Cuando revisé mi correo hace unos días y leí que el tema para esta semana era fiesta, en lo único que pude pensar es en las personas que hacen de una reunión cualquiera una verdadera fiesta, un verdadero carnaval.

Las personas que a mi me encantan son aquellas que son una fiesta cuando hablan, cuando escriben, cuando miran, cuando aman. Sin esas personas yo no puedo vivir, son mi pequeña fiesta, mi propio carnaval, una verdadera apología a la felicidad y a veces a la tristeza también. Cuando ellos están no se les puede ignorar, no se puede evitar la alegría, querés mirarlos, sentís algo adentro, ahí en donde se siente la emoción, la felicidad o lo que creemos que es la felicidad. Ellos son una fiesta, la fiesta son ellos, las personas que realmente queremos.

Las reuniones entre amigos son geniales, casi siempre se sabe donde inician, pero cuando el alcohol hace lo que tiene que hacer sobre nuestras cabezas y la música alborota nuestras vidas, no sé sabe adónde se terminará o cómo se terminará. Hay tantas posibilidades de que algo realmente inesperado ocurra, no necesariamente malo, no necesariamente bueno, pero siempre habrá algo que recordar, algo que contar con el paso del tiempo, porque el alcohol no sólo sirve para olvidar, sino también para conservar la tristeza o la felicidad.

Pero si tengo que hablar de alguna fiesta recuerdo la de hace algunos días, cuando alguien me recordó lo que soy y esa fue la hora más feliz del día. Es extraño como es que puedo olvidarme con tanta facilidad de las cosa que importan, luego alguien viene y me recuerda lo que soy, y lo dice con tanta seguridad que de pronto el día es una fiesta.

Sábado, siete y treinta de la noche. Llego a la mesa y me siento con los amigos. Frente a nosotros, al otro lado de la mesa, están dos señoras, de esas que no aceptan su edad, junto a una niña, casualmente de la nuestra y muy bonita. Como es de esperarse, las señoras comienzan a socializar con nosotros, quizás por la niña, que es algo tímida. La música estalla de pronto y las parejas empiezan a poblar la pista. Son buenos tiempos, el perreo aún no esta de moda.
Le pregunto a la niña si quiere ir a bailar, Marcela creo que se llama. Las señoras, que resultan ser tías de ella, la animan. Pero repito, la niña es tímida. Las tías insisten y yo también. A mi lado, mi amigo René me ayuda, curiosamente insistente. Finalmente Marcela acepta pero sólo después de la cena.
Sirven la cena. Comemos rápido. Las tías han agarrado ya confianza con nosotros y nos hacen bromas. Nosotros les seguimos la corriente pero sin dejar de comer, sobre todo yo.
Finalmente terminamos. Le recuerdo a Marcela su promesa. Ella ya ha dejado a un lado su timidez y se pone de pie. También yo lo hago. René le pregunta a una amiga nuestra, la más cercana, si quiere ir a bailar. Ella acepta. Se llama Rosa.
Nos vamos los cuatro. Como todo caballero, dejo que pasen las señoritas. Me detengo unos segundos a admirar la pista, colmada de alegría. Cuando regreso en mi, veo a René bailando con Marcela, la niña a la que yo había pasado toda la noche tratando de convencer. Ella parece confundida pero no dice nada, perdida por el alboroto de la música. A mi lado, Rosa me mira y, sin articular palabra, comienza a bailar. Yo la sigo pero clavo una mirada de odio sobre René...
Más tarde le reclamaría, medio-en-broma-medio-en-serio. El comenzará a pedirme disculpas, una y otra vez. Y no parará hasta el sol de ahora. Maldito.

No disfruto cuando no puedo hablar, cuando únicamente tengo que hablar en público con el cuerpo, ese que llevo encima y con el que nunca he terminado de sentirme cómodo, con el que no me queda bien nada, excepto la inseguridad en mí mismo.

Por eso siempre fui malo para las fiestas tradicionales, esas donde al centro hay una pista de baile a la que ritualmente deben obligarte a bailar, especialmente si sos el más serio de entre la manada. Parece mentira, pero tu expresión protectora, la seriedad, hasta la bravura se vuelve un motivo especial para la manada, hacer bailar al bravo, al serio es un triunfo que hace más perdurable la fiesta: "Si, se ve bravo, pero no crea, se echa sus bailaditas el maitro. En la fiesta de la Susanita se echó su par de cumbiones"

No disfruto las fiestas donde hay que bailar, me vuelvo paranóico: mi descoordinación me delata respecto al resto del conjunto de bailarinas y bailarines, al ser el involuntario centro (autopercibido) de las miradas mis defectos físicos se ponen en más evidencia: que si sudo de más, que la barriga me cuelga, que los cachetes apretados por el cuello de la camisa, que si el cincho me apreta.

Las fiestas donde hay que bailar me llevan a fingir dolores que tengo pero no tengo del todo, a repetir muchas veces "no me gusta bailar", a excusarme porque no me gusta la música, a salir huyendo lo antes posible, a evitar asistir a las mismas. No es que mi ánimo no sea festivo, soy un hombre alegre con cara seria, un extrovertido que huye ser el centro de atención, un ruidoso carcajeador con motivos para guardar la risa e irse a casa a esconder la verguenza.


P.D.: Pero sin embargo hubo dos o tres fiestas donde si bailé y donde se me recuerda por tal hecho.

No sé por qué, pero las fiestas tienden a traerme recuerdos de aquellos días en los que pasaba encerrado en instituciones educativas. No solamente porque la mayoría de veces da esa sensación de desubicación y estrés sobre la incertidumbre social, sino porque parecería que toda la gente actúa exactamente como cuando teníamos ocho años. Así, cada vez que me invitan a una fiesta, lo primero que hago, a modo de supervivencia, es pensar en toda la gente como si tuvieran edad para tomar frutsis y jugar con pelotas de a cora. Los meto mentalmente en el colegio, los saco a recreo, y busco a los grupos habituales.

Los baranderos: se la pasan parados durante todo el rato con las mismas personas. Vistos platicando generalmente en los pasillos y áreas abiertas. Siempre tienen su espalda cubierta por alguna pared, y parecerían no verse afectados por el volumen del reggaetón. Navegan en grupos pequeños, de forma compacta, al ver el peligro y son los que más probablemente se acaben la comida.

Los dealers: encontrados siempre a la entrada del lugar, insinuando que no tienen razón para estar ahí. Los más rudos, son los primeros en salir a comprar bebidas, y ocasionalmente disfrutan a jugar "buruca". Claro está, que no es lo mismo que pelearte porque te robaron el juguete y te detenga la maestra a que te quiten la mujer y terminés en la bartolina. O bueno, quizá algo de parecido le hallan ellos.

Los dispensables: también son insacudibles. llegan temprano y se van tarde. Acechan a cualquier persona interesante. Toman control de la música, ya sea tocando en las misas, o poniendo su música horrible en el equipo de sonido. Se jactan de no consumir alcohol, pero terminan generalmente ebrios. Son estresantes.

