Empecé a fantasear con nuestra reunión cinco minutos después de que me dijiste adiós. Esperé pacientemente el resto del día, y te marqué al teléfono en la noche. Contestaste, pero no apareciste. Esperé pacientemente el resto de la semana.

Te compré un muffin, y fui a buscarte para contarte las cosas que me estaban pasando, que te estabas perdiendo. Me abriste, pero no me dejaste entrar. Te deslizaste por una rendija de la puerta de tu cuarto y la cerraste mientras te recostabas contra ella. Sospeché. Me encaminaste al portón de tu casa, desterrándome amablemente, y desesperé en silencio.

Luego vino la primera última-vez que te vi. Confesaste a medias y me mandé a mí misma un memo urgente diciendo que esto no estaba pasando. La forma de despedirme confirmaría mi negación. Viéndote por el retrovisor, me angustié por toda la angustia que sentía por vos.

Di vueltas y vueltas a los catálogos de navidad, esperando encontrar en el consumismo un artículo que dijera de golpe lo que no me dabas tiempo de decir en palabras. Y cancelé mi viaje por si recapacitabas y decidías que mi compañía valía la pena. Y fui a buscarte otra vez, y me agradeciste, y me dejaste pasar a la cocina, donde una vez vimos un documental sobre La Divina Comedia en el canal 10. Pero no estuviste conmigo, porque no querías. Estabas malhumorado y me dejaste en la cocina con la fuente de tu mal humor, como metiéndome en el mismo saco. Cuando me dijiste que me ibas a acompañar a la puerta (un caballerosísimo "ya andate de aquí, por la gran puta"), me di por vencida. Y decir que tuve las peores festividades de mi vida es un gran halago.

Con el nuevo año, tenía cravings a las 2 de la mañana, de ir a tu casa y reunirme con vos. Y me buscaste, finalmente confesaste la mitad que faltaba, y con eso te diste cuenta que quizás, a lo mejor, me estabas haciendo mierda. Y todavía me pediste que fuera yo quien acudiera adonde vos estabas. Me abriste, me dejaste pasar. Y ya se notaba que no vivías solo, el lugar que antes consideré un vientre seguro me pareció ahora ajeno y hostil. Soporté tu increíble historia de amor, asombrada de todas las "coincidencias" que apuntaban a que Cierta Entidad Poderosa te había ayudado a deshacerte de mí. Me dijiste que me fuera, porque no iba a soportar las escenas siguientes, y esta vez te dije que conocía el camino a la puerta. Todavía me llevaste hasta ella, pero no volteé atrás para no desenmascarar mis lágrimas. Dos días después, llegaste a mi casa a desearme feliz cumpleaños.

El resto, abortos de reunión que desembocaron en silencio, que me arrastraron por el suelo y me dejaron con una sensación de asco, angustia, y 25 horas de sueño por semana. Al fin comenzaba a acomodarme a mi vida de exilio, cuando apareciste, espontáneamente. Y negué tus señales, porque esta cosa rota jamás volverá a su estado original. Cualquier contacto con algo que venga de vos me quiebra los huesos. Estoy bien aquí, lejos. Al final de este túnel, después del tren que me ha pasado encima, he dejado de rezar, imaginar, desear una reunión entre vos y yo, porque ahora entiendo que estás muerto.

2 comentarios:

Genius dijo...

IMPRESIONANTE!!!

Bendiciones...

Genius dijo...

después de seguir meditando tus post, y varias palabras y pensamientos después recordé esto...:

Yo no sabía que no tenerte podía ser dulce, como nombrarte para que vengas..
...aunque no vengas...

Y no haya sido tu ausencia
tan dura...

Como el golpe que me di en la cara...
Pensando en vos...*"

Poema de Juan Gelman, incluido en la película El lado oscuro del corazón