Mi esporádico profesor de antropología -un tipo de origen celta, pelirrojo y barbudo- se emocionaba paroxísmicamente al hablar de los Azande. Los Azande tienen un lugar en reservado en el hall of fame (figuras de cera, inclusive) de las etnias, en la farándula etnográfica, entre otras cosas, por la institución cultural de las "hombres-esposas": los guerreros Azande tomaban (transitoriamente) jóvenes como esposas, con los cuales sostenían sexo intercrural. (La práctica está extinta. La Cruz se encargó de traslador los privilegios sexuales de los guerreros a los párrocos).
Sea como fuere, los Azande creían en la magia. Y contaba el pelirrojo profesor que un buen día de aquellos, murió un anciano en una aldea Azande, al caerle encima una viga de su casa. Con la velocidad del chambre se empezaron a esparcir rumores: otro anciano, que llamaré Brujo Barbujo para proteger su geróntica identidad, fue acusado de asesinarlo con sus poderes maléficos. El Brujo Barbujo, desde luego, había estado aparcado apaciblemente en su dormitorio, sin apenas sospechar el trágico final del difunto. Pero eso no evitó que todo el mundo blandiese su dedo acusador hacia el calumniado Brujo Barbujo.
El etnógrafo de turno en la aldea acudió cual Chapulín Colorado al auxilio de los indefensos primitivos. Examinó la escena del crimen y concluyó, haciéndole honor a una larga tradición de detectives ingleses, que la viga había caído por culpa de las termitas, que habían roído los soportes. Así les informó a los aldeanos. Su peritaje, pues, absolvía al Brujo Barbujo, y ordenaba el arresto domiciliar de las termitas.
Los aldeanos sacudieron su cabeza con condescendencia.
Ay, le dijeron, eso ya lo sabemos. Ya sabemos que las termitas se comieron el soporte. Pero ¿por qué el anciano estaba justo debajo de ella cuando se cayó?

Mala suerte, pues.

***
"It is a rational presupposition of ours that everything has a natural and perceptible cause. Causality, so understood, is one of our most sacred dogmas."
Carl Gustav Jung,
Modern Man in Search of Soul.

Lo que pasa es que la noción de fantástico es una noción que también el diccionario ha dividido para separarlo de "lo real"... Y me encontré envuelto, ya, en un sistema social donde eso sí es un escándalo y se lo reduce inmediatamente de manera racional diciendo, “no, es una casualidad”, “es una coincidencia”, “no, es una excepción”, todas las maneras de echar hacia atrás lo que te está amenazando por otros caminos que los caminos de la lógica
Julio Cortázar, sobre lo fantástico, entrevista.

Sin pecado concebida. Desde Navidad no me confieso. Es que, Padre, ya nuayo qué hacer, ya hice todo lo que podía: me emborraché, me caí de las escaleras, monté bicicleta y nada. Bueno, no hice todo, eso que me dijo la Nia Lety de puyarme con agujas de crochet me da miedo ¿Y si me puyo otra cosa? Ay, no. Es que me pasa por maje, Steven me dijo que me quería y le creí todito. Me va mal por tonta. Se lo juro, Padre, que yo pregunté, pero la Madre me dijo que era pecado y me dio pena seguir. La Yanci me dijo que podía probar con condón, pero Steven no quiso, dijo que no se sentía igual. Y que si de verdad lo quería, le iba a dar lo que quería. No, no lo puedo tener, mi mamá no ajusta con lo de la tienda y en el instituto me van a echar.

Soy una bruta, Padre.

Empecé a fantasear con nuestra reunión cinco minutos después de que me dijiste adiós. Esperé pacientemente el resto del día, y te marqué al teléfono en la noche. Contestaste, pero no apareciste. Esperé pacientemente el resto de la semana.

Te compré un muffin, y fui a buscarte para contarte las cosas que me estaban pasando, que te estabas perdiendo. Me abriste, pero no me dejaste entrar. Te deslizaste por una rendija de la puerta de tu cuarto y la cerraste mientras te recostabas contra ella. Sospeché. Me encaminaste al portón de tu casa, desterrándome amablemente, y desesperé en silencio.

Luego vino la primera última-vez que te vi. Confesaste a medias y me mandé a mí misma un memo urgente diciendo que esto no estaba pasando. La forma de despedirme confirmaría mi negación. Viéndote por el retrovisor, me angustié por toda la angustia que sentía por vos.

Di vueltas y vueltas a los catálogos de navidad, esperando encontrar en el consumismo un artículo que dijera de golpe lo que no me dabas tiempo de decir en palabras. Y cancelé mi viaje por si recapacitabas y decidías que mi compañía valía la pena. Y fui a buscarte otra vez, y me agradeciste, y me dejaste pasar a la cocina, donde una vez vimos un documental sobre La Divina Comedia en el canal 10. Pero no estuviste conmigo, porque no querías. Estabas malhumorado y me dejaste en la cocina con la fuente de tu mal humor, como metiéndome en el mismo saco. Cuando me dijiste que me ibas a acompañar a la puerta (un caballerosísimo "ya andate de aquí, por la gran puta"), me di por vencida. Y decir que tuve las peores festividades de mi vida es un gran halago.

Con el nuevo año, tenía cravings a las 2 de la mañana, de ir a tu casa y reunirme con vos. Y me buscaste, finalmente confesaste la mitad que faltaba, y con eso te diste cuenta que quizás, a lo mejor, me estabas haciendo mierda. Y todavía me pediste que fuera yo quien acudiera adonde vos estabas. Me abriste, me dejaste pasar. Y ya se notaba que no vivías solo, el lugar que antes consideré un vientre seguro me pareció ahora ajeno y hostil. Soporté tu increíble historia de amor, asombrada de todas las "coincidencias" que apuntaban a que Cierta Entidad Poderosa te había ayudado a deshacerte de mí. Me dijiste que me fuera, porque no iba a soportar las escenas siguientes, y esta vez te dije que conocía el camino a la puerta. Todavía me llevaste hasta ella, pero no volteé atrás para no desenmascarar mis lágrimas. Dos días después, llegaste a mi casa a desearme feliz cumpleaños.

