"... el maestro dice que morir por la fe es una cosa gloriosa y papá dice que morir por Irlanda es una cosa gloriosa y me pregunto si en el mundo habrá alguien que quiera que vivamos"

Frank McCourt, Angela's Ashes


Hay poco mérito en amar aquello que te fue impuesto.  Nadie -sano- va por la vida diciendo "hemofilia, te amo", "voz de operadora, te amo", "tasa de vialidad, te amo". Eventualmente uno aprende a amar aquello que ha tenido siempre, si  no a vivir con ello: se acostumbra al lunar en el cuello, al calor maldito de marzo o al aburrimiento narizón de septiembre. La soca, no hay de otra.

Amar a tu país es como estar junto a un cónyuge enfermo e inmóvil, sólo hay dos opciones: o pasan sus días en silencio, viviendo en la misma casa pero con vidas paralelas o decidís tomar su mano y servirle hasta el fin de tus días. En principio uno no escoge a su cónyuge, dudo mucho que uno sepa la magnitud del huevo al que se mete cuando se casa, con el país es igual: el ruletazo determinó que nacieras en la Tierra de las Joyas, que tu sangre fuese resultado de la mezcla del añil y la gonorrea y tu herencia una de sudor de zafra y riqueza de reinos extintos. Como al cónyuge, lo más fácil es conocer sus achaques y evadirlos, no llevarlo al doctor.  Como sea, uno siempre tiene opciones.

Como en el matrimonio, la sociedad intenta empujarte a "lo correcto" mediante ritos: ceremonias vacías -de contenido y de palabra-los lunes, himnos acartonados, oraciones a la oh belleza de lo que estás harto de ver a diario.  Como en el matrimonio uno ve las cosas tiradas, las montañas de basura, el vecinito entrador que se lleva las verduras del patio, el chucho que se caga en la puerta, el bichito -panzón, desnutrido y analfabeta o tatuado, rapado y también analfabeta- que no se calla, y dice a gritar y desesperarse. No alcanza el pisto y el cónyuge no sabe adónde fue a parar. Y a uno se le empieza a ir la paciencia. Dependiendo de la agresividad del asunto, uno puede llegar a los vergazos. Aparece la sangre, que nunca es justa, por mucho que se llore. Y la falsa ilusión de morir para vivir. 

Finalmente, como en todo matrimonio donde las cosas se ponen turbias, uno puede hacerse el loco y eventualmente agarrar sus tiliches. Uno puede salir corriendo, dando portazos y jurando nunca regresar. Puede putear, alto y con las ventanas abiertas, que todo mundo sepa la mierda de casa en la que le tocó parar. Esa es una opción. Otros eligen, por el bienestar de ambos, ir a trabajar a otro lado, porque no pueden estar juntos más, porque el otro te está haciendo la vida imposible, uno puede elegir irse provisionalmente y volver más fuerte, más sabio o menos pobre. Y la patria, que es una mujercita victoriana, lo recibe siempre contento a uno.

Existe una opción que poca gente toma, viendo a la patria-cónyuge toda hecha mierda como está, con el hedor a sangre seca y caca y las moscas volando. Hay quien se prepara con escobas, guacales y cal. Hay quien elige socarla. Y la patria-cónyuge sonríe.


* Fragmento de "Por qué escribimos", de Roque Dalton. Encontrado en "La ventana en el rostro".

2 comentarios:

Gero dijo...

"Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles"

Anti-Raúl dijo...

Roque de título y Brecht de comment.
Profundo y necesario.