Los 'in': se distinguen por tomar control del lugar. Aman el reggaetón tanto como jugar fútbol, y no temen admitirlo. Consumen tanto alcohol como los dealers al inicio, y lo sudan rápido. Aparte de eso, no hay mucho que añadir.
Fuera de esto, me gusta pensar en las interacciones habituales. El in le dice al dispensable que baile, mientras este le sirve un trago; el dispensable se queja del dealer, el dealer se consigue alguna in... en fin, ¿por qué rayos sigo yendo a fiestas?

Es por el alcohol, por supuesto.

Mi cerebro actúa de maneras extrañas. Como que asocio cosas que no debería asociar. Cuando dicen “Fiesta”, de un solo me imagino al Chayanne ochentero bailando.



¡¡¡Una joyita!!! ¿Quién tuviera ese optimismo?

Más aún, tengo mente extraña y cuando dicen “Fiesta” digo “Americana”. Y pienso cómo una fiesta se puede dar en un hotel fresita. ¿Estaba en Fiesta Americana Chayanne haciendo su video?

Es más cuando dicen fiesta, y me acuerdo de chayanne y un hotel, me imagino me imagino algo muy formal. Tipo Fiesta de quince... señor Chayanne, tantas veces que serás invocado! Denle play, pero no tienen porqué ver el video -aunque es como para el disfrute de esos que disfrutamos al delfin quishpe y la tigresa- pero quiero que lo tengan de soundtrack.



Y aquí viene lo bueno del post. Yo me sé la coreografía del tiempo de Vals. Quizás señores, señoras, robot spammers, este post sea una basura, porque su servidora está falta de creatividad, tiempo, salud, dinero y amor. Pero así que he decidido compartir algo bochornoso para que me tengan lástima.

Érase marzo de 1998. Yo era la dama de la fiesta de la Marta. Quien cumplía años en diciembre, pero no sé porqué hizo la fiesta en marzo. La encargada de la coreografía era "Mayito". Mayito era un señora de esas bien, pero bien loca. Que de alguna manera u otra se sentía bien enseñando coreografías para los quince años. No soy una experta bailando y siempre sufría por todas las coreografías que montábamos, pero qué decir si todo el mundo le dice que sí a la Marta -esa bicha sabe convencer. Digamos que lo logré y aprendí a hacer la estúpida L con mis pies y lograr que mi chambelán no se cayera por mi culpa. Y además logramos hacer el cambio ese de manos para irnos cambiando alrededor de la quinceañera.

Pero las cosas no salieron muy bien ya en el colegio médico.

Primero. La confusión con los vestidos. Me dieron el vestido de alguien más, que creo que tenía mucho más senos que yo. Y estaba más largo. Lo corté y quedó excesivamente corto. Y ahí andaba yo con un vestido ocre que parecía calzón, con la piernas cheles de una bichita (gordita) de 14 años.

Segundo. El intercambio de manos fue una pesadilla. Y nos equivocamos todos. De remate, quisiera pensar que al dar vueltas nadie me vio el calzón el verdadero, no el vestido.

Tercero. Se me salía el strapp -esos brasieres sin pititas- y creo que yo era la que más enseñaba de la fiesta.

Y qué hacer, al final yo quería y quiero a la Marta. Pero las fiestas de quince y demás fiestas ceremoniosas -llámense bodas, bautizos, etc. - pues sólo valen la pena por el cariño que le tengo a los protagonistas. De otro modo, eso de ser fancy y pomposo, pues no va conmigo.

Odio las fiestas.
Cuando dicen "fiesta", sálvame señor Chayanne....



Ahora... si me dicen que hay una "reunión" en la casa de fulano, me avisan, así paso por las cervezas. Las reuniones sí me gustan. Cuando dicen: Nos vamos a juntar, nos vamos a ver... eso, eso es lindo y celestial.

¡Salud!

Por mi iTouch nuevo
Por mis cinco nietos
Por mis óvulos fértiles
[y mi útero hostil]
Por el dios judeocristiano que me ve de lejos y me saluda
-es que nos llevábamos bien
Y poco le importa que no crea en él-


¡Salud!
Por los principios
por los triunfos
por las piedras en las que he dejado la epidermis que cubre mis piernas
por la sangre no-menstrual que dejé en ellas


¿Salud?
Por las estrías
por la rótula que me partí en tres
por los nudillos que me rajé por romperte la boca
por los dientes que te bajé
por la migraña nerviosa
¡Salud!

¡Salud!
Por la marihuana
por el Tequila Sunrise
por las tarjetas de crédito
por el consumismo
por los Pet Shop Boys

¡Salud!
Por el anarcosindicalismo
por la brisa del mar
por los amaneceres de octubre
por el frio de noviembre
por el calor de marzo
por los aguaceros de agosto
por la Teoría del Estado
por el Código Procesal Penal
por no saber coquetear
por el Big Beat

¡Salud!
Por las cadenas que rompí
por las cosas en las que no creo
- y en las que sí-
por la falta de remordimientos
y de academia
y de fe
pero nunca de esperanza
por los cantos y las banderas que florecen
por levantarme
por estar
por ser
por mí. Sin vos.

¡Salud!

I.
Pasó su niñez impaciente por volar. Los adultos se lo decían; cuando seás grande, con madurez, responsable, y podás costearlo, hacé lo que querás. Llegó a grande, vida de adulto responsable, y se decía con madurez que no tenía tiempo para niñerías.

III.
Mi sobrino me decía, "volemos". Y yo suspiraba con alivio. Si me dice que corramos me deja tragando polvo, él en el equipo de atletismo y yo boya-siempre-llegando-de-último en educación física. Además, tengo pie plano.

V.
Chabe tenía el sueño recurrente de elevarse y planear sobre las cabezas de la gente, en un espacio abierto que evocaba un parque-cementerio. El sueño finalmente se esfumó cuando Chabe dejó de dormir tanto y salió de su casa.

VII.
Extraño la bandada de pericos que pasaba todas las tardes por mi casa.

Ahora que la ventana está abierta y que tengo más de veinte años volando, resulta que a veces me canso de volar, porque presiento que algo se nos muere aquí entre las nubes. Aún así volamos por que es divertido, no porque sea fácil, porque andamos por ahí con las alas un poco rasgadas, porque chocamos con quien no debimos, porque no había esa luz roja arriba de un edificio advirtiendo el golpe, la caída. Aún así nadie entiende por qué volamos y por qué vemos la vida desde una perspectiva diferente.

No imagino otra forma de volar que no sea esta vista liberadora y difícil que hemos escogido, reconociendo defectos, viendo lo miserable que resulta la vida abajo y aún con todo aterrizar, y luego despegar, con lo difícil que resulta. Pensar en nuestra vida como una piscucha no es sencillo, tratar de encumbrarse tampoco es fácil, pero se logra, porque volar puede ser aquello que nos deslumbra, aquello que realmente queremos.