El resto, abortos de reunión que desembocaron en silencio, que me arrastraron por el suelo y me dejaron con una sensación de asco, angustia, y 25 horas de sueño por semana. Al fin comenzaba a acomodarme a mi vida de exilio, cuando apareciste, espontáneamente. Y negué tus señales, porque esta cosa rota jamás volverá a su estado original. Cualquier contacto con algo que venga de vos me quiebra los huesos. Estoy bien aquí, lejos. Al final de este túnel, después del tren que me ha pasado encima, he dejado de rezar, imaginar, desear una reunión entre vos y yo, porque ahora entiendo que estás muerto.

Habíamos quedado de tomarnos un café en la luna, pero la nuestra es de esas reuniones que nunca han sido, que quieren ser y no pueden. Ni siquiera tuvimos tiempo de poderla postergar, con lo inevitable que a mi me resulta postergar las reuniones. Sin embargo, te extraño y me extraño de este recuerdo que no tengo, reunidos ahí con la vida, la luna, el café, vos y yo.

"Ay! lo que estuvo tan cerca
sin que pudiéramos saber.
Ay! lo que no podía ser
cuando tal vez podía ser."

P. Neruda


Decía Einstein que el tiempo es relativo (“Pon tu mano en una estufa durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica bonita durante una hora y te parecerá un minuto.”). Cosa cierta, sobre todo cuando se comparte de forma exquisita con campopagadistas. Para cuando la sesión se levantó, yo tenía que llegar a mi clase de las cuatro y treinta. De inmediato, encendí el carro y con el Snipe de copiloto, emprendimos el camino para la UES. Dimos la vuelta por el redondel cercano y regresamos casi por el mismo camino por donde habíamos llegado un par de horas antes. Mi objetivo, para ese momento, era llegar e incorporarme a la "75", cosa que logramos después de una par de vueltas, bajadas y subidas, y uno que otro acelerado que quizá estrenaba pito. Ya en la 75, afortunadamente, no encontramos ninguna 44. Si, como no podían faltar, con esos lentos: cada vez que los veo me parece que si van un poco más lento, irían en reversa. Pasamos uno, otro. Nos pitaron. También se nos atravesaron. El reloj avanzaba. Tranquilo, me decía el Snipe, si yo la pase. Se refería a la materia de la cuál tenía clase. Para variar, los semaforos en rojo. En uno de ellos, el que esta por el Bloom, se bajo el Snipe. Confieso, que es el copiloto más tranquilo que he tenido.
Por fin entro a la U, pago en la entrada y parqueo en el primer puesto vacío que encuentro más cercano a mi aula. Busco mis cosas en el mini universo del asiento trasero, trato de llevar la mayor cantidad en las manos. No olvidó tomar un afiche y enrollarlo, quiero que parezca un plano. Camino al aula y, unos metros antes de llegar apuro el paso y pongo cara preocupación. Seguro de haberme creado una imagen de alguien que lograba llegar después de mil infortunios, entro al aula. Ya están todos. Trato de no hacer ruido, pero fallo: desde adelante el ingeniero me pregunta si me había perdido...

Ahora, con la mente fría, me doy cuanta de porqué llegué tarde a pesar de tantos esfuerzos: la clase era a las cuatro y treinta y salí del Maya a las cinco pasadas... además no tengo habilidades para jugar con el espacio-tiempo, aún. Igual valió la pena.

A: La Morsa, El Car'e paila, El Aborto de Chucho, La Merra, El Chumpe, La Cabra, Taxideral, Chicote, Calambres, Mweeeehhh, Artillero, El Chori, El Espectro, Zanate, Cromagnon, La Barbie (a.k.a. el Eunuco), El Pony, Oddie, El grencho, El Jiote, El Serrucho, El Güana (a.k.a. El Chacal de la Trompeta, El Trofeo), La Pupusita, La Poly Pocket, El Bolo, Tiburcio o La Zorra, Bimbo, El-Hecho, Gargamel, El Engendro, El Llort, El Mariachi, Sisi, El Gato o Sobaco, La Vampirrata, Chorejas, Fissshhhh, Macario, El Ese, El Camello, El Ostrero, Saurio, Solomo o Mr. Popo, Pirulo, El Sr. Picoro, Aguas Negras, El Macaco, La Chichuiza o El Chupacabras, El Indio, El Siguanabo o el Engendro, Hemorroides, El Hisopo, Cerebro, El Choco, Saurio, Zuko, La Rana y todo el resto que o no tenían apodo y/o no recuerdo.

Ese grupo de trastornados adolescentes que fuimos hace diez años que componen el conjunto de mis compañeros de jaula durante el bachillerato técnico vocacional en electrónica. Ese grupo de 90 cuasidelincuentes que aventaba basureros con papeles quemándose a los cumpleañeros, los mismos que eran lo mejor en notas y lo peor en conducta, los que hicieron una campaña de listones amarillos para que no echaran a los dibujantes del cuaderno con las mas variopintas perversiones imaginables, los que sin ponerse de acuerdo no llegaron un día de clases, los que quemaban ratones tiernos del basurero del taller con 220V AC y Percloruro de Sodio, los que descargaban capacitores en la nuca sudada de los compañeros, los que hacían colectas para comprarle un desodorante a uno de los arriba citados (ubique el olor-apodo característico), el conjunto de cumbias más ruidoso de todo el Instituto, el que le gritó sin querer queriendo "Chacal" al padre director (conocedor de que su indumentaria negra era idéntica al personaje de Sábado Gigante llamado el Chacal de la Trompeta, a la sazón apodo de uno de nuestros más morenos compañeros), los descubridores del talco y la pasta de dientes como sustitutos del papel raspado para alterar fechas de permisos de salida originalmente paternales, los falsificadores de firmas más habilidosos, los que usaron código morse para responder preguntas de examen en conjunto; ese grupo de atletas conquistadores de hielocos (salvadoreñísimas féminas de tez oscura, baja estatura y fealdad notoria), esos bolos zumberos, vergueadores en vaca de mañosos entre otras habilidades, está condenado a reunirse a verse las panzas crecidas, los cachetes inflados, las canas apareciendo o el cabello desapareciendo tempranamente, los músculos retorneados, los títulos alcanzados y los que se han dejado ir en el transcurso de una década para prodigios y tragedias.

