El termómetro me marcó 40.6ºC y temblaba. La calentura y la emoción. Me incorporé y todo se volvió negro, con puntitos verdes y líneas amarillas, todos fluorescentes. Esperé. Abrí el mosquitero me puse en pie y caí de nuevo. Los malditos 40.6ºC, la negrura, las líneas de colores, ese zumbido en la cabeza y una fuerza que me salía de las entrañas queriendo expulsar algo inexistente en mis adentros.

Arriba otra vez, la misma rutina: aguantar los puntitos amarillos y verdes, el fondo negro, esa serpiente ausente que parecía querer salir por mi esófago trayéndose mis tripas. Hoy logré quedarme en pie, lo hice de un solo. Me quedo apoyado en la barra de ese artefacto que sirve para sostener los sueros. Lo atraigo hacia mi.

Un paso, más puntitos. Fondo negro. Hormigueo. Ruido Blanco. Otro paso, la serpiente que no aparece pero me saca toda la fuerza con cada embate. Me faltan dos metros. Algo me mueve las piernas. Caigo con todo el estrépito de mis cuatro días internado. Cuatro metros abajo de mi estan los recién nacidos, pensé.

Menos mal que me confesé y comulgué cuando vino el padre a verme. Llegó la hora. Que lo bueno que tuve pase por este concreto a uno de esos niños. El resto que se vaya con la sangre que me sale de la vena reventada por el catéter. Cierro los ojos y espero irme con la serpiente que sale con golpes ácidos por mi garganta.

Sigo acá. Sin el catéter muevo mejor mi brazo izquierdo. Puedo gatear. Las grietas de los ladrillos del piso parecen hacerme muecas. Levanto la cabeza. Veo la puerta. Cierro los ojos y gateo, sintiendo cada centímetro en que me arrastro. Alzo un brazo, jalo la manecilla, empujo. Tanteo la cerámica fría. Me apoyo en ella, sintiendo como tiemblan mis cuatro días en ese cuarto. Logro sentarme. Noto el rastro de sangre que he dejado en el piso. Empujo mi pene un poco hacia abajo. Una sensación aún mas caliente me recorre la uretra y apenas caen unas cuantas gotas amarillas en el agua. Sonrío mientras siento alivio en la vejiga y en el corazón.

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Este temblor es distinto. Pero el rastro de sangre que estoy dejando en el piso es parecido al de hace tres lustros. No hay ácidas serpientes invisibles que me salgan del estómago a la boca, pero si un olvidado recuerdo que salió justo cuando abrí ese mismo lugar donde me rasgó el cateter.

Suelto el bisturí. Aprieto fuerte mi muñeca izquierda con la mano derecha. A veces basta hacer un poco de presión sobre las heridas para que estas se cierren.

Sigo acá. Sonrío. Lo había olvidado.

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