La malasuerte es como la weba: no se crea, ni se destruye. Solo parece moverse de un cuerpo a otro. Esa es la manera en la que funciona, sin duda alguna: si alguien se cae, habrá alguien junto a él para reírse; si alguien pierde dinero, alguien lo encuentra; te asaltan en la calle, alguien va a cumplir sus sueños con tu tarjeta de crédito. Esta relación causal en la que existe un ganador y un perdedor puede limitarse también dentro de la misma persona, especialmente cuando se relaciona con mujeres, alcohol y póker, e.g. "Hoy me dejó mi mujer pero los voy a dejar chulones en la pokariada, cabrones".

Sin embargo, a diferencia de la lógica que la termodinámica nos dicta, más parecería que la malasuerte tiene un modo injusto de vagar por la vida. Porque si lo piensan detenidamente, la dinámica gana-pierde nunca parece contener transacciones justas. Digo, Nokia no se alegra de forma equivalente a mí perdiendo mi celular en el inodoro, y no tiene sentido hacer algo tonto como botar mi comida al piso cuando nadie está para verlo. Tampoco parece responder a la lógica del karma, porque más parecería que más gente tiene mala que buena suerte.

Claro, si todos pensamos que la buenasuerte consiste en obtener una de las millones de posibles respuestas a nuestras acciones, y especialmente cuando otros esperan la misma posible respuesta a las suyas, no es de extrañarse que la suerte hoy en día tenga algo que ver con esa maldita economía que jode a todo el mundo. Y sí, parece que también ya fue privatizada desde hace largo tiempo. Pregúntenle a los casinos, manden un mensajito al 4745 para saber su horóscopo, o abran su galleta de la fortuna en el Facebook si no me creen.

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