Y mi ánimo respecto a la posibilidad de reunirme nuevamente para tales fines etílicos es casi equivalente a la emoción que he sentido al enviar un curriculum que responda a una solicitud de asistente de reclutamiento y selección de personal. Exceptuando por algunos pocos casos, claro; y es que como es sabido, no todos los delincuentes juveniles ya crecidos carecen de cierto encanto convocatorio.

Al principio, la palabra "reunirse" era algo nuevo e interesante. Claro, todo era "reunirnos para irnos a comer, a la playa"... Incluso cuando hablábamos de "reunirnos para estudiar" no dejábamos de pensar en lo entretenida que se volvía la rutina de verse, ir a comer, y sentarse a fingir estudiar por el tiempo suficiente hasta que nos diera sueño y nos fuéramos a dormir.

Ahora todo es diferente. Mencionar la palabra "reunión" me causa grima, y vaya que tengo razón para eso. Imagínense cómo funciona este ciclo interminable de reuniones: me reuní el viernes en la noche para preparar lo que íbamos a hacer en la reunión del lunes, en la cual analizamos la información de la reunión del viernes en la mañana, mientras agendaba para la reunión de ahora martes, la cual era un seguimiento de la reunión del miércoles; la información de esta era necesaria para la reunión de mañana, en la cual--muy probablemente--nos van a mandar a extender las reuniones, porque parece que no avanzamos lo suficiente.

Y por eso es que me quedé dormido sobre la mesa del food court durante mi "reunión". Ya nada es lo mismo que antes.

Viajar.

Regresar.

Reunirse.

Todo se junta.


Y estresa. Como una reunión de oficina. Sólo que realmente te importa lo que se está discutiendo, no porque tu trabajo depende de ello. No porque es importante para tu carrera. Si no porque te importa reunirte. Porque uno se siente más uno con los que quiere, comparte o disfruta.

He sido un caos estas tres semanas. Haciendo y deshaciendo planes. Coordinando agendas para ver a la gente. Y aún así, solo he visto a mi abue un día. No he visto a mi sobrinito todo lo que quisiera (tengo un plan de secuestro, pero no le digan a mi hermana). El tiempo se pasa muy rápido.

Y quisiera haber repetido con más ocurrencia algunas reuniones. Y quisiera haberme reunido con gente que no lo logré.

Y me queda una semana. Y siento que se pasará muy rápido.


Y este blog se supone que es un ejercicio literario. Y a mi se me salió mi lado sensibilero, cursi y demás.

Y podría haber escrito quizás sobre la reunión de las almas, de los adióses o bien la reunión de los vecinos que hubo ayer.

Y simplemente, estoy cansada, y triste, y contenta, y llena de energía, y ansiosa, y relajada, y con ganas de que el tiempo se detenga.

Do you want to join me?

Mi postergable y abyecta persona ha padecido las excusas más vejatorias en el rubro de reuniones, a tal punto que estoy a unas cuantas más de entrar en ese libro de récord inútiles como el hombre que más veces ha sido postergado (actualmente me supera un Chino de la región tibetana, de aliento notoriamente jengibroso, cuyo nombre no recuerdo ahora). Sea como fuere, uno se acostumbra a todo, y ese reacomodo psicológico se refleja en mis solicitudes de encuentros programados. Al ¿cuándo nos vemos? habitual, opongo mi ¿te resulta propicio el viernes para dejarme plantado?

A continuación reúno una lista breve.

  • Dadas las condiciones calendáricas, ¿qué te parece, mi vida, si nos reunimos la Navidad del 2012?

  • Cuánto lo siento, me temo que no podré salir de casa: estoy atendiendo a los Testigos de Jehová.

  • Poner telegramas: «Imposible viaje. Surgió adiós imprevisto» (P. Salinas)

  • Tengo que llevar a mi hurón diarreíco al veterinario.

  • No puedo reunirme con vos: no sos halal.

Ante la payasada de mi mundo cognitivo de negarse a generar una entrada decentemente articulada sobre payasos, he recurrido a mi psicoterapeuta* de corte integrador, para que me ayude a hacer asociación libre:

- Una vez vi un fotorreportaje sobre un viejito que trabajaba como payaso en los buses y vivía en miseria. Había una foto de él en un bus, y se suponía que estaba haciendo su rutina, pero su rostro parecía de llanto y súplica y eso me golpeó feo. Por favor, que nadie me enseñe esa foto de nuevo. Chillo.

- Quiero agradecerle a Jardín Infantil por contribuir a mi desarrollo integral como persona, al transmitirse cada domingo por la mañana. Contenía la dosificación perfecta de caricaturas, concursos para críos, canciones pedagógicas y Chibola o Nada.

- Quisiera ver a un payaso de laaaargos zapatos hacer el Moonwalking de Michael Jackson.

- En mis años mozos, en clases de manualidades, me pusieron a hacer un muñeco de payaso. Era excusa para enseñarme a coser y mantenerme en el rol tradicional de género, mientras los niños hacían cosas más vergonas, como esqueletos de madera de tiranosaurios rex. No fue tan malo al final. Todavía tengo el muñeco y como fui la primera en terminarlo (excelencia académica ante todo), la projesora le dibujó la carita, ahorrándome esa tarea tan engorrosa.

- Sí, sí, Steven Tyler se vestía como arlequín en los años 70s. Todavía lo amo.

- Es una frase estereotípica, pero escuchar "es que hoy comió payasito" me hace reir. Estoy trabajando en la patente de un crujiente cereal de maíz con suaves marshmallows en forma de payaso, y esa será la tagline del producto. Ya puedo ver los comerciales, pasan frente a mis ojos. ¡Amiguito! Busca gratis dentro de cada caja una bolsa con gas hilarante.

- Frase célebre en mi familia, dicha por un payaso: "tan lindos los niños, desde chiquitos crecen".

***

* No es cierto, es sólo un chiste sumamente interno [circula únicamente en el perímetro de mi encéfalo]: tengo X paciente que al final de cada sesión me hace sentir como si yo hubiera ido a psicoterapia conmigo misma. Congratúlome por los avances realizados hasta hoy.

