Tengo dos historias que contar.

Él se llevó al niño porque no tenía con quien dejarlo. Con temor lo llevó, esa gente solo deja entrar a su casa quienes les ayuden a mantener o a subir el estatus. Llevarlo fue un error, al salir la señora le hizo mala cara en lugar de ignorarlo. Con cada paso su angustia por la posible pérdida del trabajo subía y quería regresar a decirle a la señora que lo disculpara por ser tan infeliz de no tener con quien dejar a su hijo, pero era tarde y llegar hasta su casa tan noche con el niño era aún más peligroso.

Sonó un ¡clac!. El llanto y las risas de celebración aparecieron de inmediato en uno y otro lado. Uno de esos niñatos del colegio que queda cerca, acertó a estallarle una pelotita de pintura al desnutrido niño. Mientras la camioneta se alejaba y él hacía lo posible por limpiar la pintura de la ropa de su hijo y callar su llanto recordándole que era un hombre de seis años, un vaho de impotencia le bajó por la garganta. Ni el niño de seis ni el de treinta y ocho debían llorar.

Disparó. El vaho que le inundó todo el cuerpo fue tremendo. Y cuando esa sensación fugaz desapareció supo tomar a su niño y salir corriendo. Los niñatos, ora tartamudos, apenas pudieron salir. La camioneta llenaba de vapor el arbol que había quebrado. Una telaraña en el vidrio, coronada por un agujero donde cabía una canica de esas con que ellos no jugaban marcaban el momento en que la ira dio paso a su compañero de baile. El miedo.


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Ay, si pudieras ver lo que no demuestro!
Ay, si la vieras!
La procesión va por dentro...


"La Procesión", de Kevin Johansen + The Nada

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