Los que vivimos tirados en cajas solemos quejarnos con frecuencia. Bien por la monotonía del color del cielo y las paredes, la textura de la ausencia o el golpe seco cuando somos amontonados en los rincones de la memoria, bajo capas de miserias y felicidades hechas polvo que nunca pudimos limpiar.

Como libros de la universidad, olvidados porque la experiencia comprada usa el carton o el cuero de cuche como identificación, como cassettes obsoletos grabados con canciones que salían en la Super Estéreo y en la Mi Preferida, vivimos en el ostracismo de lo que fuimos hace años o hace un segundo.

Tarde o temprano todos nos volvemos material para la bodega, de la que usualmente se olvida la llave (excepto en casos de revisionistas del pasado, como yo), encajonamos a la mayoría en etiquetas más o menos desorganizadas con la esperanza de reconocerles alguna vez en el desvergue del presente. Pero habemos quienes tenemos esa vocación perenne de entrar con facilidad en la desmemoria, de ser material de olvido, de ser descartados al archivo con la premura de quien apresura el pie hasta el tope del acelerador para no quedar en el semáforo del Bulevard Tutunichapa y la 25 Av. Norte.

Nosotros, los que entramos en las cajas con la facilidad del "Ahí te llamo", "Después nos ponemos de acuerdo", tenemos las mas variadas formas, pero entramos con facilidad en una caja de fósforos con un dibujito de un carro Packard de principios del siglo pasado. Como rarezas, salimos a colación cuando toca que hacer inventario de equívocos, de chanzas; o cuando tenemos una utilidad especial, para ayudar a cerrar las goteras en plena lluvia o para contener inundaciones innombrables.

Ay, nosotros salimos y volvemos con facilidad al rincón, excepto en contados casos, donde formamos parte de aquello que tenés a mano, de aquello que importa. Y entonces relumbramos con esa virtud de las cosas que se llevan de mudanza en mudanza y se les busca un lugar aunque el espacio sea cada vez más reducido. Entonces nuestra facilidad de empequeñecernos nos permite acomodarnos, damos lustre incluso a los rincones más húmedos, y explotamos de cuando en cuando con carcajadas y abrazos, que se cultivan primorosamente encerrado en el rincón, en el olvido.

Victor

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