Los payasos son ahora más que todo un recuerdo de infancia, un recuerdo feliz, en mis primeros años significaron Prontito y Chirajito rogandome para que bailara ♫ la patita, de canasta y con rebozo de bolita, va al mercado a comprar todas las cosas del mandado...pero no lograron convencerme. Obviamente el tiempo ha pasado y los payasos ya no me gustan como antes, al menos los que usan maquillaje y nariz roja, ahora sólo me queda el recuerdo de aquel Jardín Infantil.

Hoy en día la historia es mucho más triste, quizás porque los veo de vez en cuando con todos sus problemas y agilidades para subirse a un bus, quizás porque sólo nos piden un poco de atención, unas monedas a cambio de un par de intentos desesperados para hacernos reír con chistes gastados, o alguna nueva genialidad. Los payasos ahora no me terminan de gustar, pero a veces, sólo a veces, cuando voy en el bus con mis audífonos escuchando música, y los veo venir, disimuladamente bajo el volumen y me dispongo a presenciar de su función, y si dicen algún buen chiste sobre suegras, juro que les doy mi dinero.

Sin embargo, me doy cuenta que en algunas ocasiones sólo están representando su tiempo de cierta forma lúdica, y otras simplemente hacen lo que pueden y se bajan de broma en broma. Algunos de ellos intentan vender algo, intenta provocar compasión, que es lo último que debe provocar un payaso, por eso pienso que ya no son lo que solían ser en nuestros primeros años. Lo único que me queda es recordar las pequeñas alegrías, y no sé, quizás los payasos no han cambiado mucho, quizás fui yo.

De pequeño, recuerdo que pensaba que eran seres de otro planeta. Repito y aclaro: estaba muy pequeño y aún no tenía muy claro el concepto de maquillaje. Algunos años después, luego de una enorme laguna mental, los recuerdo en fiestas infantiles, vestidos de todos colores, contando sus chistes también de todos colores (no políticos, por supuesto). De esta época, siempre me encantaron sus juegos, quizás porque nunca me elegían para ellos y me ahorraban la pena (cosa que desde pequeño odié, sentir pena).
Paréntesis. Creo que mi memoria borró ya algunos fragmentos de estos días, pues no recuerdo con exactitud como era que le estrellaban a los niños la cara en el pastel, ¿era antes o después de soplar las velas? Cierre paréntesis.
Me viene a la mente también a un amigo que empezó a andar con alguien gracias un payaso. Quién se iba a imaginar eso.
Ahora los veo con tristeza y alegría al mismo tiempo. Como si todos fueran Garriks, grandes tristes con el oficio de hacer reír. Se suben a los buses sin maquillaje, aquel concepto que me costó un poco entender. La primera que se me viene a la mente es esa payasita que solía ver los viernes, ya muy entrada la noche, en la ruta 1. Se subía acompañada de su pequeña hija, también ejerciendo la profesión de payaso. Tenían ya una rutina armada y la hacían casi idéntica todos los viernes, salvo algunas variaciones o improvisaciones. Hablaban de la vaca y de la vaca de su prima... es decir, la prima de la vaca. Corrían por el estrecho pasillo del bus y, aunque me sabía de memoria lo que iban a decir, siempre me arrancaban una sonrisa (jamás se esta demasiado cansado como para sonreír). Y se despedían con el "Bueno familia" y esa frase final, que tenía el efecto curioso de regresarte a la realidad con una sonrisa: "y ahora vamos a pasar por una colaboración, que no es para la Teletón, sino que para mi hartazón".

No tengo gracia para hacerla de payaso. Pero por alguna razón que conozco y que quisiera desconocer, busco representar dicho papel. Mis intentos eran generalmente infructuosos, carezco de charm [dígase con voz de maitra fufurufa, plis], de ángel. Naci falto de gracia (o desgraciado, según Ud. prefiera) para dar risa. Pero aún así, mi máscara sin maquillaje y yo la hemos socado (socar es con S, no se quién inventó ponerle una Z contranatura).

Pero he acá que una de las tantísimas máscaras que he usado para irla pasando coyol-quebrado-coyol-comido por la vida ha sido hacerme el gracioso, el bayunco, el payasito. No me queda con esta cara de perro guardian que tengo, con la gravedad de mis gestos, con mi voz poco dada a la agudeza de los tonos. Soy, en todo caso, un payaso serio, de gesto adusto y modales formales. Con todo y eso, había funcionado, la gente me decía "¡Sos un virgo!" "Ay no, ¡que bayunco!" "¡Tan payaso que sos!" "No se puede hablar en serio con vos porque todo hacés changoneta". El artilugio funcionaba aún sin pintarme la cara, solo bastaba no observarse a sí mismo hacer el ridículo, no tener conciencia de estar usando la máscara de teatro incorrecta.

Como nada es para siempre, incluso la propia nada, había de llegar un día en que mi respuesta de adaptación a la situación estresante, mi mecanismo para defenderme de la amenaza de ser descubierto en mi perfecta imperfección se volvió obsoleto, o en todo caso, dejó de funcionar. Llegó ella.

Tenía que llegar una ella que me desarmase la carpa. Ella me descubrió como una suerte de impostor demente que se hace pasar por gracioso cuando no es más que un pequeño desgraciado. Ella es esa ella. Y la amo.

Las situaciones de poder son cosas graves, insoportables. Más allá de las afrentas inmediatas, la situación de la mujer socava, mediatamente, su sentido del humor. En la coyuntura actual parece que la comicidad tiene también connotaciones de género: arma de seducción apta para el acechante ego masculino de macho alfa, pero no para la mujer. La mujer tiene garantizado su papel de receptáculo de simientes (divinas y humanas): es una mente sibilina de pensamientos pesados, obscuros; creatura doméstica sin acceso a los estratos más selectos de la alta cultura (y del alto chiste), el equivalente biológico del espejo, que reproduce la comedia humana ad majorem Dei gloriam, sin tener, por ello, ni voz ni chiste. La mujer puede -y debe- ser la sempiterna fuente meliflua de risas, pero no de comedia, no de comicidad.