El cielo completamente negro; la luna llena clavada en lo alto. No había estrellas, sólo un viento fresco. El lago reflejaba con toda pureza las luces del puente. Él vigilaba el pueblo paseándose sobre el lago y todo era calma.
De pronto, a lo lejos, vio una luz blanca como otra luna, pero más pequeña. Se dirigía a él lentamente como un suspiro. Conforme la luz se fue acercando, fue tomando forma, hasta que finalmente estuvo ante él un ser de luz, como un ángel. No dijo nada. Sólo lo miraba con unos ojos penetrantes como rayos.
Ya sabes a lo que vengo, dijo al Guardián. Silencio y viento. Calma aún. Pero en un abrir y cerrar de ojos ambos se lanzaron el uno hacia el otro como bestias. Sin embargo, su pelea más parecía una danza en el aire: se deslizaban por el cielo de un lado hacía otro, esquivando los golpes del adversario, como sincronizados, como sin querer hacerse daño. Parecían realmente estar bailando muy lentamente, el cielo era su pista de baile y la música, el viento. Y cada impacto era un destello de luz que se reflejaba en el lago.
Después de un tiempo la pelea se detuvo, los contendientes se separaron: el Guardian estaba jadeando y su cuerpo herido, mientras el otro estaba en perfecto estado. ¿Te rindes?, pregunto. Pero no hubo respuesta, el Guardián guardo silencio. Sólo se mantuvo ahí, flotando sobre el agua, tratando de recuperar el aliento. Y cuando sintió nuevas fuerzas en su cuerpo, se lanzó contra el otro. Y de nuevo comenzó la danza y los destellos de luces por el lago en la noche oscura. Ráfagas luminosas encendían el cielo, sin romper el silencio.
Esta vez la batalla duró un poco más y, cuando finalmente termino, el Guardián estaba en peores condiciones, parecía un moribundo volando a medias, sangrando por todas partes. El otro, el ser de luz, parecía no tener rasguño alguno nuevamente, sin embargo, de pronto, su pecho comenzó a abrirse poco a poco y de la hendidura comenzó a salir luz.
Lo lograste, le dijo al Guardián con una sonrisa, ahora eres un Hijo de la Luz. Y luego desapareció tragado por la luz.

No, no puedo hablar de volar. Volar me recuerda a vos. No necesariamente a esos vuelos de alto calibre entre tus piernas, no por tu voz llevándome de la tierra a las sensaciones más ligeras.

Volar se me hace complejo, una cosa es hacerlo en la mente -donde paso con inenarrable facilidad de la realidad a la locura y la poesía - y otra muy distinta es ir más allá de mi mismo y sentir como delicadamente pasa el viento entre mis dedos y se derriten mis barreras y pensamientos por una explosión en el cerebro.


Eras corriente que sustentaba,
llama que aligeraba el aire,
manos que formaban cesta
para un corazón, un globo
y yo y mis otros yo, a cuestas.

No, volar no es fácil. La cascada de neurotransmisores implicados requieren un disparador que me es ajeno. Vos, el último en cuenta, yace años, cientos de kilómetros atrás en mis recuerdos. Y hoy no hay quien mueva las aspas para que se encienda el motor de este mohoso y grueso aeroplano. No hay viento que valga para salir del hangar.

La forma más fácil de volar me es, por hoy, asomarme a la cornisa de una página en blanco. Sentir el vértigo de ese espacio vacío a la orilla de mis manos, y lanzarme a treinta palabras por minuto hasta estrellarme en sólido suelo de mi propio vacío.

Desde el día en el que leí un comic de C&H con una trama similar, siempre he tenido el deseo de vivir la experiencia de dormir y soñar que estoy volando. Ya saben, sentir que me suspendo sobre mi cama, y seguir con la trama hasta el punto en el cual puedo ir volando adonde se me dé la gana. Ir por los aires sin ninguna preocupación más que la de no despertarme por un buen rato.

Claro está, que nunca se me cumple. Peor aún, siempre sueño con ejercicios de mecánica de materiales y con eventos cotidianos nada extraordinarios. Es ahí cuando comienzo a convencerme a mí mismo de que realmente volar no debe tener nada de extraordinario. "Bah, a quién le importa volar". Digo, si estar a unos cientos de metros sobre el suelo no es suficiente preocupación por la seguridad o por la vida misma, pensar en lo difícil que se haría respirar también es útil para convencerme de que es una estupidez. Esos cambios de altitud que me darían dolor de cabeza, y la resistencia del viento que me daría problemas para respirar. Quizá volar sea una actividad bastante comparable a nadar y todas sus incomodidades, solo que con probabilidades un poco mayores de quedar muerto en el proceso.

Por eso, quizá sea una estupidez. Ya saben, de esas en las que los niños suelen pensar cuando están pequeños. Claro, hoy en día, la gente grande prefiere tomar. Ya saben, tomar y manejar. Aunque siempre hay otros que disfrutan más fumar y volar. Lo seguro, es que preferiría cualquiera de esas dos antes que comer y nadar. Porque de todos modos, nadar es como volar, y me estresa pensar en eso. Nadar, volar, manejar... la locomoción es un estrés. Mejor parece que es quedarme en mi casa para bloguear. Sí, excelente idea: navegar y bloguear. Después de todo, el tiempo se me pasa volando... mientras yo me la paso sentado. Sano y salvo.

-El avión sale a las 8.
-Hay que llegar a las 5.
-No. A las 6.
-¿Se puede hacer el pre-chequeo?
-Yo creo.
-Ok. Pasás en el aeropuerto lo que dura el viaje.
-Es raro eso.
-¿El qué?
-Pensar que las distancias son tiempos. Como cuántico.
-¿Cómo así?
-Llego en dos horas.
-Eso es una película.
-Una larga.
-O una muy mala.
-Llego en una mala película.
-Pero que sea buena, sería mejor.
-O entretenida.
-Llego en lo que Frodo llega a Mordor.
-Venís en lo que Wally limpia la tierra.
-…
-…
-Faltan dos semanas para que falten dos horas.
-Son demasiadas películas…
-…
-…
-Me tengo que ir.
-Yo también.
-Nos vemos en 1000 km.
-Y dos semanas.
-Y varias películas.

El alma [y el cariño, según RudyLaScala] es como una violeta expuesta al sol de julio: se daña al minuto que la sacás del invernadero. Se arruga, se seca, se quema. Muere.


El alma es un caleidoscopio, trocitos de vidrio de colores que forman distintas figuras cuando se zangolotea. A veces, con ayuda de la Providencia, uno logra ver mosaicos inverosímiles y se nos olvida que, en esencia, son un montón de huishtes: trozos de algo que alguna vez formó un todo y que ahora sólo nos deja ver miserias de aquello, asociándose para hacernos ver colores de nuevo. La tristeza tiende a tener el poder de volverlo daltónico a uno. Es debido a esta alma*caleidoscopio que no debe alarmarse si me ve y oye un rumor a chinchines, es el huishterío que se pone medio bayunco y ruidoso cuando camino.

