La última vez que vio la calle fue el 15 de marzo, cuando fue a votar. Recuerda un San Salvador rojo y eso le basta, dice. No le creo.

Dice Serapio que a él no le reventaba el enemigo, que siempre supo que eran igual de pipiles que nosotros mismos, que él veía los helicópteros y lloraba pensando en las inditas y su miedo cuando vieron a los primeros caballos. Él aprendió a leer en los tatús, se memorizó la cara de Cortéz y la de Pedro de Alvarado, soñando con el día de volverse polaco y salir a conseguir financiamiento para la causa, y de paso ir a cobrarse un par de las que nos hicieron. Esto llegaría, sí, pero al final del conflicto. Al aterrizar en Barajas cayó en cuenta que Cortéz y de Alvarado cargaban ya el polvo de siglos en sus tumbas y que poco podría hacer al respecto, excepto, cito "pisármelos a todos esos cheles cerotes".

Serapio, sin embargo, salió gustoso: él quería a las chelotas de Ibiza y Palma. Quería tronarlas a lo salvaje, a lo sucio, tratarlas como putas, desgarrarlas, si era posible. Tener coronas de metal, medir 1.58 y ser más prieto que la noche no lo iba a detener. Él no iba a tener la compasión que los criollos no tuvieron con las lonchas de Huasipungo, libro que leyó hasta que la cólera lo hizo machetear un palo de mango. Él se iba a vengar por todo lo que le hicieron a su continente de mariposas amarillas y olor a mandarina madura. Él se las iba a pisar a todas esas cheles putas. Se las iba a pisar en nombre de la América india. Se montó en un pick-up con un grupo de peruanos y de alguna manera llegó a Palma. "Hoy sí, hijas de puta, ya la cagaron", dijo cuando se bajó de la "lanchota grandota", según me cuenta.


Si le preguntás cómo hizo para que las rubias tetonas de 1.80 le hicieran caso, te dice "el campo te da labia". Esa labia pagó, cogió rubias, pelirrojas, morenas -eran las menos, por aquello de ser parecidas a nosotras- cuanto pudo: su trabajo en aquel hotel lo ayudó. Las encerraba, rompía ropas, sábanas y camas con demasiada frecuencia; hímenes, dos: una pelirroja de ojos verdes y una niña de colegio, en viaje con las monjas carmelitas. "Esos hijos de puta no respetaron a nuestras niñas ¿Por qué lo iba a hacer yo?" dice Serapio con cierta rabia, mientras escupe sangre en un baldecito Tacoplast.

Si todo iba tan bien y las españolas caían ¿Qué hacés acá, Serapio, hecho mierda en una cama de moribundo? Dice que la perdición fue una puta de Andalucía, literalmente puta, que lo dejó como vaca de pueblo. Los ojos le brillan al recordar la madrugada que le pidió que lo llevara a la Puerta de Alcalá a escupir y ella escupió con él [poco sabe Serapio que ella no escupía ni por Franco ni por la monarquía, sino por Francisco, el policía que la metió al negocio], poco antes de regresar a San Salvador, porque su nana estaba enferma. Por eso y porque Amelia -así se llamaba- se fue con todo su dinero cuando él la quiso sacar de la mala vida. Y Serapio regresó, adelgazó en verga hasta quedar en los huesos y de repente ya no pudo pararse. "Y me jodió la muy puta, sólo me consuela que se está pudriendo ella igual que yo. Gitana hijelagranputa". Dice eso y los ojos se le ponen tristes, se le nublan y les sale agua, pero él dice que es por las mariposas amarillas y el zapote sazón que recuerda del cantón, antes de que los españoles le jodieran la vida por quererles joder la vida a ellos por habernos jodido la vida hace quinientos años. Eso, o el humo maldito que echan las 101 cuando pasan frente al Rosales.

3 comentarios:

El mal ejemplo dijo...

exquisito

iba pasando dijo...

Siempre detesté a las niñas fresas, siempre me cayeron bien a las que les decián "putas". Nunca pude tener intimidad con ninguna... había sido educado solo por mujeres... estaba imposibilitado a criticarlas objetivamente. MIERDA!!!

EL SUM dijo...

Excelente...

Salve Serapio!