De pequeño, recuerdo que pensaba que eran seres de otro planeta. Repito y aclaro: estaba muy pequeño y aún no tenía muy claro el concepto de maquillaje. Algunos años después, luego de una enorme laguna mental, los recuerdo en fiestas infantiles, vestidos de todos colores, contando sus chistes también de todos colores (no políticos, por supuesto). De esta época, siempre me encantaron sus juegos, quizás porque nunca me elegían para ellos y me ahorraban la pena (cosa que desde pequeño odié, sentir pena).
Paréntesis. Creo que mi memoria borró ya algunos fragmentos de estos días, pues no recuerdo con exactitud como era que le estrellaban a los niños la cara en el pastel, ¿era antes o después de soplar las velas? Cierre paréntesis.
Me viene a la mente también a un amigo que empezó a andar con alguien gracias un payaso. Quién se iba a imaginar eso.
Ahora los veo con tristeza y alegría al mismo tiempo. Como si todos fueran Garriks, grandes tristes con el oficio de hacer reír. Se suben a los buses sin maquillaje, aquel concepto que me costó un poco entender. La primera que se me viene a la mente es esa payasita que solía ver los viernes, ya muy entrada la noche, en la ruta 1. Se subía acompañada de su pequeña hija, también ejerciendo la profesión de payaso. Tenían ya una rutina armada y la hacían casi idéntica todos los viernes, salvo algunas variaciones o improvisaciones. Hablaban de la vaca y de la vaca de su prima... es decir, la prima de la vaca. Corrían por el estrecho pasillo del bus y, aunque me sabía de memoria lo que iban a decir, siempre me arrancaban una sonrisa (jamás se esta demasiado cansado como para sonreír). Y se despedían con el "Bueno familia" y esa frase final, que tenía el efecto curioso de regresarte a la realidad con una sonrisa: "y ahora vamos a pasar por una colaboración, que no es para la Teletón, sino que para mi hartazón".

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