Se llamaba América, era prietilla, no sabía leer ni escribir y nadie se acordaba cuántos años tenía. Vivía sola, con marimbita de bichitos, en una casita mísera en los confines del pueblo. Era delgadita, daba lástima. Quizás por eso la gente le daba trabajo: limpiaba casas, lavaba ajeno, cuidaba niños, cortaba café, sembraba, cosechaba, cocinaba. Trabajaba de sol a sol, le tocaba pesado. Sin embargo, al final le pagaban cualquier cosa. Y ella jamás protestó de lo poco que le daban. Como podía sobrevivía.
Nunca le conocieron marido, a pesar de que, casi siempre, pasaba preñada; y del montón de bichitos que tenía: unos con ojitos claros, otros narigudos y, los menos, prietillos igual a ella. Sin embargo, ella vivía enamorada de uno de sus patrones: un europeo alto que hacía años había llegado al pueblo vendiendo espejos. La América le limpiaba lo espejos una vez por semana, aunque a ella le hubiera gustado que fueran más veces, todos los días. El hombre le dio un espejito en una ocasión que que no tenía para pagarle para que lo vendiera. Ella no quiso dárselo a nadie, se lo quedó y pasaba buena parte del día viéndose en él. Y la gente se burlaba.
Un día el hombre le pidió que fuera a su casa para que le ayudara arreglar para una fiesta: iba a casarse. La América, que ya de por sí era de pocas palabras, se quedó muda. No fue a arreglar la casa como había quedado.
A los pocos días vieron a los niños vagando por todo el pueblo y fueron a buscarla a su casa. Al llegar, la puerta estaba cerrada. Tocaron y nadie abrio. Volvieron a tocar, nada. Tumbaron la puerta. Entraron y encontraron a la América: estaba tendida en el suelo, vestía de blanco, la mirada perdida en el techo, las venas abiertas y un fuerte olor a guayaba.

3 comentarios:

Virginia dijo...

Yo debo pararme y aplaudir.

Soy Salvadoreño dijo...

Yo secundo el aplaiso! :-)

Snipe dijo...

Porlapuuuuuuuuuuúchica, cómo me perdí esto! Es de lujo!