Desde luego que no existe un impedimento biológico por el cual las sinapsis neuronales femeninas hagan corto circuito cuando intentan contar un chiste, pero el espectáculo público de la comedia es una cosa muy seria, dicen, y muy de machos, según parece.
Saque la cuenta.

(Yo, desde luego, soy un caso fallido en cuanto a la vocación de payaso alfa a la que todo hombre de bien debe aspirar: opté por el alfabeto cirílico...)

Dice mi mami que yo siempre le tuve miedo a los payasos. La verdad yo no me acuerdo. No sé si es cierto.

Digo yo, que quizás me daba miedo la nariz roja. Los pantalones tan feos. Y eso de que uno tenga que reírse por eso.

Pero siempre que me dicen payaso, me acuerdo de esas típicas fotos del payaso triste.

Por eso, este post payaso /y mediocre diré de paso/ les dejará un poema de Juan de Dios Peza:


REÍR LLORANDO

Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirle le decía:
«Eres el mas gracioso de la tierra
y el más feliz...»
Y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».

—Viajad y os distraeréis.
— ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
—¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
—¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid!
—¡Noble he nacido!

—¿Pobre seréis quizá?
—Tengo riquezas
—¿De lisonjas gustáis?
—¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia?
—Mis tristezas
—¿Vais a los cementerios?
—Mucho... mucho...

—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.

—Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.

—¿A Garrik?
—Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.

—¿Y a mí, me hará reír?
—¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo;
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.

De pequeña pasé casi todos mis fines de semana en el Puerto de La Libertad, donde mi mamá y mis tías tenían un restaurante en la playa y mi abuela tenía una tienda mayorista en la calle principal. En La Libertad sembré mi veintíunico árbol [un eucalipto que seguía en pie hasta hace poco], vi mi primer muerto, hice intentos fallidos por aprender a andar en bicicleta y gustar de los perros; desarrollé pavor hacia los cuetes de vara y me enamoré de la forma en que el mar refleja las estrellas. Eran tiempos buenos y tranquilos de levantarme a las 4am un domingo, caminar las dos cuadras que me separaban de la playa para poder ver el amanecer. Ningún niño de siete años en su sano juicio haría eso hoy.


Nos quedábamos con mi abuela, que vivía con mi ¿abuelastro? y dos de mis tías. La menor, mi tía Margarita, es siete años mayor que yo y si lo pienso detenidamente, a ella le debo el crédito de mis dos grandes placeres culpables: la música guapachosa y los circos de pueblo. Con ella bailaba El Zangolote [y vestíamos a un vecinito de niña] y actuábamos canciones. Un día de 1996 y para que mi abuela dejara de joderla por salir con su novio, me llevó al circo que se había instalado por la fiesta de... La Inmaculada Concepción [mad elephant memory skillz, I has dem]. Uno, producto de San Salvador, al oír la palabra circo, imaginaba algo tipo Varieté, Varieté y bostezaba sonoramente, pero mi tía y su novio me compraron una paleta y me callaron la jeta.

Eran casi las 9pm y había que caminar cuatro cuadras antes de llegar al circo, que consistía básicamente de cortinas, sábanas, focos Phillips de los amarillos y bancas de madera peligrosamente laxa. Las afueras parecían tiendas de gitanos: carromatos desvencijados, olor a almizcle y a aceite requemado. Pagamos la entrada [CINCO COLONES], nos sentamos y esperamos a que la función iniciara. Salieron unas niñas, de mi edad, quizá, haciendo actos de contorsionismo en leotardos color aqua, luego un hombre en un monociclo. Yo aún no reía, pero eso cambiaría pronto. Anunciaron el acto central, un payaso de no-sé-dónde, llamado Muñuña. Era un hombre alto sin más maquillaje que talco en la cara y una peluca como la de Chilango, un overol de lona y ya. Tartamudeaba. Imitaba a Pimpinela y yo lloraba de la risa. Sacó a bailar al novio de mi tía*, regalaba punches, contaba chistes con doble sentido, pero nunca usaba palabras altisonantes. El circo, que a media función lucía casi vacío, estaba lleno al final. Cuando la función terminó, salí rogándole a mi tía que fuésemos al día siguiente a verle de nuevo. Y otra vez. Y otra vez. Pasé toda la vacación zampada en el mismo circo lumpen que se desmoronaba en las tardes por el calor.

Mi tía juraba que me había enamorado de Muñuña, pero a los ocho años uno se ríe de cualquier cosa [aunque yo sigo entrampada en esa fase y me río de cualquier cosa]. Estuvo lleno todas las noches hasta que me tocó regresar al colegio. A través de los años llevé a mis papás, a una amiga del colegio y a un novio [glup], todos salían llorando de la risa y diciendo "a vos sólo las jayanadas te gustan". Juré regresar a ver a Muñuña cada vacación que me fuera posible.

Un Domingo de Ramos llegamos al Puerto y no había nada en el predio en el que debía estar el circo. Yo no lo podía creer: había calor, tenía un inhalador, sonaba la Radio Laser y la hielería estaba frente al predio, pero había una notoria falta de carromatos de gitano y carpas polvosas y elotes locos de a tostón. El circo no estaba. Yo no tenía motivo para estar en el Puerto, Muñuña se había ido.

No fue por eso -quiero creer- pero después de 1999 no volvimos a quedarnos con mi abuela y dejamos de ir al Puerto; yo no he ido en dos años. Fui la única de mi familia en conocer y amar al armatroste de cortinas, a tal grado de emocionarme groupiemente cuando ayer, mientras iba a trabajar, pasó un pick-up frente a mí diciendo que en la cancha XYZ se había instalado el Circo Super Estar con su payaso estelar, Muñuña. Voy a ir el miércoles.


* Daniel, sos el mejor novio que la Margaret tuvo alguna vez :)

PD: Podría, dado el tema, haberles contado que Prontito fue mi vecino por un tiempo y no me di cuenta hasta que murió, pero nel.

PD²: Ahora tengo una incapacidad clínica para gustar de los circos normales, me aburren enormemente.

"¡Vos sos, vos sos!" me repetía en mi mente mientras corría los 100 interminables metros planos. Me gustaba esa expresión; mis hermanos siempre se la gritaban al televisor cuando un jugador de la Selecta tenía posibilidades de meter gol. "¡VOS SOS, VOS SOS, VOS SOS!" y se levantaban del asiento para socarla más a gusto.