No se me ocurrió nada para esta semana, a lo mejor porque la tumba en la que estoy sigue recibiendo escupitajos y hablar de "ir o moverse por el aire, sosteniéndose con las alas" no es algo muy asequible dada la naturaleza medio lúgubre, medio estoica de mi ánimo estos días.

Estos son tiempos de redescrubrir los colores y desenterrar baúles con vestidos de fiesta, con risas y polvos de mujer. Esto es complejo, porque también es tiempo de limpiar cajas, borrar archivos y quemar puentes. Es emocionalmente agotador y debe hacerse paso a paso, no puedo aventarme a lo maje a pensar qué será de mí cuando vuelva a ser yo. Es despacio que debe ir la cosa.

Hay más tiempo que vida.

Y hay muchos baúles. Demasiados, diría yo. Me preparo para el momento en que descubra que ya los abrí todos.

No sé qué haré entonces, probablemente conseguir gotas para los ojos, una Suprema y un par de porros.

Usaré la madera que sobre para construír cuñas que iré clavando en la tierra, una por una, hasta llegar a la superficie. A lo mejor llore cuando sienta el aire libre en mi nariz, pero tengo práctica llorando y, aparte, sirve y me lavo las manos. Como soy medio inútil para las actividades físicas, probablemente me tarde mi rato para salir por completo del recinto hecho de insultos, tierra y mierda donde he estado todo este tiempo.

Y entonces todo volverá.

Recordaré quién fui, quién debí haber sido y quién voy a ser.

Entonces, a lo mejor entonces, yo podré regresar acá y contarles lo vergón que se siente ver el mundo desde arriba.


* ♫...To lose along the way the spark that set the flame, to flicker and to fade on this, the longest day♫
U2- Indian Summer Sky.

Walk with me, Suzie Lee,
through the park and by the tree

Tu muerte, hace ya casi un año, significó una metástasis que no paró hasta que otro féretro acabó bajo tierra, muchos meses después. Los trozos de mi vida como la conocía hasta entonces fueron cayendo en cámara lenta, cámara agónica, hasta que no tuve más remedio que comenzar desde cero.

Mientras te cargaba en el carro, dentro de la bolsa negra, podía sentir tu cuerpo volviéndose rígido. Llegué justo a tiempo para suplicar que me quitaran tu cadáver de mis manos. El sepulcro, la cal, el café, los chistes de velorio. Él no asistió. Tampoco asisitió a la despedida del segundo féretro. Él fue un trozo más que cayó, un destrozo más con el que tuve que lidiar, cuando todos se fueron y me quedé llorando sobre tus restos, con un grillo como única compañía. En alguna de esas sesiones de llanto recordé que te llevaste un secreto a la tumba. Sólo vos viste lo que él me hizo; una, dos veces. Y pensé, aunque sea por eso, aunque sea porque fuiste su cómplice silencioso, él debió haber venido.

Sé que me hubieras protegido de la tercera vez si hubieras estado con vida. Él me enterró viva. Y si fue difícil cavar el agujero que es ahora tu lecho, imaginate descavar el mío propio; vencer mi esencial deathwish, la tentación de dejar de respirar, y comenzar a arañar hasta volver a la superficie, con algo de tierra en los pulmones. Lo hice. Y mi trofeo por esa lucha lo llevo a mis espaldas todo los días.

Él ya no puede hacerme nada. A vos te extraño, y es por vos que le temo a la muerte. No a la mía. No a la muerte "evento", sino a la muerte "ausencia". Es un dolor irrevocable, aún cuando tengo la pomada de los buenos recuerdos. He soñado con vos solamente una vez: una sola imagen, 24 cuadros en un segundo que resumió una década completa. Todavía me vuelvo loca rogando porque una sola de mis memorias sobre vos se materialice para tocarte otra vez.

Sé que te enorgullecería ver en lo que me he convertido desde la última vez que nos vimos (una pesadilla, ver cómo tus ojos se iban apagando). Todavía lloro sin consuelo, si soy tan amable de permitírmelo de vez en cuando, pero estoy tan bien como nunca. Las cicatrices que me dejó esta guerra te las dedico a vos.

When I wake tomorrow I'll bet
that you and I will walk together again

Si su habitación no se ha convertido en una tumba por completo es porque las ventanas de vez en cuando dejan entrar algún brillo de sol, es porque quizás la lluvia aún entra junto con el viento, y las hojas que se ven a través de la ventana han crecido tanto que se le olvida que a veces estar ahí es imaginarse o sentirse muerto.

Han pasado tantos años y él no sabe qué es la vida, y quizás no quiera saber. "...la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida." Pero tal vez todo este tiempo él ha estado tendido tres metros bajo tierra y no se ha dado cuenta, y no sé si quiera darse cuenta ahora, a lo mejor no, porque aún sigue mirando los intersticios de la pared, o quizás sólo está aprendiendo a morir.

La de él no será una tumba con atracción turística, una tumba de la gloria, ahí nadie llegará por fotografías para ganar concursos de una recién inaugurada galería de arte, ni se leerán epitafios ingeniosos o bienintencionados; la de él será una tumba sin nombre, donde nadie abrirá una botella de whisky en su honor.

Si hay algo en esta vida que me causa curiosidad, es la muerte. Y es que, a través de siglos, el hombre ha ido resolviendo miles de enigmas, respondiendo infinidad de preguntas, develando la verdad de las cosas (al menos de la mayoría). Desde la concepción de un ser, pasando por su crecimiento, sus procesos evolutivos, hasta las enfermedades mismas que bien podrían llevarlo a la muerte. Pero de ahí no pasamos. Sabemos de que esta compuesta la materia, como modificarla y como utilizarla. Sabemos porque vuelan los pájaros, como se arrastran las serpientes y comunicarnos con un mono. Tenemos una idea de la creación del mundo y del surgimiento de la vida. Podemos crear música.
Nos es fácil caer en lo ridículo, provocar sentimientos en los otros, confundir, llorar y hacer reir casi al mismo tiempo.
Grupos de especialistas pueden alargar la vida por medio de la curación de enfermedades mortales. Otros pueden vivir en el espacio.
Pero la gran pregunta es ¿cómo es la muerte?
Unos hablan de un túnel, de una luz, de un sueño. Nada de eso es una respuesta.
Por eso, para mi, el secreto de la vida es la muerte. Quizás por eso le llaman "descansar en paz": porque, cuando estemos cómodos en nuestra tumba, vamos a saber cómo es exactamente la muerte. Y será una verdadera lástima el no poder contárselo a nadie.

Aunque tú me olvides,
Te pondré en un altar de veladoras
Y en cada una pondré tu nombre...


Caifanes

Una vez caida del pedestal donde te alzaba, me costó tirarte el primer puñado de tierra con el azadón. Y con el tiempo fué fácil hacerte sobresalir como obstáculo en el camino.

