Limpia el revólver mohoso que le acaba de pasar Justino. Camina, como siempre hace, hacia la casa de la señora que les regala café. Ojala estuviese y pudieran jayanear un rato. La viejita es amable, fue vendedora de ropa en los mercados alguna vez, y así sacó adelante a sus hijos. Uno ya murió, afuera de un bar adonde esperaba a un amigo.

Douglas platica con la señora, la niña Dominga siempre tiene comentarios picantes y maneja exquisitamente el doble sentido con que se habla de manera libre entre hombres y mujeres que no se escudan en algún ritual de recato. Ella le cuenta de las travesuras de su nieto Jonathan, a quien debe ir a traer más tarde al kinder. Douglas piensa en su hijo por nacer, el primer varoncito luego de las dos hembritas. Su ojo izquierdo le llora, lo anda chagüitoso desde ayer que estuvo ayudando a serrar unos troncones a su mamá, cuenta. La niña Jacinta se parece a la niña Dominga, en lo desenvuelta, en lo amable. Solo que ella no va a traer a los niños a la escuela, le es demasiado cojear dos kilómetros yendo detrás de las niñas que ya se van solitas.

Douglas se ofrece a cortar esa rama que esta a poco de tocar el cable del teléfono. Ayer afiló el corvo, y pensaba en su hijo, en que iba a enseñarle a trabajar en el campo para que fuera un hombrecito completo, pero que se lo iba a traer a la capital en cuanto pudiera. Haber terminado el noveno grado al desmovilizarse era una ventaja, pero hacía falta el bachillerato, que su hijo iba a terminar, primero Dios. El no se veía estudiando a distancia, aunque tendría tiempo de sobra para leer en las madrugadas, porque los vecinos dejaban encendidas las luces de afuera y a mas de alguno de los muchachos a los que les tenia confianza le podía pedir ayuda con algo que no entendiera. Talvéz así ya no le tocaba estar guardando la calma de otros, reviviendo de cuando en cuando la culiyera de oir los disparos cerca, de hablar por el radio para pedir apoyo.

El almendro ya tiene 19 años. Lo sembró Gonzalo, el hijo mayor de Dominga, antes de irse a Estados Unidos animado por su compañero del taller de la Toyota, que le dijo que se fueran porque estando certificados iban a ganar más plata. La última vez que vino vendió el Volvo que había restaurado y mandó a recortar las ramas del almendro para que diera nuevo follaje. Dominga le recuerda a Douglas que tenga cuidado, que las ramas del almendro son engañosas. Replica con confianza, no es primera vez que le corta las ramas a un almendro, no es la primera rama que corta a ese almendro de la señora que les regala café y alguna otra cosa de comer cuando puede.

Douglas da un machetazo certero a la rama, dos golpes más y esta cae. Falta uno más. Salta una astilla que cae en el ojo chagüitoso. Le duele, pero no lo hace perder el control, se baja. Dominga le ayuda a sacarse el pedacito de astilla, no ha hecho daño, solo tiene el ojo rojo. Douglas camina hacia la caseta. Lleva el vaso de café dulce y un pedazo de marquesote. Piensa en sus niñas. Ve pasar al muchacho gordo que salía a fumar con él algunas madrugadas, para descansar de estar escribiendo su tesis, que era gorda como un libro. Lo saluda y le pide un consejo para lo del ojo. El muchacho le regala un colirio, y le cuenta que está trabajando con alguien que escribe un libro sobre la guerra y sus consecuencias, Douglas suspira y recuerda que le duele el ojo. Si  pudiera, hacía unos tres libros solo con sus historias, por las que le llora sin querer, ese ojo.

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