A mi nadie me gritaba "¡vosój, vosój!". Quería escucharlo, desde el graderío y desde la línea de salida. Pero mi gente, mi buena gente, veía -erróneamente- algún tinte aristocrático en mí y sentía la necesidad de tratarme de usted. Y yo toda la vida intentando incursionar en los deportes, para obtener menos respeto y más camaradería. Pero creo que por eso mismo no podía cambiar mi rango en la cadena alimenticia social, porque perdía en cada competencia a la que entraba. Y en esta de los 100 metros, como siempre, me repetía "¡vos sos, vo sos, vos sos!" hasta que crucé la línea de llegada. Y en lugar de un amistoso "hey, la cagaste, vos", mi gente, que no podía callarse sus agudísimas observaciones, únicamente declaraba: "es que a usted le cuesta un montón, verdá?".

--- Excepción: Hola, estoy cubriendo a Leslie. Pero le prometo que no me vuelvo a aparecer otro viernes, a menos que eso decida el profe---


Quien siendo extranjero vive un partido de la Selecta en El Salvador se lleva una idea mitad errónea, mitad precisa, de quiénes somos: el salvadoreño es el nativo de El Salvador, hijo de hogar monoparental, cuyo tata mató tunco y no le tuvo miedo. Tiene DUI, sabe dónde queda La Chulona. Eso decimos que somos. Sin sociolingüística, sin identidad cultural, sin conciencia de clase, el salvadoreño es eso, un bolito de azul cuya camisa dice DIGICEL. Y eso se lleva, eso divulga al mundo.

CNN dice que hemos mutado de guerrilleros a mareros a carnada de los mareros gobernados por los ex-guerrilleros.

Boquitas Diana dice que somos un pueblo solidario y sonriente con gran tendencia a gustar del almidón con sabor a queso.

El salvadoreño no se conoce y eso es una pena. Si salimos a la calle a preguntar por algo que consideremos "nuestro", más de alguien mencionará las pupusas o al Mágico y ya: todo lo que somos se reduce a una tortilla con frijoles y a un pobre ex-futbolista drogadicto, nada más. No sólo no sabemos qué somos, sino que nos avergonzamos de ser aquello que no nombramos. Si no me cree, veamos:

* El uso de la palabra huishte.

Llámeme ignorante, pero no conozco un sinónimo en castellano para huishte. Me parece una palabra alegre, suena tan bonita... pero cae bajo la categoría "india". Disfruto ampliamente la experiencia de ver vidrios quebrados y la gente con debate mental buscando cómo referirse al mismo sin usar esa palabra. Huishte es poderosa, nadie le encuentra sinónimos. Es una preciosa palabra en nahuatl y, como muchas de sus congéneres, se les discrimina por su origen.

* "Acá dice Fidel Sánchez Hernández ¿Quién es él, es como Fidel Castro?"

Esas palabras fueron dichas hoy temprano en la UCA. Más precisamente, en la biblioteca de la UCA. Nos quejamos de nuestros gobernantes y ni sabemos quiénes son/han sido. Sin comentarios.

* Pronombre//Forma arcaica de la segunda persona en singular.

No entiendo cuál es el odio con el pobre pronombre. Todos intentan echarle tierra, como si fuera cagada de gato ¿Que es una forma arcaica? Sí ¿Que es indio? ¿Por qué? Es tan armónico el "vos", es tan cercano, es tan creíble. Es como que me habla a mí. La publicidad de la era Mia Colucci hace que nos saludemos de beso, que nos tratemos de "tú", que digamos "chale" y "chido". Y,en nuestro contexto cultural, se siente falso. Y sabe a plástico. Y huele a plástico. Y es, seguramente, plástico.

***
PD: No se me ocurre mayor cosa, es que yo ya escribí de esto y se parece mucho a lo que Ana dijo el lunes, aí pase a dispensar.

Aún mis manos huelen a sangre pero no me arrepiento de lo que hice. Siempre te perdoné todo hijueputa, hasta las vergueadas que me dabas, hasta cuando me llamabas pendeja enfrente de toda la gente. Pero es que de veras me hirvió la sangre cuando te escuché decir vos sos un puta... siempre te dejaste dominar por tus celos cabrones. Pero al final no fueron ellos los que me hartaron. Fue ese sos tan despectivo. Porque siempre me trataste de usted y yo me sentía como una reina. Aún en tus borracheras, me hablabas de usted y con eso yo te perdonaba todo.
Pero tenía que hacer algo, ponerle fin al asunto, porque cuando ya te empiezan a tratar de vos... ¡es que ya te están perdiendo el respeto!

Vos te hallás una noche queriendo escribir sobre "vos, el pronombre" y pensás en cómo putas vas a hablar de vos sin hablar de vos esta vez. Con gana de hacer un trabalenguas, ¿cómo se hace para hablar de vos si sos vos mismo quien habla? ¿Cómo no habrá un sesgo entre tus letras y la imagen que des de ese vos del que estás hablando? ¿Cómo evitás la parcialidad, el margen de error, la deseabilidad social o las ganas de no joderte en demasía esta vez?


- Stop beating up you so much, te dijeron una vez - Hacelo simple, como vos.

No hablar de vos quizá sea lo correcto,
no quemarte,
no hablar del talento latente,
de tus dudas sibilantes
de esos labios que quisieras besar con mordida hasta sacar fueguitos
de tus ideaciones paraoides
de tu manera de mirar sobre los hombros
de la música que amás con amor de obituario
de tus traiciones a las reglas no escritas de la monotonía
de las progresiones de tus ladillas
del escozor intelectual que te causa la ausencia de la letra eñe

No hablemos de vos
Divaguemos
no nos demos color esta vez.

