Mi mamá me dijo que me dejara de babosadas, que enfrentando mis miedos me iba a liberar de ellos. No sabía ella del miedo informado, de ese alimentado por la realidad, por la evidencia. Que yo tuviera miedo de él y que él no tuviera en absoluto miedo de mi y de las consecuencias de lo que fuera que pudiera hacerme, que el fuera tres años mayor, tres veces más fuerte, tres tallas más grande. Que él hubiera mandado tres compañeros a la enfermería la semana pasada, que nadie entrara al baño cuando él estaba adentro, que nadie se atravesara cuando le pegaba a la pelota, que nadie le negara el refrigerio o invitarle a una paleta de coca. No, ella no sabía de la evidencia, de los dos que aparecieron con yesos los intramuros pasados, de los que le dejaban el asiento de atrás del microbús para él solo. Ella no sabía de la autoridad de sus puños, de la represión a pura patada.

Y como no sabía, heme aquí, un viernes que hay reunión de profesores. Tiene dos horas para decidir donde hacer realidad mi miedo, al nomás toque la campana.

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