De pequeña pasé casi todos mis fines de semana en el Puerto de La Libertad, donde mi mamá y mis tías tenían un restaurante en la playa y mi abuela tenía una tienda mayorista en la calle principal. En La Libertad sembré mi veintíunico árbol [un eucalipto que seguía en pie hasta hace poco], vi mi primer muerto, hice intentos fallidos por aprender a andar en bicicleta y gustar de los perros; desarrollé pavor hacia los cuetes de vara y me enamoré de la forma en que el mar refleja las estrellas. Eran tiempos buenos y tranquilos de levantarme a las 4am un domingo, caminar las dos cuadras que me separaban de la playa para poder ver el amanecer. Ningún niño de siete años en su sano juicio haría eso hoy.


Nos quedábamos con mi abuela, que vivía con mi ¿abuelastro? y dos de mis tías. La menor, mi tía Margarita, es siete años mayor que yo y si lo pienso detenidamente, a ella le debo el crédito de mis dos grandes placeres culpables: la música guapachosa y los circos de pueblo. Con ella bailaba El Zangolote [y vestíamos a un vecinito de niña] y actuábamos canciones. Un día de 1996 y para que mi abuela dejara de joderla por salir con su novio, me llevó al circo que se había instalado por la fiesta de... La Inmaculada Concepción [mad elephant memory skillz, I has dem]. Uno, producto de San Salvador, al oír la palabra circo, imaginaba algo tipo Varieté, Varieté y bostezaba sonoramente, pero mi tía y su novio me compraron una paleta y me callaron la jeta.

Eran casi las 9pm y había que caminar cuatro cuadras antes de llegar al circo, que consistía básicamente de cortinas, sábanas, focos Phillips de los amarillos y bancas de madera peligrosamente laxa. Las afueras parecían tiendas de gitanos: carromatos desvencijados, olor a almizcle y a aceite requemado. Pagamos la entrada [CINCO COLONES], nos sentamos y esperamos a que la función iniciara. Salieron unas niñas, de mi edad, quizá, haciendo actos de contorsionismo en leotardos color aqua, luego un hombre en un monociclo. Yo aún no reía, pero eso cambiaría pronto. Anunciaron el acto central, un payaso de no-sé-dónde, llamado Muñuña. Era un hombre alto sin más maquillaje que talco en la cara y una peluca como la de Chilango, un overol de lona y ya. Tartamudeaba. Imitaba a Pimpinela y yo lloraba de la risa. Sacó a bailar al novio de mi tía*, regalaba punches, contaba chistes con doble sentido, pero nunca usaba palabras altisonantes. El circo, que a media función lucía casi vacío, estaba lleno al final. Cuando la función terminó, salí rogándole a mi tía que fuésemos al día siguiente a verle de nuevo. Y otra vez. Y otra vez. Pasé toda la vacación zampada en el mismo circo lumpen que se desmoronaba en las tardes por el calor.

Mi tía juraba que me había enamorado de Muñuña, pero a los ocho años uno se ríe de cualquier cosa [aunque yo sigo entrampada en esa fase y me río de cualquier cosa]. Estuvo lleno todas las noches hasta que me tocó regresar al colegio. A través de los años llevé a mis papás, a una amiga del colegio y a un novio [glup], todos salían llorando de la risa y diciendo "a vos sólo las jayanadas te gustan". Juré regresar a ver a Muñuña cada vacación que me fuera posible.

Un Domingo de Ramos llegamos al Puerto y no había nada en el predio en el que debía estar el circo. Yo no lo podía creer: había calor, tenía un inhalador, sonaba la Radio Laser y la hielería estaba frente al predio, pero había una notoria falta de carromatos de gitano y carpas polvosas y elotes locos de a tostón. El circo no estaba. Yo no tenía motivo para estar en el Puerto, Muñuña se había ido.

No fue por eso -quiero creer- pero después de 1999 no volvimos a quedarnos con mi abuela y dejamos de ir al Puerto; yo no he ido en dos años. Fui la única de mi familia en conocer y amar al armatroste de cortinas, a tal grado de emocionarme groupiemente cuando ayer, mientras iba a trabajar, pasó un pick-up frente a mí diciendo que en la cancha XYZ se había instalado el Circo Super Estar con su payaso estelar, Muñuña. Voy a ir el miércoles.


* Daniel, sos el mejor novio que la Margaret tuvo alguna vez :)

PD: Podría, dado el tema, haberles contado que Prontito fue mi vecino por un tiempo y no me di cuenta hasta que murió, pero nel.

PD²: Ahora tengo una incapacidad clínica para gustar de los circos normales, me aburren enormemente.

3 comentarios:

ALX AND1N0 dijo...

Que buen relato. Me hiciste recordar mis años de infancia, muchísimo antes de que el Cirque du Soleil hiciera babear a sus impresionados espectadores.
Mas bien eran tiempos de ver la función de "Firuliche" y "Cañonazo" bajo una carpa que dejaba pasar las goteras, en aquel circo pobre de escasas asistencias que presentaba alguna contorsionista, el número divertido cargado de doble sentido del payaso "estelar" y algún trapecista acróbata de nombre Robinson que hacía su acto sin red protectora y amenazaba con caer sobre el poco público de "luneta" o "galería".

Gracias por la historia, que disfrutés la función de Muñuña... :)

angelcastaneda dijo...

[mad elephant memory skillz, I has dem]

(Y)!!!!

El Caballo x dijo...

El circo de mis tiempos costaba 1 Colon