País.

Pues es díficil hablar de país cuando uno está lejos. El país es un imaginario. Una idea. Algo. Y todo. Y una definición. Y una nacionalidad. Y unos frijoles rojos de seda inigualables. Y mi afición por la selecta -totalmente nula antes de mudarme a México.

Hace un par de semanas me compre un libro coordinado por Marina Ariza y Alejandro Portes que se llama "El País trasnacional". Claro, es un libro sobre migraciones. Es un libro grande. De bonita edición. Que quiere dar cuenta de todo eso que pasa en la "frontera". No lo he leido completo. Pero si pueden encontrarlo por ahí se los recomiendo. Pero cuando a uno le llega el miércoles con el correo fatídico del tema para la semana, al decir "País", no pude evitar acordarme de este libro. Y pensé en mi país. En mi país trasnacional, en mi país trasnacional en el que vivo.

Y es que las fronteras se desdibujan demasiado. Y pareciera que a veces sigo en El Salvador. Como cuando se puede hablar por ahí con un compatriota. O como cuando me echo más de dos horas hablando por el skype con mi familia. Y poder tener conversaciones por chat con mis amigos de qué tal te fue el miércoles, fuiste a la clase que me dijiste, o fuiste al cine. Porque no estoy desconectada. Veo ocho en punto casi todos los días en youtube. Cuando me cambio en las mañana veo la entrevista del 21. Además siempre medio reviso los feeds del diario de hoy y de la prensa.

Y mi país pareciera que con sus 21 mil kilómetros cuadrados es elástico y se hace grande, tan grande que llega a un pequeño cuarto de una unidad de por ahí por ciudad universitaria, entre tanto millones que habitan el distrito federal. Mi país es quizá cuántico, no importa ni el tiempo ni el espacio. Y mi país es entonces hermoso. Porque es una idea. Una idea es siempre menos dolorosa que cualquier cosa.

Y cuando me doy cuenta que el país en el que vivo está en mi cabeza, no hay manera en que no "sienta" que estoy lejos. Porque sí. Mi país no se siente. Mi país trasnacional se imagina. Se imagina, es un ideal que cuando quisiera otra vez acordarme de la sensación de estar abrazando a mi gente, pues no hay medio de comunicación que me quite la idea que estoy lejos.

Y el país se quiere. Se piensa. Se dibuja. Se reconstruye. Se construye. Constriñe para pensar. Porque ser salvadoreño implica a veces pensar como salvadoreño. Y ser a veces poco optimista. Y a veces libera, porque ser salvadoreño implica soñar como salvadoreño. Y pensar que mientras re-leo los feeds terribles de noticias, hay alguien que se está riendo, hay alguien que está siendo lo que siempre hemos hecho. Hay alguien que no tiene nada que ver conmigo, sólo haber nacido en esos 21,000 kms cuadrados (o en los bolsones pues) que se siente unido a mí, sin que me conozca, sin que sepa que escribo estas líneas desde lejos. Pero sabe que hay algo, tan casual, como el nacer que nos ha unido, de manera extraña.

Y pareciera entonces que todo se reduce a que la soledad es menor con gentilicios. Y quizá, de eso es de lo que se trata la palabra "patria". Una dulce cama de imaginarios para soñar.

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