Franklin tiene apenas ocho años, y vive a la orilla del mar, junto con su familia. Siendo el mayor de tres hermanos, y con uno más en camino, pasa su día entre ir al colegio y ayudar a pescar a su papá y cuidar a sus hermanos menores. Una vida relativamente tranquila, siempre y cuando su mamá trabaje lo suficiente para que todos puedan comer. Doña Marta, su mamá, trabaja todo el día en prepararse para echar tortillas, mientras que Don José se va la mayoría de días a pescar al mar.

Los días pasan en la vida de Franklin sin mayor complicación, excepto esas ocasiones en las que su papá suele llegar ebrio a su casa. Quien más, pues, que el hermano mayor para llamar a sus hermanos dentro de la choza de paja que llaman casa, y esconderse un rato mientras su madre intenta calmar a José. Muchas veces esas discusiones solo duran un par de horas, durante las cuales los hermanos pasan juntos, con miedo, mientras esperan con ansias que su madre entre y les diga "ya pasó, ya pasó" con esa voz quebrada que imprimiría tanto dolor a cualquiera. Claro que para ellos, es una sensación de alivio, y más para Franklin, quien se la ha pasado el último par de horas evitando que sus hermanos lloren todo el rato.

Así, la vida se le pasan de forma rutinaria. Algunos episodios de ebriedad de su papá son más difíciles que otros, pero no parecen pasar a más. El miedo es algo cotidiano, supone, y por esto, él reunía a sus hermanos cerca de la casa en caso que comenzara a anochecer y su papá no hubiera llegado. Al principio Franklin sentía ciertas ganas de ponerse a llorar, más cuando su papá le pegaba a su mamá, pero con el tiempo, aprendió a asimilarlo sin sentir el nudo en la garganta. Claro que esa sensación de vacío en su estómago nunca se fue, más al tratar de callar a sus hermanos quienes nunca dejaron de asustarse. Por suerte, su mamá religiosamente los tranquilizaba y los ponía a dormir cuando todo hubiera pasado, y su papá se quedaba dormido en alguna hamaca, afuera.

Un día, finalmente la rutina llegó a su fin. Mientras Franklin notó que su papá llegó botando un par de sillas cerca de la entrada de la casa, y pegándole a su mamá con más energía que lo normal, él se fue con sus hermanos adentro, y se acurrucaron en el piso, como siempre. Pero esta vez, los gritos de desesperación de su mamá se volvían insoportables. Franklin dejó la seguridad para salir a auxiliar a su madre, recibiendo un golpe de recompensa: su papá le dejó ir uno a su hijo por metido. Esta vez su papá no estaba enojado porque no le dejaron tortillas, o porque la mamá se gastara algún pisto, sino porque según él, lo estaba engañando. Algún vecino con mala intención le comentó sobre el encuestador que llegó y pasó media hora sentado en la casa mientras la señora echaba las tortillas. Ya no eran necesarias las explicaciones, le decía José mientras le pegaba a su mujer en la cabeza con la hoja del machete, y la botaba desde la esquina de la mesa, al suelo. El señor, al ver lo que había ocasionado, se dio la vuelta y se fue, caminando con dificultad, mientras Franklin le gritaba a su mamá para levantarla: "¡ya pasó, mamá, ya pasó!". Ahora lo último en lo que el pequeño piensa es en dormirse tranquilo.

1 comentarios:

Folósofo dijo...

Lastimosamente esa narración es la que muchos viven a diario, en la niñez...
Vaya "dinero maldito".