Volemos en un Do de pecho
Nademos de espaldas en el Torero Alucinógeno del período místico-nuclear de Dalí,

Exudemos apoteósicos los colores de los dieciocho minutos cuarenta y ocho segundos del "Message from Nine to the Universe" de Hendrix - apoteósicos, si, apoteósicos -

Pellizquémosle los pezones al Chulón monumento de la Revolución con R mayúscula
Escondamos el anillo de los Nibelungos en las cenizas del sobaco del Cipitío
Seamos Surrealistas, Monistas, Neotomistas, Foucaltistas
Tomemos horchata y nuégados con La donna è mobile, qual piuma al vento
Usemos el amor como un Puente de Oro -guerrilleramente hablando, claro -
Temblemos las patas orgullosos de 1mg de clotrimazol usar.


Salgamos corriendo antes de que nos salga un quiste en las nalgas
y se nos acaben las palabras para que el corazón delator no nos culpe
por no mencionar su nombre, su corto y nada surreal nombre.



P.D.:
"El surrealismo os introducirá en la muerte, que es una sociedad secreta. Os enguantará la mano, sepultando allí la profunda M con que comienza la palabra Memoria. No olvidéis tomar felices disposiciones testamentarias....".
(André Bretón)

Pasearse por el patio a medio recreo es el equivalente adulto a pasar un rato en cualquier Duicentro. Es un relajo. Esa mezcolanza de niños entre cinco y quince años hace del lugar un pandemonio, de vez en cuando. Qué sería de los recreos sin profesores cuidando los pasillos mientras los de sexto le pegan a los de quinto, los de octavo toman el control de la cancha de fútbol, los de primero se quedan relegados en algún pasillo... y los de noveno, pues están por ahí. Como toda la vida en algún lugar, sentados y sintiéndose dueños del patio, y siendo feliz mientras rechazan a cualquier otro niño que no pertenezca al grupo. Sin embargo, no es poco común ver a uno de los más pequeños que se aventure de forma imprudente a la zona de los más grandes. Así, para este pequeño se avecinan dos opciones: o aviva, o le toca aguantarse.

"¡Hey vos, vení para acá!" le dijo uno del grupo, mientras los de noveno hacían lo de siempre cerca del cafetín: nada. Así, "Hey vos" se les pegó un buen rato, de principio al fin del recreo, acutando recio y bravito con los animales esos. Los de noveno, sabiendo que nada les va a hacer un bichito de primero, se pusieron a hacerle bromas pesadas, mientras el pequeño idiota parecía no entender su función en el grupo. El pequeño "Hey vos" no se sintió lo suficientemente ofendido por todo lo que pasó, hasta que su mamá pegó el alarido en el cielo cuando lo vio al llegar a su casa y verlo con el pelo chachajiado, una camisa quemada, y uno que otro moretón. "Vos, vení para acá--como le decía amorosamente su madre--ya te dije que no te metás con esos niños", mientras le daba su par de cinchazos al muy imbécil.

El día siguiente era último día de clases. Mientras "Hey vos" parecía olvidar lo que la mamá le dejó marcado en su conciencia, aprovechó el recreo para ir a darse una vuelta y salir de machito con los de noveno... otra vez. Aquellos lo recibieron alegremente. Después de que lo agarraron de juguete por un rato y le dieran su par de coshcos, el bichito se dio al zafe, para nunca volverlo a ver. "Hey vos, venite, no seás maricón" se oía desde las bancas, justo antes de sonar el timbre para entrar a las aulas. Entran, se sientan. Después de un rato se oye a uno de ellos gritar: "¡POR LA GRAN PUTA, ME GANARON EL PSP!"

Y así, suena el timbre de salida para que todos los niños salgan libres, excepto los de noveno. Se quedan castigados, revisan bolsones. Frente al salón pasan los pequeños, y el ex dueño del juguetito solo ve a la ratilla del recreo, sonriendo mientras pasa corriendo. "HEY VOS, HEEEY, VOSS, VENÍ" le gritaba, a lo cual el niño hace caso omiso. Un poco más, y llega a la puerta: "Salú, Marquitos" le dijo la señorita, mientras la pequeña sabandija se iba para su casa con el botín. El anonimato resultó ser una gran cosa, después de todo.

El voseo es una cosa sagrada. Pocos lo entienden. Y bueno, después de pasar un año en México - menos dos meses que me he venido en vacaciones a El Salvador- el tuteo es parte de mi contexto normal. Y sin embargo (amor) diré que jamás usaré el "tú" de manera cotidiana.

Dígamos que el tuteo tampoco ha sido nunca algo ajeno. No sé porqué la publicidad está hecha en "tú", en un pueblo que vosea siempre. Es como hipócrita. ¿Por qué no somos comos los argentinos que vosean en todos lados?. Me acuerdo que mi extinto hi5 había una configuración argentina que me decía cosas com "Hacé clic", voseo total. En cambio, yo el jueves oía en la radio un anuncio de la CAMETRO de dos mujeres que se comunicaban los beneficios del ahorro en dicha caja de crédito en un muy falso tuteo.

Pero en El Salvador tuteamos en apariencia, y en realidad voseamos tan bonito. Y la gente afuera no tiene ni idea que se vosea en prácticamente toda centroamérica (y en parte de Chiapas también lo hacen). Piensan que es tan argentino -y a lo mejor uruguayo- como una buena carne. Y no. No es monopolio de los suramericanos. Por más que así me hayan dicho con mucha admiración más de algún argentino: "Uds. también hablan de vos!", como un descubrimiento.

Odio además que aunque ponga en el word el diccionario según Argentina o El Salvador, siempre me marque con revuelitos rojos las cosas que escribo en voseo, como que fuera algún tipo de error ortográfico poner acento a cosas tan lindas como "comés, volvés, hablás..." Tan bonito.

Lo peor. Es el salvadoreño que tutea en contra de su naturaleza voseadora. Odio combinaciones como "tú sos" aún cuando me digan "tú sos una persona muy especial". No puedo evitar corregirlos. No puedo evitar poner una cara como de enajenación, fruncir el seño y decir algo como "tú eres o vos sos". No se combinan y no se combinan y punto.

No sé de esos salvadoreños que hablan de tú. Podrán decirme que se les pega de algún lado, de la tele y demás. Pero aún así no entiendo. Lo oigo falso en El Salvador. Se me imagina a publicidad,se viene a la mente alguien que me quiere vender algo o un tipo de esos que dictan un estilo de capacitación de liderazgo empresarial. Se me imagina todo menos un salvadoreño queriendo comunicar. Prefiero que me digan "vos sos", y me lo creeré con más facilidad.