ChemaTe volviste una de esas obsoletas tumbas de tierra, de esas que alzadas unos 30 centímetros por encima del suelo perviven en los pueblos, esas que ya no están de moda en los cementerios citadinos, los llenos de albos nichos hermosos con ángeles llorones y epitafios metálicos de 30x20 que apenas se descubren al nivel de la grama.

Como buena tumba de esas que los dos de noviembre y los aniversarios hay que "tumbar" con azadón, causaste tropiezos. Ha habido que ponerte flores, adornitos de plástico, festones de papel crespón y papel encerado. Ha sido incómodo pasar por sobre vos, especialmente mientras aprendía a caminar junto a otra mujer o la vez que fui daño colateral de alguna mujer-bomba racimo y me arrastraba por mis recuerdos.

Eso hasta hace un tiempo. Es que te bajé de ese postrero pedestal de tierra sin mi azadón. A mano desnuda he deshecho tu tumba, dejando mis uñas en el intento. Y te he puesto a nivel del suelo esta vez, y un día he de sembrar un jardín nuevo sobre tus huesos.

Pero por hoy le vuelvo a poner flores y festones a tu recuerdo.

Here lies a troll so n00bish
So 1337, full of rubbish,
He lived for teh LULZ
Now went to hell
And loves to ROGL.
*Con dedicatoria especial. (:

La primera ley de la termodinámica declara que la energía del universo es constante; la segunda, que esa energía propende a la incomunicación, al desorden, aunque la cantidad total no decrece. Esa gradual desintegración de las fuerzas que componen el universo es la entropía. Una vez excluida (o compensada) toda acción de un cuerpo sobre otro, el mundo será un fortuito concurso de átomos. A fuerza de intercambios el universo entero estará tibio y muerto. Alguna vez ya no será más que calor: calor equilibrado, inmóvil, igual. Entonces, habrá muerto.

Jorge Luis Borges, Historia de la Eternidad


Siempre creí, cuando estaba en la cúspide de aquella pasión destructiva y autodestructiva, siempre creí que te odiaría por los siglos de los siglos si todo llegase a terminar*. Creí que estarías muerta, enterrada bajo un invierno eterno del cual ni el calentamiento global ni la calefacción terrible de la memoria melancólica te podrían sacar: el amor tendría que ser tan eterno como su revés. Pero la termodinámica nos garantiza que no se hará el invierno eterno, nunca; que el calor y sus bolitas de billar oscilarán entre los brazos de la destrucción y la creación, shiva/vishnú jugando amablemente en el sube y baja del parque más cercano rodeados de huestes de observerdores intrigados, será sandía será melón, será tu tata que está pelón. Que al final se hará un cementerio, no helado, no caliente, tibio, un equillibrio entre todas las partes del Universo venido a menos, moviéndose sin mover en una delgada capa de tiempo estático.
No es de extrañar, entonces, que yo te guarde como columpiándote en algunas de mis venas, todas las pasiones extintas, sin exigir ni tu sangre ni tu palabra, sin nombrar tu figura impunemente sobre la noche, sin tener que pedirle disculpas a tu novio ni a tu código de familia, y en su puesto sólo exista un tibio relevo de paz, de te deseo lo mejor y de paz.

*(a estas alturas estoy tentado a cambiar la conjunción condicional si por una que brinde más seguridad a ese tráfico mortuorio: cuando todo termine)

Maje, una cosa te voy a decir y quiero que la leás bien: no te me aculerés. Sé que nunca caminamos por los mismos rumbos y no conocemos a nadie en común, pero no te me aculerés: si me ves, no te crucés la calle, no hagás como que vas hablando por el celular, no pretendás que andás tu mp3 a todo volumen. Yo soy mala reconociendo gente en la calle pero tu cara me la puedo bien, hijueputa. Con todo, no te aculerés.

Viví tu vida.

Olvidate de los monos en tu espalda, olvidate de las mariposas que ves cuando te enmotás, olvidate de toda la mara en la que te cagaste y que se cagó en vos, Viví. No sé por qué habría de pesarte la conciencia ahora, así como no sé cómo podés vivir con vos mismo, pero ese es otro pisto; vos sos loco, bicho.

Usá a toda la gente que podás, los pobres miserables no son más que entes de quienes podés conseguir bienes y servicios, una mera transacción económica. Esa es la vida, tomar lo que podás de cualquiera que se deje. Yo no voy a estar para decirte que todos somos entes biopsicosociales y políticos, yo no voy a neciarte y decirte que necesitás a la gente. Ahí ve vos qué putas hacés.

Volvé a tus clorhidratos.
Volvé a tus floruros.
Volvé a tus putas.
Volvé a tu Tutunichapa #2 a preguntar por Anthony, pedile un cinco y volá, bicho.

Por mí, hacé lo que querás. Me viene valiendo pija.

Seguí manipulando, seguí reventando jetas en la calle, vos dale, vos seguí.

Nuay nada.

Sólo que sí.

¿Te acordás de la pobre mona maje que te hacía grullas de origami? ¿Te acordás de la cara de lujuria cuando me dijiste "ese pollo es mío"? ¿Te acordás que te dije que aprendieses a respetar? Te paseaste en la pobre niña, te la hiciste mierda.

Y fue a parar a la Tutu #2.

Y es más hierbera que vos.

Esa pobre niña... ¿Le has visto el rencor en los ojos?

Esa bichita enclenque que se enculó de vos hasta los calcetines se ha encargado de irte poniendo piedras: que te para la policía, que te meten preso por posesión de sicotrópicos, que te lleven a las bartolinas de la Iberia.

Que la bicha se endama con un jefe de clicka.

Que te lo encontrás en la bartolina, junto con toda su clicka ahí dentro.

Que hartás mierda.

El reporte del perito dice "muerte por hemorragia causada por herida de arma blanca a nivel del hígado".

Y una bicha enclenque, con las venas de los brazos quemadas y negras, llega a tu entierro. Se acerca a la fosa que cavaste vos solito. Ve hacia abajo, te mira ahí. Veintitres años y a la mierda. Un zarpazo de inocencia e incredulidad se le pasa por la mente a la pobre niña, hasta que se acuerda de vos y las tardes juveniles de Kairos y la falda del instituto y la sangre en el colchón y de los hematomas subcutáneos y se rie. Perversamente. Y te escupe encima. O a lo que eras vos.

Y no le remuerde la conciencia.

Es que eras una lacra, maje.

Puessiesque amanecí tirado en la calle, con tres polizontes interrogándome, que la tarjeta de circulación (no la tengo), que su licencia de conducir (no la tengo), que ha bebido usted (nomás una, señor oficial, y es que eric estaba cumpliendo años, oficial), que qué le pasó (se me atravesó un perro), que lo tendremos que remitir por no andar los documentos en regla, que anda usted mica (sí, debe andar por acá), que maneje usted con cuidado. Luego tres horas esperando que la gente lleve la mica, que remolcar el vestigio de carro, que maldecir al municipio por su laxitud en cuanto a control canino.*
Eso explica, al menos en parte, mi problema.
Es un caso atípico del proverbial: el perro se comió mi entrada.

