La socialización es una gran cosa, nos enseña todo lo que debemos saber del mundo y cómo enfrentarnos a él. Nos enseña, por ejemplo, que en cierto momento de la vida formaremos nuestro propio núcleo de socialización primaria junto a un par del sexo opuesto con el cual crecer, reproducirse y junto al cual morir. La promesa de incondicionalidad es tal, que desde que somos concientes no anhelamos otra cosa. Somos animales gregarios, dice en La Tierra y sus recursos. Deseamos ese momento con ahínco. Esperamos, aprendemos a esperar. Y anhelamos. Mientras tanto, aprendemos del universo.

El mundo te enseña a enamorarte, te llena los ojos de peluches de Cariñositos, te inunda el dial de emisoras con música empalagosa, te llena las góndolas de los supermercados de chocolate barato. Te da calles llenas de moteles, instituciones jurídicas para atarte a una persona por siempre.

Aprendemos, también, una forma estándar de vivir el amor: volvernos uno con el otro cual bimboletes, leer poemas de *inserte nombre de poeta mainstream aquí*, intercambiar posesiones de alto valor emocional.

El mundo te enseña roles: cocinarle las riguas con queso a tu amadísimo esposo, comprarle rosas al huelepega del bulevar a tu mujer.

El mundo es tan, TAN benevolente que hasta te enseña a pelear: poner cara de indignación y contestar "no me pasa nada" cuando el flamante machacante de planta te pregunte qué te pasa; a dar portazos, a quebrar platos. Claro, también te enseña a reconciliarte, a pasear por el Parque de la Familia, a comerte un elote loco en la Puerta del Diablo, a darte de besos en el bus, a dar sexo oral ante el rojo del semáforo.

Pero, como en todo, siempre hay un final, y la benevolencia universal también está presente en ese momento: la gente patrocina el alcohol, el sexo desenfrenado y desinteresado, el clavo que saca a otro clavo. El mundo se llena de canciones de despecho, de Alci Acosta, de José José. Abundan los antros con cinqueras, especialmente por la Avenida Independencia.

Y se supone que funciona, años de darle vuelta a la Tierra en círculos deben probar que funciona. Pero hay quienes están más allá del alcohol, del sexo, de los clavos, de Alci Acosta y de José José. Estamos más allá de las cinqueras, no sólo de la Independencia, sino también de la Peralta. No sólo se termina, sino que seguís viéndolo en tu mente, la misma película, todos los días y a toda hora. Se te aparece en sueños, en el partido contra Costa Rica y mientras eliminás Wine desde consola. Se te llenan los ojos de lágrimas y te da cólera ser de las personas que recuerda hasta el color de tu camisa la primera vez que te vi, cuando ibas subiendo las gradas de la biblioteca. Peor si te toca escribir al respecto. Sólo podés socarla y decir ya me jodí.

***

PD: Tu camisa era azul de cuadritos y era un miércoles en la tarde ¿Ves? Mierda.

4 comentarios:

El mal ejemplo dijo...

¿qué sería del amor sin "la idea" del amor (aprendida tortuosamente a través de largometrajes didácticos como "titanic" y "gone with the wind")?

más grave aún: ¿qué sería del sexo oral sin los semáforos (verticales u horizontales)? :P

soundtrack: ♫se me olvidó que te olvidé...♫

Genius dijo...

Me gusto el post, y uno recuerda cada detalle como si hubiera pasado en ese mismo instante....

con lo de los soundtrack...:

♫Olvidarte, olvidar, incluso es más difícil que aguantarte...♫

Bendiciones...

El mal ejemplo dijo...

pd.
por cierto, me encantó!
:)

iba pasando dijo...

No recomiendo el sexo oral mientras se maneja, es más peligroso que andar alcoholizado.

Es tan intenso que se te puede olvidar donde estás.