Por otro lado, acepto haber tuteado por necesidad. Porque cuando digo cosas en México estilo "disculpá, a cuanto tenés el café"... me he topado en el mejor de los casos con un "Ah???" acompañado de una cara de asombro y en el peor de los casos con un qué quiere, estilo no le entendí nada extranjera. Y sale más barato de decir: "disculpa,¿cuál es el precio del café?". Porque tampoco hay que abusar, el tuteo al mínimo.

La historia se desarrolla en el lejano oriente [del país] en un ["prestigioso"] colegio católico de tradición mariana que me abstendré de especificar para no alarmar a mis [devotos] seguidores opusdeístas.

El Hermano Nito, el nuevo hermano de la comunidad, era un extraño menjurje, una sucesión de asolapamientos curiosos, o tal vez no tanto (un pequeño burgués asolapado por un teólogo de la liberación que a su vez asolapa inclinaciones donjuanescas que no terminan de cuajar con el futbolista frustrado que era). No debería resultar inesperado, entonces, que haya ejercido esa influencia inverosímil en la formación de este ente tan dispar.

Nuestra relación con Dios se refleja en nuestra relación con el prójimo, solía decir el Hermano Nito, afirmación con la cual el Dios cristiano bajaba [y no precisamente el 6 de agosto] de bruces desde su lejano trono cósmico hasta invadir el campo [funesto] de las relaciones sociales. Ahora que, tal afirmación [supongo] sería suficiente para causarle más de un par de escozores a la Congregación para la Doctrina de la Fe. (Si lo sagrado está en algún sitio, yo lo localizo en la vinculación. Los vínculos son internos a este mundo, leería, años después, en el ferozmente ateo Riechmann, o bien Lara-Martínez: Pronto en América Latina veremos la absoluta "conversión de la iglesia" al "Reino de este Mundo"...La Biblia y El Capital se reúnen en uno de los primeros mandamientos del decálogo: no explotarás). Resulta innecesario aclarar que la Congregación parece no tener muchos representantes en San Miguel (sírvanse alertar a las autoridades eclesiales pertinentes para que manden una cuadrilla de inspectores cuanto antes), siendo que el rebaño de Dios permaneció felizmente inmutable ante el discurso herético del Hermano Nito, y su pellejo no fue ofrecido a ninguna hoguera.

La luna de miel no duraría mucho: señoras de pelo castaño y acentos forzados pronto pedirían su lengua y su gramática en una bandeja de plata: se le acusaba de infestar con el sulforoso voseo la dicción impecable de sus hijos.
El Hermano Nito era chapín. Que Dios se apiede de su alma y su voseo.

Debido al dispar horario de todos nosotros en estas vacaciones, Campo Pagado se va de parranda y regresará el 9 de agosto.


Felices vacaciones.

Esto puedo decir de Jimmy: él sabe cómo hacer fiestas. Las mañanas en las que llega a la cocina zapateando y silbando alguna canción particularmente virulenta, me hago la idea de que me iré de la casa y volveré hasta el día siguiente. "¿Rumba esta noche?", me pregunta haciendo un paso de baile, y paso mi vista del cereal a sus ojos; no contesto nada porque estoy masticando. Crunch, crunch, crunch -hasta el nombre del cereal advierte de esta onomatopeya-. Ya sabe la respuesta, porque siempre es la misma. Se encoge de hombros.

Sé que sabe hacer fiestas porque cuando regreso a la casa parece que fue asaltada por una tropa de enanitos en pleno brote psicótico. Esta vez lo encuentro desmayado en el sofá. Su camisa está rasgada pero su peinado sigue casi impecable...invariablemente se me escapa un "¿qué putas...?" cuando me encuentro con esa escena tan pintoresca. Alguien le dio la vuelta a uno de los sofás y del ventilador de techo están colgando una, dos, tres, cinco, siete corbatas. Ninguna es mía. Un bote de mayonesa se volcó en el pasillo, y nosotros no compramos mayonesa. Alguien se manchó las palmas de las manos con las témperas de mi hermanito y las plasmó en cinco paredes, de arriba hacia abajo. Pareciera que las paredes me saludan.

Sé que fue una fiesta monstruosa porque hay al menos tres juegos de cuerdas de guitarra y bajo reventadas, y me llevará al menos una semana encontrarlas todas. Hay manchas de sangre sobre el estéreo porque uno de sus amiguitos idiotas se acercó a los parlantes a todo volumen y se le reventó un tímpano. Hay un...¿agujero en el techo de la sala? Hay un agujero en el techo de la sala. Ni idea. Parece que tiraron a alguien hacia arriba, asumo, con alguna de las sábanas sobre las que me estoy parando. CDs fuera de sus cajas, el teléfono desconectado y mi bote de jarabe Vacaolinita para la tos, vacío.

Un post-it en la refrigeradora: GRACIAS VIEJO POR EL TRIP!!! El post-it está en blanco, el mensaje está escrito en la puerta de la refri. Las botellas de agua sin agua, el tambo de gas en el techo, las sillas del comedor sobre la mesa del comedor, las libreras intactas. Una hilera de hormigas desde el jardín hasta el baño, conquistando una pequeña montaña de dulces de menta sin envoltorio. Todos los basureros de la casa uno encima de otro, llenos hasta el tope de vasos rojos, y tres focos rotos. Pero alguien tuvo la cortesía de recoger los residuos con páginas del periódico y dejarlos sobre las hornillas de la cocina. Hay un castillo de naipes sobre el televisor. Pienso, mis respetos a quien lo hizo, pero cuando trato de deshacerlo, descubro que los naipes están pegados.

"Te la perdiste", dice a mis espaldas, con una voz destrozadísima. "Tal vez esté presente la próxima", le respondo, haciendo énfasis en el tal vez para que no suene a promesa. "Deberías. Es tu casa, después de todo". Hace un paso de baile que nunca le había visto y comienza a bajar las corbatas del ventilador de techo. Se ríe solo cada vez que llega a un nuevo núcleo de desastre. Cuando termina de limpiar lo más visible de la calamidad, se va a su casa y no lo vuelvo a ver hasta muchos días después.