Dispensen.

*Lo cual conduce inevitablemente a la pregunta: ¿no habrá Norman, en su alta providencia de nylons y tolerancia cero a lupanares, digo, no habrá Norman contemplado una cruzada anti-canina?
Extraoficialmente se supo que está reclutando a un grupo selecto de aguacateros ciclópeos que será sometido a un riguroso entrenamiento para poder ejercer la prometedora profesión de metrobusero.

¿Realmente queremos olvidar? ¿Y qué quieren olvidar los que quieren olvidar? El olvido a veces es una necesidad urgente que es difícil de conseguir, la memoria y su fragilidad, la forma en que olvidamos lo que no deberíamos y todo lo que quisiéramos olvidar sin poder conseguirlo.

El olvido es esa salida de emergencia, esa forma de tratar de parar lo que no es opcional: el dolor. No me he salvado ni de olvidar, ni del olvido, no se salven, hay que vivirlo aunque a veces lleguemos a parecer lugares devastados.

"No te puedo pedir
que te acuerdes de mí como yo era
–una cara, unos ojos, unas lágrimas–
sólo que me recuerdes como a algo
que uno recuerda que se le ha olvidado
y sin saber qué es..."
Pedro Salinas.

No puedo olvidar a las personas, o situaciones que me hacen ser quien soy, en todo caso es injusto recordar las cosas que duelen, pero al menos sé que estoy viviendo.

Y ahora pienso en todas las ocasiones en que le doy vueltas a mi cerebro buscando aquellas palabras, buscando lo que soñé hace algunas horas, repasando los lugares en donde estuvimos, en donde reímos, en donde nos despedimos (¿Es la espalda el olvido?). Pero mejor no digamos nada, dejemos que los días hagan lo suyo, al final voy a fingir que se me olvidó, o tal vez no.

No hay peor adiós que el que se le dice a una persona que tenés que ver todos los días, en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier forma, con su sonrisa adornada de camanances, con sus ojos filipinos... y con él, siempre con él. Necesitaba olvidarme de ella. Intenté primero alejarme, y funcionó en un primer momento. Pero a los días, su recuerdo volvió, clavándose en mi pecho. Decidí buscar otra (un clavo saca otro clavo), pero nadie se acercaba ni siquiera un poco, nadie con esa mirada. No sabía qué hacer. Me encerré en mi mismo y dejé pasar los días, como una película que se mira sin ver. Grises, llenos de nubes y medias lluvias, así fueron varios.
Una noche se subió un tipo a vender en el autobús en el que viajaba hacia mi casa. Comenzó con la verborrea típica de los vendedores ambulantes: que buenas tardes, que disculpáramos la bulla la molestia, que no era su intención venir a ofender a nadie... lo escuché un rato y, justo cuando volvía a mi pensamientos anestésicos, el hombre dijo ser un vendedor de olvido y mostró su producto: unas milagrosas pastillas. Sólo se debía tomar una antes de dormir durante dos semanas para olvidar cualquier cosa. El tratamiento completo por el módico precio de un dólar. La gente comenzó a comprarle como loca. Unos para olvidar el martirio de su trabajo, otros para dejar a un lado su infeliz vida familiar y los menos, como yo, para dejar enterrado un amor que no podía ser.

Esa misma noche me tomé la primera pastilla sin siquiera leer las indicaciones. Y fue la primera vez, en mucho tiempo, que logré dormir en paz.
Al cuarto día del tratamiento me encontré con ella, estaba llorando. Me acerqué y me senté a su lado. La escuché. Después de cinco minutos supe que nunca más la volvería a ver con él...

Esa misma noche, al llegar a mi casa, no me sentía feliz. De hecho, no sentía nada. Busqué la caja de las pastillas y leí las indicaciones. Me llamó la atención el único efecto secundario, del que advertían, pero igual seguí tomando las pastillas del mercader de olvido.

El termómetro me marcó 40.6ºC y temblaba. La calentura y la emoción. Me incorporé y todo se volvió negro, con puntitos verdes y líneas amarillas, todos fluorescentes. Esperé. Abrí el mosquitero me puse en pie y caí de nuevo. Los malditos 40.6ºC, la negrura, las líneas de colores, ese zumbido en la cabeza y una fuerza que me salía de las entrañas queriendo expulsar algo inexistente en mis adentros.

Arriba otra vez, la misma rutina: aguantar los puntitos amarillos y verdes, el fondo negro, esa serpiente ausente que parecía querer salir por mi esófago trayéndose mis tripas. Hoy logré quedarme en pie, lo hice de un solo. Me quedo apoyado en la barra de ese artefacto que sirve para sostener los sueros. Lo atraigo hacia mi.

Un paso, más puntitos. Fondo negro. Hormigueo. Ruido Blanco. Otro paso, la serpiente que no aparece pero me saca toda la fuerza con cada embate. Me faltan dos metros. Algo me mueve las piernas. Caigo con todo el estrépito de mis cuatro días internado. Cuatro metros abajo de mi estan los recién nacidos, pensé.

Menos mal que me confesé y comulgué cuando vino el padre a verme. Llegó la hora. Que lo bueno que tuve pase por este concreto a uno de esos niños. El resto que se vaya con la sangre que me sale de la vena reventada por el catéter. Cierro los ojos y espero irme con la serpiente que sale con golpes ácidos por mi garganta.

Sigo acá. Sin el catéter muevo mejor mi brazo izquierdo. Puedo gatear. Las grietas de los ladrillos del piso parecen hacerme muecas. Levanto la cabeza. Veo la puerta. Cierro los ojos y gateo, sintiendo cada centímetro en que me arrastro. Alzo un brazo, jalo la manecilla, empujo. Tanteo la cerámica fría. Me apoyo en ella, sintiendo como tiemblan mis cuatro días en ese cuarto. Logro sentarme. Noto el rastro de sangre que he dejado en el piso. Empujo mi pene un poco hacia abajo. Una sensación aún mas caliente me recorre la uretra y apenas caen unas cuantas gotas amarillas en el agua. Sonrío mientras siento alivio en la vejiga y en el corazón.

*************

Este temblor es distinto. Pero el rastro de sangre que estoy dejando en el piso es parecido al de hace tres lustros. No hay ácidas serpientes invisibles que me salgan del estómago a la boca, pero si un olvidado recuerdo que salió justo cuando abrí ese mismo lugar donde me rasgó el cateter.

Suelto el bisturí. Aprieto fuerte mi muñeca izquierda con la mano derecha. A veces basta hacer un poco de presión sobre las heridas para que estas se cierren.

Sigo acá. Sonrío. Lo había olvidado.

Se me olvidó que estaba en México.

Me suele pasar que digo: "Es que aquí...". "Es que acá".

¿Cómo puercas se le olvida a uno su ubicación geográfica? ¿Cómo se me olvida todo?

