El cristal de la nostalgia hace que 1,991 parezca un año de clima templado en el cual San Salvador era una ciudad desquiciada, acogedora y caóticamente bella; es eso o el espíritu juguetón que uno tiene en la niñez lo que, a la larga, lo hace añorar esas levantadas a las 6:50am de los domingos, desayunar tamal de gallina con leche recién hervida, esperar que termine Tiempo del Espíritu y gozar de las cuatro horas que esperás toda la semana.


La mente de un preescolar de cuatro años es curiosa: recuerda vivamente la camioneta verde que bajó a tu papá y le quitó los documentos, el señor de traje café de corduroy que salió en la tele el día del eclipse; el día que probaste los dulces de anís y la sensación de las galletas Vita deshaciéndose en tu boca. Se ve uno mismo sentado en el sillón de la casa de los abuelos, donde una fuente inagotable de gaseosa y churritos te abastece de víveres, si y siempre si le prometés a tu abuelo que vas a jugar Haz lo que oyes, no lo que miras con él*. Pizarrín te dice que te lavés los dientes y tu regordeto ser obedece sin chistar. Es Pizarrín, después de todo. Sí, me voy a lavar los dientes, mamá, pero ¿Puedo ir cuando empiecen los comerciales?


Era francamente divertido verles, aun con mi tele blanco y negro. Eran todo lo que yo conocía en ese entonces, tres señores bonachones y uno con carechucho que se adueñaban de mi atención completa. El cable llegaría un año más tarde, pero eso no me movió de mi sitio con churritos y Kolashampan, al cual me anclaría hasta que descubrió mi papá que pasaban el fútbol italiano en el 4 y valió chonga mi lealtad para con Jardín Infantil. Lo bueno era que terminaba a las 8 y casi siempre sólo me perdía el intro. O a lo mejor no era tan divertido, pero en ese tiempo no había Power Rangers ni Dino Rey ni animé ni artes marciales en mi vivir, eran los dueños indiscutibles de mi corazón.


El tiempo pasó y la gana de ser grande se apoderó de mí. Jardín Infantil era un programa de niños, y yo ya escribía con lapicero. Se vuelve uno apuradizo por crecer, por ser grande, totalmente inconsciente de lo que dice. Tan inconsciente es uno, que, cuando se encuentra a Pizarrín en la Pizza Hut, no duda en tomarse fotos con él. Y tanto llega a añorarle, que le puede la nostalgia de hablar de aquellos años prístinos donde mi único trauma era no haber podido ni empezar a cantar "Caminito de mi kinder", porque me atacó el llanto. Chirajito me dio mi bolsipremio y me llevaron a comer al McDonalds. Ahora ya no hay ni bolsipremio, ni McDonalds en Los Héroes ni Chirajito en la mañana para decirme "¿Ya se va, mamita? Salú, pues".


1,991 suena bien, con su guerra, con su campaña de vacunación nacional, con tu pijama de Mario Bros. Al menos mejor que el 2,009 con sus maras, su crisis sofocante y mi pijama de tortuguitas. 


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* En la medida de lo posible, procure que sus hijos tengan acceso a una tienda de pueblo con un patio grande que tenga árboles, perros, gatos y pericos. No sabe qué infancia tan guapa llega a tener uno. 

PD: Una vez  pude hablar con Pizarrín y agradecerle de corazón todos los recuerdos guapos que tengo gracias a Jardín Infantil. Se le aguaron los ojos y me regaló una paleta de manita. Eso fue este año :) 

3 comentarios:

Aniuxa dijo...

:-o

Qué chivo que lo pudiste ver. Yo lo vi como a los 8 años en una fiesta... Yo no tuve el valor de decirle nada a la estrella.

angelcastaneda dijo...

"Jardín Infantil era un programa de niños, y yo ya escribía con lapicero"

(Y)!!!

Genius dijo...

Menudo y pequeño detalle verdad...:

"El tiempo pasó y la gana de ser grande se apoderó de mí..."

ay qué días....!