Puessiesque amanecí tirado en la calle, con tres polizontes interrogándome, que la tarjeta de circulación (no la tengo), que su licencia de conducir (no la tengo), que ha bebido usted (nomás una, señor oficial, y es que eric estaba cumpliendo años, oficial), que qué le pasó (se me atravesó un perro), que lo tendremos que remitir por no andar los documentos en regla, que anda usted mica (sí, debe andar por acá), que maneje usted con cuidado. Luego tres horas esperando que la gente lleve la mica, que remolcar el vestigio de carro, que maldecir al municipio por su laxitud en cuanto a control canino.*
Eso explica, al menos en parte, mi problema.
Es un caso atípico del proverbial: el perro se comió mi entrada.

Dispensen.

*Lo cual conduce inevitablemente a la pregunta: ¿no habrá Norman, en su alta providencia de nylons y tolerancia cero a lupanares, digo, no habrá Norman contemplado una cruzada anti-canina?
Extraoficialmente se supo que está reclutando a un grupo selecto de aguacateros ciclópeos que será sometido a un riguroso entrenamiento para poder ejercer la prometedora profesión de metrobusero.

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