A veces he soñado con mis rutinas en El Salvador.

Me levanto. Me baño. Manejo. Sí. Manejo.

Ya se me olvidó manejar. Que aquí -esta vez, sí, aquí se refiere a México- nunca entenderían la palabra "manejar". Es "conducir". Es como necesitar subtítulos todo el tiempo, a pesar de que se hable el español.

Pero a veces se me olvida "men". Se me olvida hablar así, "men", "vea, vos". Y se me olvida y me siento que en el olvido algo queda de mí. De lo que había sido y de lo que soy. A veces digo "Pinche" -y es que me encanta la pinche palabra esa-. Y no se me olvida que existe un El Salvador, pero el pinche "Pinche" me gana.

A veces se me olvida cómo era el calor insoportable de abril y marzo. Y a veces se me olvida lo que era no dormir viendo la tele. A veces se me olvida... ser quien soy. Y ando como zombie y adopto el plan de ser extranjera. Y maravillarme. Maravillarme de un puto arco, una puta puerta, de que pasen el pasaje de la parte de atrás en el bus hasta el conductor, de que la gente haga filas para entrar al bus, que me encuentre a Plutarco Haza en la puerta de la Unidad.

Y de repente se me olvida maravillarme también. Se me olvida que este no es mi país. Y me despierto y este cuarto es mi cuarto. Mi rutina. Mi yogurt y mis galletas. Mi compra en el Oxxo de un té Arizona. El taxi que hay que decirle "Rodeando el estadio de CU y después por Pedregal". Y decir "Había tráfico en el Eje 10". Y que digan "Río Churubusco" como punto de referencia y vos digas "ah! ya sé por donde". Que los precios en pesos ya no parezcan raros. Que pueda entender los precios de la carne en kilos. Que los semáforos verticales no parezcan ya raros.Y se me olvida que esto no es mío.

Y siento nuevamente que he perdido algo en el olvido.

Y entonces nostalgio. Nostalgio esperando que el recuerdo me regrese mi calidad de extranjera, mi calidad de estar en casa.

Y entonces hay días que se me olvida de nuevo estar en México y explico es "Acá la mara se pela" y nadie me entiende. Y que la gente se burle de mi acento.Y soy feliz, porque aún soy yo.

La socialización es una gran cosa, nos enseña todo lo que debemos saber del mundo y cómo enfrentarnos a él. Nos enseña, por ejemplo, que en cierto momento de la vida formaremos nuestro propio núcleo de socialización primaria junto a un par del sexo opuesto con el cual crecer, reproducirse y junto al cual morir. La promesa de incondicionalidad es tal, que desde que somos concientes no anhelamos otra cosa. Somos animales gregarios, dice en La Tierra y sus recursos. Deseamos ese momento con ahínco. Esperamos, aprendemos a esperar. Y anhelamos. Mientras tanto, aprendemos del universo.

El mundo te enseña a enamorarte, te llena los ojos de peluches de Cariñositos, te inunda el dial de emisoras con música empalagosa, te llena las góndolas de los supermercados de chocolate barato. Te da calles llenas de moteles, instituciones jurídicas para atarte a una persona por siempre.

Aprendemos, también, una forma estándar de vivir el amor: volvernos uno con el otro cual bimboletes, leer poemas de *inserte nombre de poeta mainstream aquí*, intercambiar posesiones de alto valor emocional.

El mundo te enseña roles: cocinarle las riguas con queso a tu amadísimo esposo, comprarle rosas al huelepega del bulevar a tu mujer.

El mundo es tan, TAN benevolente que hasta te enseña a pelear: poner cara de indignación y contestar "no me pasa nada" cuando el flamante machacante de planta te pregunte qué te pasa; a dar portazos, a quebrar platos. Claro, también te enseña a reconciliarte, a pasear por el Parque de la Familia, a comerte un elote loco en la Puerta del Diablo, a darte de besos en el bus, a dar sexo oral ante el rojo del semáforo.

Pero, como en todo, siempre hay un final, y la benevolencia universal también está presente en ese momento: la gente patrocina el alcohol, el sexo desenfrenado y desinteresado, el clavo que saca a otro clavo. El mundo se llena de canciones de despecho, de Alci Acosta, de José José. Abundan los antros con cinqueras, especialmente por la Avenida Independencia.

Y se supone que funciona, años de darle vuelta a la Tierra en círculos deben probar que funciona. Pero hay quienes están más allá del alcohol, del sexo, de los clavos, de Alci Acosta y de José José. Estamos más allá de las cinqueras, no sólo de la Independencia, sino también de la Peralta. No sólo se termina, sino que seguís viéndolo en tu mente, la misma película, todos los días y a toda hora. Se te aparece en sueños, en el partido contra Costa Rica y mientras eliminás Wine desde consola. Se te llenan los ojos de lágrimas y te da cólera ser de las personas que recuerda hasta el color de tu camisa la primera vez que te vi, cuando ibas subiendo las gradas de la biblioteca. Peor si te toca escribir al respecto. Sólo podés socarla y decir ya me jodí.

***

PD: Tu camisa era azul de cuadritos y era un miércoles en la tarde ¿Ves? Mierda.

A vos:
Estoy consciente de que la cruz que me dejaste no es de tu incumbencia desde el momento en que te bajaste con prisa sospechosa, en el que sería uno de los días más importantes de mi vida. Acepto los argumentos y respeto tu decisión, pero la cola de cinismo que ella arrastra todavía hace que algunos días la vida me parezca cuesta arriba. Y encima veo continuamente su nombre en geografías y en vinos. Maldito intocable, maldita tu semántica, malditos tus reclamos infantiles. Maldigo tu fantasma que me sigue, todavía parece que me estoy peleando con mi sombra.

A quien interese:
La depresión, escribía una persona con depresión atípica, es la ira al revés, como cuando se le da vuelta a un calcetín. En retrospectiva, al estudiar mis factores etiológicos ("no, no; esto no puede ser hueva"), encontré que estuve al borde del abismo, y por un momento -años- me balanceé sobre él con satisfacción autodestructiva, con los brazos y las piernas laceradas por la rabia. Pura tristeza con esteroides.

A vos:
Cómo insististe en voltear la culpa, para que fuera toda mía. Qué pendejada, llorándome tus cicatrices mientras vos me abrías la misma herida. No es el mismo contexto, pero es el mismo valeverguismo. Aún nos veo: a vos, justificándote como si yo fuera un juguete hueco; a mí, cortándote las palabras mientras te agarro del cuello y te empujo contra la pared. Te digo, apretando mis mandíbulas, "¡tené algo de empatía, grandísimo perro!". Mi temor se materializa: vos sólo observás al frente como si yo fuera transparente.

A vos:
Cuántos años de decir "esta es la gota que colmó el vaso", de no saber cómo parar este infierno. Estás enferma, lo entiendo, aunque ellos insistan en evitarse el diagnóstico y por ende en negarte tratamiento. Tu entorno está enfermo. Yo, miles de veces te he visto en mis libros de psicopatología, saludándome desde los recuadros de estudios de casos. Sos desgastante. Tus amigos, asumo, nunca te han dado un "no" como respuesta. "¿Por qué, si es tan buena persona?" Por tus abusos, por tu intolerancia, por tu crueldad. Por sangre te quiero un chingo, pero que coman mierda tus gritos, tus insultos, tus desapariciones de días, tus patadas, tus portazos, tus teléfonos voladores, tus arañazos en la cara. Y sabés, yo soy como vos. Más bien, vos sos como yo (porque yo vine antes). Y ayer quería brincarte encima y sacarte la vida a golpes. Porque vos y yo, además del mismo físico, tenemos la misma ira sociópata. Sólo que vos sucumbiste a ella. Yo la domestiqué y la dejé atrapada en mi dermis.

Al teléfono:
Ya dejá de sonar, por la gran puta.

Las tres y media de la tarde, ruta de la 30b, estoy parada a la mitad del bus viendo El Mundo Feliz pasar frente a mis ojos, voy con mis audífonos puestos escuchando beyond here lies nothin’/nothin’ we can call our own.... Mi canción se ve interrumpida por una avalancha de gritos, es un hombre que nos pide cinco dolares por persona; que coma mierda, pienso. El sujeto nos dice que si no le damos el dinero nos va a disparar, está armado sin duda alguna y nos lo demuestra. Lo escucho gritando sin piedad, logro verlo a los ojos y desde ahí sé que es capaz de matarnos a todos y a todas (sin distinción).

Por alguna extraña razón a mi me provoca una leve risa, no sentí que iba a morir ese día y no sé por qué no me dio miedo. La gente entra en pánico, comienzan a empujarme porque de pronto todos quieren irse para atrás y saltarse por las ventanas (porque los de la 30b, si no es parada de buses no abren la puerta). Down every street there’s a window/and every window’s made of glass... Cuando menos siento ya estoy en la parte trasera del bus y la mayoría de gente está pidiéndole a dios que no nos maten hoy.

Finalmente, me bajo del bus y la gente que pudo también lo hizo, alguien le dijo algo al sujeto, escucho algunos gritos y la verdad ya no sé bien lo que sucedió después, el bus arrancó de nuevo y con el se fue toda la furia que pudo habernos matado a todos los que íbamos ahí. Pienso que la ira también debería de servirnos para protegernos, de todas formas ¿quién quiere arriesgarse? Beyond here lies nothin’/nothin’ done and nothin’ said.


PD: Canción de Bob Dylan - Beyond Here Lies Nothin'

Conozco gente que tiene carácter fuerte, que son "mecha corta", como decimos por acá. Con ellos hay que andar con cuidado, según dicen; sin embargo, la vida me ha enseñado que se tiene que tener mayor temor de los que son "tranquilos". Recuerdo lo que sucedió con Daysi y Gilberto hace un par de años en una visita técnica. Ellos son los amigos con los que pasé mis mejores años en la U.
Cada uno con su propia y particular forma de ser: ella pasiva, tolerante, tranquila; él, acelerado, bromista, eléctrico. Parecía que ambos estaban en una constante guerra: ella, tratando de mantenerse en su paz, sin despeinarse; y él, tratando de sacarla de sus cabales, a través de sus bromas. Y siempre ganó ella todas las batallas, a excepción de una. Sucedió, como decía, hace un par de años en una vista técnica (a la que no pude ir porque tenía-un-evaluado). Desde que salieron de la U, en una de las coaster de la facultad, Gilberto comenzó con su típica verborrea, tirandole a todos, haciendo bromas. Puso, como era de esperarse, especial atención en Daysi. Ella, tranquila, le rebatía sin perder la calma. Dimes por un lado, diretes por otro. Y la dinámica se mantuvo durante todo el viaje hasta la empresa, la visita técnica en la misma y la tradicional parada en el camino, ya al regreso. Pero, cuando ya todos estaban cansados, los ánimos bajaron y Daysi decidió tomar una siesta. Sin embargo, Gilberto, no estaba dispuesto a dejarla en paz. Un error enorme pues es sabido por muchos que a Daysi le encanta dormir. Los hecho que siguieron sucedieron de la siguiente forma: Gilberto, de alguna manera, consiguió un tubo de pasta de dientes y, acercándose de forma sigilosa a Daysi, le esparció buena parte del mismo sobre el rostro y, de inmediato, se alejo. Daysi, al sentir la "frescura" en la cara, abrió los ojos y se limpió con rapidez. De pronto, el volcán hizo erupción... Testigos afirman que, a pesar de su corta estatura, logró saltarse dos asientos con las manos directamente a la cara Gilberto y, en un abrir y cerrar de ojos, lleno de pasta sus rostro. Y no contenta con ello, le lleno los lentes, la ropa... todo lo que pudo. La rabia contenida por años se volcó en aquel instante, en cada embarrada de pasta, en cada movimiento. El pobre Gilberto no tuvo oportunidad... Al final tuvieron que separarlos, según cuentan las malas lenguas.

Más tarde, cuando llegaron a la U, Daysi me contó entre risas lo sucedido; mientras Gilberto, muy serio, se marchaba hacía su casa... y no le volvería a hablar a Daysi hasta tres días después.Justificar a ambos lados

Tengo dos historias que contar.

Él se llevó al niño porque no tenía con quien dejarlo. Con temor lo llevó, esa gente solo deja entrar a su casa quienes les ayuden a mantener o a subir el estatus. Llevarlo fue un error, al salir la señora le hizo mala cara en lugar de ignorarlo. Con cada paso su angustia por la posible pérdida del trabajo subía y quería regresar a decirle a la señora que lo disculpara por ser tan infeliz de no tener con quien dejar a su hijo, pero era tarde y llegar hasta su casa tan noche con el niño era aún más peligroso.

Sonó un ¡clac!. El llanto y las risas de celebración aparecieron de inmediato en uno y otro lado. Uno de esos niñatos del colegio que queda cerca, acertó a estallarle una pelotita de pintura al desnutrido niño. Mientras la camioneta se alejaba y él hacía lo posible por limpiar la pintura de la ropa de su hijo y callar su llanto recordándole que era un hombre de seis años, un vaho de impotencia le bajó por la garganta. Ni el niño de seis ni el de treinta y ocho debían llorar.

Disparó. El vaho que le inundó todo el cuerpo fue tremendo. Y cuando esa sensación fugaz desapareció supo tomar a su niño y salir corriendo. Los niñatos, ora tartamudos, apenas pudieron salir. La camioneta llenaba de vapor el arbol que había quebrado. Una telaraña en el vidrio, coronada por un agujero donde cabía una canica de esas con que ellos no jugaban marcaban el momento en que la ira dio paso a su compañero de baile. El miedo.


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Ay, si pudieras ver lo que no demuestro!
Ay, si la vieras!
La procesión va por dentro...


"La Procesión", de Kevin Johansen + The Nada